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Después del silbatazo final
Adal Ortiz Ávalos · 2026-06-18 · via El Financiero

Cuando el árbitro marque el final del último partido del mundial, las pantallas gigantes sean desmontadas y la conversación pública deje de girar alrededor de los goles, la Ciudad de México seguirá aquí, con sus avenidas saturadas, sus hoteles tratando de sostener la ocupación, sus restaurantes haciendo cuentas, sus comercios levantando la cortina y miles de trabajadores preguntándose si la fiesta dejó algo más que fotografías, anécdotas de redes sociales y una emoción colectiva que no alcanza para pagar una nómina ni para salvar un negocio.

Por eso, aunque el Mundial nos entusiasme, nos convoque y nos recuerde que también somos capaces de recibir al mundo con alegría, hospitalidad y orgullo, conviene decirlo con toda claridad: el verdadero marcador no estará únicamente en la cancha, sino en la capacidad que tengamos para convertir estas semanas extraordinarias en una política de desarrollo económico, de orden urbano y de confianza hacia quienes invierten, emplean, atienden, producen y sostienen la vida material de la capital.

El Mundial nos obliga a formular una pregunta necesaria: si en una coyuntura excepcional somos capaces de flexibilizar horarios, ordenar terrazas, permitir mayor aforo, facilitar trámites y entender que la actividad económica necesita condiciones para florecer, ¿por qué no podríamos diseñar, con seriedad y sin simulaciones, una ciudad que confíe un poco más en sus empresarios durante todo el año y no solo para un evento de cinco partidos?

No se trata, desde luego, de confundir flexibilidad con desorden, ni de pensar que la actividad económica puede imponerse sobre el espacio público sin límites, porque una ciudad democrática también debe cuidar el tránsito peatonal (como ocurre en Madrid o Barcelona, por mencionar solo dos ejemplos), el descanso de los vecinos, la seguridad de las familias y la convivencia entre quienes habitan, trabajan y visitan una misma calle. Se trata, más bien, de abandonar ese reflejo automático que sospecha del comercio formal, que castiga antes de orientar, que clausura antes de dialogar y que, en nombre del orden, termina debilitando a quienes sí pagan impuestos, generan empleos y cumplen reglas que, muchas veces, ni siquiera fueron pensadas para la realidad cotidiana de la ciudad.

La derrama económica del Mundial, por importante que sea, no puede celebrarse como si fuera un fin en sí misma, porque el dinero que entra durante unas semanas solo se convierte en desarrollo cuando permanece en las empresas locales, permite conservar empleos, impulsa nuevas contrataciones, ayuda a formalizar negocios, fortalece cadenas de proveeduría y deja capacidades instaladas para que la economía barrial sea menos vulnerable. Si la medición del éxito se queda únicamente en cuántos visitantes llegaron, cuántas habitaciones se ocuparon o cuántas mesas se llenaron durante los partidos, habremos confundido la espuma con la cerveza.

El Mundial, en ese sentido, puede ser mucho más que una fiesta deportiva: puede ser un ensayo general de la ciudad que queremos construir. Una ciudad que entiende que el espacio público no se cuida expulsando la vida, sino ordenándola. Por eso, cuando se acabe el torneo, no deberíamos desmontar también la oportunidad de aprender. Las gradas se vaciarán, los turistas volverán a casa, las camisetas dormirán en los cajones y la pelota dejará de rodar. Sin embargo, aquí se quedarán no solo las obras (como lo mencionó Clara Brugada) sino también los negocios, los trabajadores, las familias y los barrios que viven de una economía que no puede depender de eventos excepcionales para ser tomada en serio. Si logramos que el Mundial deje una ciudad más ágil, más ordenada, más generosa con quien emprende y más inteligente para regular sin asfixiar, entonces habremos ganado algo más importante que un partido.