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Mi última palabra
Javier Coello Trejo · 2026-05-27 · via El Financiero

Quiero iniciar estas líneas, refiriendo que seguramente esta sea la última vez que tenga el honor de escribir para este prestigiado medio de comunicación. Lo hago con profunda gratitud para Don Manuel Arroyo Rodríguez y para todos aquellos que me abrieron este espacio.

No me despido con lamentos, sino como he procurado vivir, de frente, sin esconder la mirada, sin negociar mi dignidad y sin pedir permiso para decir la verdad.

“Todo lo que empieza, acaba”, y cuando el cuerpo se cansa, cuando la voz no resuena igual y cuando el reloj de arena se está acabando, uno entiende con brutal claridad qué es aquello que vale.

No valen la mentira, la cobardía, la traición, ni los aplausos hipócritas. Valen la familia, la palabra, la patria, la justicia, los amigos y la conciencia limpia.

Desde muy joven entregué mi vida al servicio de México. Sé que fui un hombre incómodo. Pisé muchos callos, enfrenté al poder y combatí intereses.

A quienes hoy, o mañana, pretendan juzgar mi actuar desde la comodidad del resentimiento, les digo que, a diferencia de ustedes, yo sí di la cara.

Y sí, sé que lastimé susceptibilidades, pero no fue por ambición, ni destrucción, sino por convicción de servir, proteger y defender aquello que es justo.

En este país se habla mucho de justicia, y se practica poco. Se presume la ley en discursos y se viola en los hechos; se glorifica al pueblo con palabras y se le abandona con acciones; se pronuncia “patria” mientras se le desgarra con corrupción, impunidad, miedo y odio.

México no necesita más farsantes con micrófono, como tantos que hoy se refugian en el poder; México necesita hombres y mujeres con carácter; mexicanas y mexicanos que no se doblen, que no se vendan y que no confundan prudencia con cobardía.

Debo admitirlo, durante mi vida actué mucho con instinto, pero éste no nació de la ocurrencia; éste se formó con valores, con honor, con honestidad, con justicia, con lealtad, con dignidad y con amor.

Sí, amor. Porque sin amor a México, la ley es letra muerta; la autoridad es abuso; y la inteligencia es cinismo. Mi padre, en su lecho de muerte, me dejó una frase que jamás he abandonado: “Antes muerto que indigno”.

La dignidad no es soberbia, sino la capacidad de obedecer a nuestra conciencia cuando todo alrededor sugiere conveniencia.

Ahora, me dirijo a la juventud mexicana, al futuro de este país, a los que todavía tienen ese sentimiento de rabia frente a las injusticias y que sienten vergüenza de la corrupción: no permitan nunca que les roben ese fuego, pues el día que se acostumbren al abuso, México habrá perdido la batalla; el día que justifiquen la arbitrariedad por miedo, la justicia morirá; el día que callen para conservar el privilegio, la patria llorará a sus hijos.

La lealtad, valor fundamental, no es obedecer ciegamente; no es aplaudir al jefe, al amigo o al poder. La lealtad empieza por uno mismo, por no traicionar nuestras convicciones, aunque la conveniencia sea atractiva.

Sean leales a su familia, a sus amigos y a sus instituciones; pero, sobre todo, sean leales a su propia conciencia. Después de todo, nadie que traiciona su conciencia puede defender a México.

En la vida solo se puede sembrar o destruir. Destruir es rápido, ruidoso, fácil y cobarde. Sembrar exige paciencia, disciplina y fe. Yo sembré lo que pude, en mi familia, en mis colaboradores, en los abogados que formé, en los servidores públicos que tuve el honor de dirigir y en cada persona que alguna vez escuchó mi dura honestidad.

Tal vez no veré todos los frutos de lo que sembré; tal vez otros sean quienes cosechen lo que hoy apenas brota. No importa, pues ningún hombre digno trabaja para su vanidad, sino para que cuando él falte, otros encuentren en su ejemplo una razón para no rendirse.

A todos quienes caminaron conmigo, que me escucharon, acompañaron y sostuvieron, les pido: no echen en saco roto lo construido, no permitan que el miedo los dirija, que el odio los contamine o que la mentira se siente en la mesa. Defiendan siempre la justicia, el bien común y el Estado de derecho.

Defiéndanlos, aunque incomoden, aunque cueste, aunque duela. Yo ya no podré caminar al frente en esta batalla, pero les dejo mi voz, mi ejemplo, mis errores y mi esperanza.

Me despido con profunda paz, porque cumplí, porque hice lo que pude con lo que tuve.

Me retiro con la frente en alto, porque nunca he visto la vida con comodidad, sino con responsabilidad y carácter. Me voy con certeza absoluta de que el mal no es invencible, que el poder no es intocable y que México no está condenado, siempre que existan mexicanos dispuestos a vivir con dignidad.

No cesen en la lucha, no desistan en la batalla, pues la unidad y la convicción hacen la fuerza. Y cuando algún día duden, cuando el cansancio pese, cuando parezca que la oscuridad ha ganado, recuerden que un hombre muere cuando su cuerpo se apaga, pero su causa solo podrá morir cuando el legado ya no la defienda.

Mientras uno solo de ustedes conserve la dignidad de luchar, yo no me habré ido del todo.