La movilización de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación llegó para quedarse. CNTE y gobierno morenista son cabos de una misma cuerda. Antes jalaban para el mismo lado, ahora están en tensión, pero difícilmente una y otro buscan la ruptura.
En la alternancia, grupos como la CNTE eran considerados problemas a administrar en los márgenes. Una expresión de inconformidad y rebeldía sin solución dado que sus demandas o eran demasiado radicales o totalmente contrarias a la ortodoxia neoliberal.
A distintos gobiernos, incluidos los priistas de Salinas y Zedillo, les pareció que el país podría avanzar en sus agendas reformadoras dejando un cachito de tolerancia y permisividad para expresiones que rechazaban la agenda de esas administraciones.
De tanto en tanto demandas colectivas por la justicia, en contra de despojos, a favor de condiciones de desarrollo que les incluyera más allá de ser mano de obra barata o escenografía viva de la explotación de las riquezas de sus tierras, llegaban hasta puntos inmanejables.
El zapatismo en 1994 y revueltas como la de la APPO, en Oaxaca, o la de Atenco, en Estado de México, ambas en su apogeo en 2006, último año de Fox, le pegaron buenos sustos a aquel establishment, que a final de cuentas se las arregló para simular la aceptación de las demandas sin en el fondo atacar las condiciones que las generan.
Andrés Manuel López Obrador fue a veces beneficiario de esas convulsiones (como en el caso del zapatismo, con el que muy pronto tuvo desencuentros irresolubles), y desde luego aliado o promotor de las causas del magisterio oaxaqueño o de la rebelión de los de Atenco.
El discurso obradorista en esencia abreva en el mismo estanque de colectivos como el de la CNTE. El Estado como un ente dador de todo tipo de beneficios, la legitimidad de reclamos de hoy por abusos históricos, y una reivindicación de lo popular vs. lo elitista.
2018 fue un triunfo de ese discurso, reinvidicador de un nacionalismo que algunos consideraban caduco o trascendido. El México profundo venía por la revancha en contra del globalizado. Un cambio democrático que tendría que hacer bueno eso de “primero los pobres”.
AMLO recentralizó mucho del gobierno para acaparar el poder que durante décadas se había ido distribuyendo en contrapesos de todo tipo. Reivindicó al mismo tiempo el origen popular de su movimiento y en el discurso se comprometió con muchos colectivos a hacer justicia.
Sin embargo, una cosa es el discurso y otra el ejercicio del poder. El expresidente se cuidó de administrar a fuego muy lento las expectativas de los 43 de Ayotzinapa o de la CNTE. Los recibieron a puerta cerrada, los toleraron en sus marchas, pero no los entronizaron.
Es decir, como el PRIAN antes, Morena también les asignó un espacio marginal. Más grande o más empático, pero no central. Y ahora la presidenta Claudia Sheinbaum hace lo propio: administra la agenda radical de sus aliados sin comprometer mucho más que tolerancia.
La diferencia es que Morena tarda más en responder a plantones y escaramuzas. Para desmayo de sectores económicos que sabían que los gobiernos de antes eran susceptibles a sus quejas por marchas, bloqueos o el vandalismo que llega a suceder, el obradorismo es zen.
Morena no va a comprometer su alianza con grupos como la CNTE por un par de semanas de huelga o daños a edificios públicos. No les nace actuar con fuerza, incluso sin reprimir, en contra del magisterio democrático porque simpatizan con ellos antes que con el comercio.
Si la policía morenista encapsula a madres buscadoras, médicos y enfermeras, jubilados a quienes recortaron pensiones y damnificados por la reforma judicial es porque muchos de estos colectivos carecen de la capacidad de movilización de la CNTE, y de un discurso que de ser atacado evidenciaría la contradicción del credo obradorista.
México es gobernado por un grupo que conoce bien las entrañas de la movilización política. Morena agotará cuanto esfuerzo sea necesario para que los compañeros de la CNTE no rompan, así antes truene la economía del centro de la Ciudad de México, se afecte el turismo de la capital, o se vuelva un caos permanente circular en la megalópolis.
Y de los costos que eso podría acarrear en la educación de los niños, nos iremos enterando en agosto, cuando por un lado la consulta del gobierno a la base magisterial se lleve a cabo, mientras la CNTE maximiza sus presiones. Que no cesarán tampoco ahí. Así el nuevo tiempo mexicano.




















