




















Un nuevo estudio revela por qué el hielo marino antártico dejó de recuperarse tras 2015 y qué consecuencias podría tener para el planeta en esta década.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hubo un momento en el que la Antártida parecía desafiar todas las previsiones climáticas. Mientras el Ártico perdía hielo año tras año, el continente blanco mantenía un comportamiento desconcertante para los científicos: su extensión helada incluso había aumentado ligeramente desde finales de los años 70. Pero algo cambió de forma abrupta hace menos de una década. Y ahora, por primera vez, un grupo internacional de investigadores cree haber reconstruido toda la secuencia que desencadenó ese giro inesperado.
Tal y como ha revelado un estudio publicado en Science Advances, el océano Austral entró en una especie de reacción en cadena que terminó llevando al hielo marino antártico a mínimos históricos en 2023. El trabajo, liderado por la Universidad de Southampton y basado en modelos oceánicos y datos observacionales recopilados entre 2013 y 2023, apunta a una combinación de factores que actuaron de forma simultánea y acumulativa.
La magnitud del fenómeno sorprendió incluso a los propios investigadores. En apenas unos años desapareció una superficie de hielo comparable al tamaño de Groenlandia. Lo más inquietante no es solo la pérdida de hielo en sí, sino que el sistema parece haber entrado en una nueva fase de difícil retorno.
Durante años, muchos expertos pensaron que el océano alrededor de la Antártida tenía mecanismos capaces de amortiguar parte del calentamiento global. Sin embargo, los datos analizados por el equipo científico muestran que ese equilibrio empezó a romperse lentamente bajo la superficie mucho antes de que el hielo comenzara a desaparecer de forma visible desde el espacio.
La clave estaba cientos de metros por debajo del hielo marino. Allí circula una masa de agua relativamente cálida y salada conocida como Agua Profunda Circumpolar, una corriente oceánica que normalmente permanece aislada de la superficie por capas más frías y menos densas.
Según indica el estudio, los vientos del oeste que rodean la Antártida comenzaron a intensificarse progresivamente desde hace décadas. Ese fortalecimiento, relacionado parcialmente con el cambio climático y con alteraciones atmosféricas como el agujero de ozono, empujó poco a poco esa agua profunda hacia niveles más superficiales.
Al principio, el efecto apenas era perceptible. La superficie seguía siendo lo bastante fría como para formar hielo cada invierno. Pero bajo esa aparente estabilidad se estaba acumulando energía térmica.
Los investigadores identifican una primera fase entre 2013 y 2014 en la que el océano comenzó a “prepararse” para el cambio. El hielo seguía presente, aunque el agua cálida ya empezaba a ascender lentamente en algunas regiones de la Antártida oriental.
Después llegó el punto de inflexión.

A partir de 2015, los vientos intensos mezclaron violentamente las capas oceánicas y permitieron que ese calor atrapado emergiera hasta la superficie. El resultado fue inmediato: el agua superior se volvió más cálida y más salada, dos condiciones especialmente problemáticas para la formación de nuevo hielo marino.
La investigación muestra que la Antártida oriental sufrió un impacto especialmente fuerte porque allí el calentamiento procedía directamente desde el océano profundo. En cambio, en la Antártida occidental entraron en juego otros factores atmosféricos adicionales.
Tal y como señala el trabajo científico, durante los veranos de 2016 y 2019 aumentó la llegada de aire cálido y húmedo desde latitudes subtropicales. Ese aire favoreció la formación de nubes persistentes capaces de retener calor cerca de la superficie del océano. En esas zonas, el hielo comenzó a derretirse también desde arriba.
El fenómeno no se limitó a una temporada excepcional. Año tras año, el sistema perdió capacidad de recuperación. Y entonces apareció la tercera fase, probablemente la más preocupante de todas.
Con menos hielo formándose cada invierno, también disminuyó la cantidad de agua dulce liberada en la superficie oceánica. Eso hizo que el agua superficial se volviera todavía más salada y densa, facilitando nuevas mezclas verticales con aguas profundas cálidas.
En otras palabras: el propio deshielo empezó a alimentar más deshielo.

El estudio describe este proceso como un círculo de retroalimentación que podría mantener a la Antártida en un estado prolongado de baja cobertura de hielo marino. Esa posibilidad preocupa especialmente porque el hielo antártico cumple funciones esenciales para el equilibrio climático global.
Su superficie blanca refleja gran parte de la radiación solar que llega al planeta. Cuando desaparece, el océano oscuro absorbe más calor y acelera aún más el calentamiento.
Además, el hielo marino actúa como una barrera protectora para las plataformas de hielo continentales. Sin esa protección, las olas y el agua cálida erosionan con mayor facilidad los glaciares costeros que descansan sobre tierra firme. Si esos glaciares aceleran su deshielo, el nivel del mar podría aumentar más rápidamente en las próximas décadas.
El océano Austral también desempeña un papel fundamental como regulador climático porque absorbe enormes cantidades de calor y dióxido de carbono. Los autores del estudio advierten de que una alteración prolongada de estas corrientes oceánicas podría reducir esa capacidad de amortiguación natural.
Las consecuencias no afectarían únicamente a la Antártida. Ecosistemas enteros dependen del hielo marino, desde las algas microscópicas que crecen bajo él hasta el kril, alimento básico de pingüinos, focas y ballenas.
Lo más inquietante para muchos investigadores es que los datos recientes encajan con la idea de que el sistema podría haber cruzado un umbral crítico. Aunque algunos años futuros presenten recuperaciones parciales, el comportamiento del hielo ya no parece responder al patrón relativamente estable que dominó durante gran parte del siglo XX.
Y eso convierte a la Antártida en algo más que un paisaje remoto cubierto de nieve: la transforma en uno de los grandes indicadores del futuro climático del planeta.
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