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Los hongos que brillan en la oscuridad llevan millones de...
scruzcampill · 2026-05-21 · via Muy Interesante

Los hongos bioluminiscentes no solo emiten luz verde en la oscuridad: un nuevo estudio acaba de identificar la enzima que permite cerrar el ciclo químico.

Recreación artística de un hongo bioluminiscente emitiendo luz verde sobre madera húmeda en un bosque nocturno.
Recreación artística de un hongo bioluminiscente emitiendo luz verde sobre madera húmeda en un bosque nocturno.

Publicado por Santiago Campillo Brocal

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

Creado: Actualizado:

Durante la noche, en algunos bosques húmedos de Brasil, Japón o el sudeste asiático, ciertos hongos emiten una luz verde débil y constante. No arden. No reflejan la luna. No son fluorescentes en el sentido estricto. Producen luz con su propio metabolismo, igual que otros organismos capaces de bioluminiscencia, aunque con una maquinaria química distinta.

La pregunta no era solo cómo brillaban. Esa parte llevaba años bastante bien acotada. El verdadero problema estaba en otra zona del mecanismo: los hongos necesitaban recuperar parte del material químico gastado durante la emisión de luz para que el sistema pudiera seguir funcionando. Sin esa pieza, el ciclo parecía incompleto. Ahora, un estudio publicado en The FEBS Journal sitúa esa pieza en una enzima concreta: la hidrolasa de cafeilpiruvato, conocida como CPH. Su función no es crear la luz directamente, sino limpiar el residuo de la reacción luminosa y devolver al sistema uno de sus ingredientes clave.

La luz no sale de la nada

La luz de los hongos procede de una ruta bioquímica conocida como vía de bioluminiscencia fúngica. En ella participan varias enzimas que transforman una molécula vegetal común, el ácido cafeico, en luciferina fúngica. Después entra en juego la luciferasa, la enzima que permite la reacción luminosa en presencia de oxígeno. El resultado visible es ese resplandor verde, con longitudes de onda alrededor de 520-530 nanómetros. Pero, como casi siempre en bioquímica, el brillo es solo la parte que se ve. Detrás queda un producto de reacción, la oxiluciferina fúngica, que no puede acumularse sin más.

La luz es el reclamo visual. La historia real está en el reciclaje químico que ocurre justo después.

Ahí entra la CPH. El trabajo liderado por Caio K. Zamuner y Cassius V. Stevani, de la Universidade de São Paulo, junto con investigadores de la Academia Rusa de Ciencias, Imperial College London y MRC Laboratory of Medical Sciences, muestra que esta enzima rompe la oxiluciferina en dos productos: ácido cafeico y ácido pirúvico. El detalle importa porque el ácido cafeico vuelve al inicio de la ruta. La enzima no recicla fotones ni reutiliza la luz, sino que regenera una molécula que el hongo puede usar de nuevo para producir luciferina. La metáfora del reciclaje funciona, pero solo si se entiende que lo reciclado es materia, no luz.

La pieza que faltaba en el ciclo

La existencia de una enzima capaz de cerrar ese ciclo se había propuesto antes. En 2018, otros trabajos habían descrito un módulo genético con cuatro componentes principales: hispidina sintasa, hispidina-3-hidroxilasa, luciferasa y CPH. Ese esquema permitía explicar por qué el sistema fúngico podía funcionar de forma autónoma en organismos que disponen de ácido cafeico.

Lo que faltaba era la caracterización funcional detallada de la CPH de Neonothopanus gardneri, uno de los hongos bioluminiscentes brasileños más conocidos. Para conseguirlo, los investigadores clonaron el gen, expresaron la proteína en E. coli, la purificaron y analizaron su actividad mediante HPLC-MS, ensayos fluorimétricos y cinéticas enzimáticas. El estudio confirma con proteína recombinante purificada que la CPH convierte el producto oxidado de la reacción luminosa en ácido cafeico y piruvato. Dicho de forma sencilla: identifica el paso que permite devolver combustible químico al sistema.

El trabajo también modela la estructura de la enzima con AlphaFold2, con una confianza alta para el plegamiento global. La proteína pertenece a la superfamilia FAH, un grupo de enzimas capaces de romper enlaces mediante reacciones de hidrólisis. En este caso, esa capacidad encaja con una función muy concreta: abrir la molécula que queda tras la emisión de luz y recuperar sus partes útiles.

Por qué esto interesa más allá de los hongos

La bioluminiscencia no es solo una rareza de bosque. En biología molecular, las enzimas emisoras de luz se usan desde hace décadas como herramientas para seguir procesos invisibles: genes que se activan, células que se desplazan, tumores que crecen, infecciones que avanzan. La luciferasa es una de las grandes linternas de laboratorio.

El sistema fúngico tiene una ventaja conceptual: puede funcionar como una ruta metabólica integrada. No depende necesariamente de añadir luciferina desde fuera si el organismo ya produce o recibe los precursores adecuados. Por eso se ha explorado en plantas modificadas genéticamente, como las plantas bioluminiscentes que emiten un resplandor verde continuo.

Cuanto mejor se entienda el reciclaje del sistema, más fácil será diseñar organismos que brillen de forma estable sin añadir sustratos externos.

La CPH es importante en ese contexto porque no aumenta el brillo por arte de magia. Hace algo más interesante para la ingeniería biológica: mejora la economía interna del sistema. Si el producto de la reacción puede reconvertirse en un precursor útil, la ruta se vuelve más cerrada, más eficiente y, al menos sobre el papel, más adecuada para aplicaciones sostenidas en el tiempo.

Esto abre caminos en bioimagen médica, sensores vivos, seguimiento de tumores y plantas que informen visualmente de su estado fisiológico. Aun así, conviene no adelantar demasiado la película. Este estudio caracteriza una enzima en condiciones de laboratorio. No demuestra por sí solo una nueva generación de organismos luminosos listos para uso médico o agrícola.

Lo que el estudio todavía no resuelve

Hay una diferencia importante entre completar una pieza bioquímica y cerrar todos los interrogantes del sistema. La CPH se expresó en bacterias, con un rendimiento proteico bajo. Los propios datos apuntan a que otros sistemas de expresión, como levaduras, podrían ser mejores si se quiere producir la enzima a mayor escala.

También quedan preguntas finas sobre su comportamiento real dentro del hongo. La temperatura óptima observada en el ensayo está por encima de las condiciones habituales del organismo, y el metal coordinado en el centro activo no queda resuelto experimentalmente. El estudio aclara la función de la enzima, pero todavía no reconstruye todo el comportamiento del sistema vivo en su ambiente natural.

Eso no resta valor al hallazgo. Al contrario, lo coloca en su sitio. No estamos ante el descubrimiento completo de la bioluminiscencia fúngica, sino ante la confirmación experimental de una pieza que llevaba años señalada como crucial. La luz ya tenía una ruta. Ahora esa ruta tiene un cierre bioquímico mucho mejor definido.

En los hongos, la luz quizá sea una señal ecológica, una herramienta para atraer dispersores de esporas o una consecuencia integrada en su metabolismo. En el laboratorio, es una tecnología biológica en miniatura. Lo que acaba de cambiar es que una de sus piezas menos vistosas, una enzima que trabaja después del destello, se ha convertido en la llave para entender cómo puede seguir brillando el ciclo.

Referencias

  • Zamuner, C. K., Soares, D. M. M., Nóbrega, B. B., Bechara, E. J. H., Kaskova, Z. M., Mishin, A. S., Sarkisyan, K. S., Yampolsky, I. V., & Stevani, C. V. (2026). Caffeylpyruvate hydrolase (CPH) from the bioluminescent fungus Neonothopanus gardneri is the key recycling enzyme in the fungal bioluminescence pathway. The FEBS Journal. DOI: 10.1111/febs.70554
  • Kotlobay, A. A., et al. (2018). Genetically encodable bioluminescent system from fungi. Proceedings of the National Academy of Sciences. DOI: 10.1073/pnas.1803615115