“Durante la Copa del Mundo, la gente rinde homenaje a las cualidades únicas (a menudo imaginadas) de cada uno de sus países.”
Para quienes crecimos jugando futbol, “no existe un generador de recuerdos tan potente como el Mundial”.
Mi primer recuerdo de la Copa Mundial data del 4 de julio de 1954, cuando oí, por radio, la final entre Alemania y Hungría. Yo tenía 13 años de edad y Hungría inventaba el Futbol Total con Puskas, Grosics, Hidegkuti, Lantos, Tóth Csibor y Kocsis.
Después de golear sucesivamente a Alemania, Corea del Sur, Brasil y Uruguay, la final contra Alemania no presentaba grandes retos para los magiares, pero la fortaleza física, la indomable voluntad germana y tres malas decisiones de dos árbitros ingleses le negaron la Copa al indiscutiblemente mejor equipo de fut del mundo.
En el Mundial de 1958, a sus 17 años apareció Pelé, la mayor leyenda del futbol, anotando un hat-trick en la semifinal contra Francia y dos goles más en la final contra Suecia (5-2). Su gol de sombrerito en la final sigue siendo una de las imágenes inolvidables que tengo del futbol. Con 6 goles en total, Pelé se convirtió en el campeón mundial más joven de la historia.
De Wembley, en 1966, tengo el recuerdo del juez de línea soviético que le regaló la Copa a Inglaterra adjudicándole el famoso gol fantasma con el que derrotó a Alemania.
El tiro de Geoff Hurst nunca cruzó la línea de gol, pero bastó para hacer campeón por única vez al país anfitrión.
De la Copa Mundial de 1970 en México tengo muchos recuerdos de momentos estelares que me tocó vivir en el Estadio Azteca.
El partidazo entre Alemania e Italia, en el que Franz Beckenbauer jugó 50 minutos con la clavícula fracturada y el brazo en un cabestrillo improvisado, sigue siendo una imagen inolvidable.
Pero mi mejor recuerdo de ese Mundial es el cuarto gol de Brasil, anotado por el capitán Carlos Alberto, tras una perfecta jugada colectiva y una asistencia a ciegas de Pelé. Este Mundial fue, sin duda, la consagración de Brasil como campeón por tercera ocasión, y la confirmación de la verde amarela como la mejor selección brasileña de todos los tiempos.
De las Copas de 1986 y 1994, destacó dos acciones bochornosas de Diego Maradona que para mí degradaron su brillante carrera: el gol con la mano contra Inglaterra en el 86 y que cínicamente lo atribuyó a Dios para regocijo de sus fanáticos; y su expulsión del torneo de 1994 en Estados Unidos por consumo de estimulantes prohibidos.
De la final entre Francia e Italia, en Berlín 2006, recuerdo con tristeza el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi.
Un error que le costó la expulsión en tiempo extra, su retiro del futbol y mi desencanto por el penalti fallado por Trezeguet que le diera la Copa a Italia. Curiosamente, Zidane fue uno de mis ídolos a pesar de jugar para el Real Madrid.
De la Copa de 2014, casi no tengo recuerdos, salvo la escandalosa goleada de Alemania a Brasil, 7-1, que marcó el final de la supremacía canarinha y la permanencia de Alemania como gran potencia mundial del futbol.
Ajeno al aspecto deportivo del Mundial, también ha habido intentos de protagonismo de tiranos que han querido aprovecharse del prestigio del Mundial.
En 1934, para complacer al dictador Benito Mussolini, Jules Rimet le otorgó un oprobioso trofeo llamado “Paz a través del futbol”; en 2015, Vladímir Putin propuso a Sepp Blatter para el Nobel de la Paz previo al Mundial en Rusia, y en 2026, Gianni Infantino intentó congraciarse con Trump por perder el verdadero galardón que Noruega le negó, concediéndole el Primer Premio de la Paz de la FIFA.
Pase lo que pase y digan lo que digan los corruptos dirigentes del futbol, la Copa Mundial no es de los políticos. La Copa del Mundo es semejante a una festividad religiosa compartida por personas de todas las religiones, incluyendo a los ateos.
“Durante la Copa del Mundo, la gente rinde homenaje a las cualidades únicas (a menudo imaginadas) de cada uno de sus países”.























