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De Van Gogh a los tokens: por qué Holanda siempre supo qu...
Alberto Muñoz · 2026-04-29 · via El Financiero

En algún momento de mi formación leí The World Is Flat, de Thomas Friedman, y un capítulo en particular me dejó una impresión duradera. No tanto por la narrativa geopolítica, sino por la sensación de que el mundo se había reorganizado silenciosamente alrededor de cadenas de valor invisibles: software que viaja, talento que se distribuye, procesos que se fragmentan sin que nadie lo anuncie. A eso se sumaba una historia que siempre me pareció entrañable: las flores de Ámsterdam, subastadas en mercados donde el tiempo, la logística y la precisión son tan críticos como en cualquier sistema industrial. En ese microcosmos donde un tulipán puede recorrer el mundo en horas ya estaba insinuada toda la complejidad del comercio internacional moderno. Tardé años en entender que esa historia no era solo una metáfora. Era una estrategia.

Existe una ciudad en los Países Bajos que la mayoría del mundo nunca ha escuchado nombrar. Veldhoven. Menos de 50 mil habitantes, sin puerto, sin aeropuerto internacional, sin la glamorosa narrativa de Silicon Valley. Y sin embargo, desde ahí se controla el cuello de botella más estratégico de la economía global: la producción de los chips más avanzados del planeta. No porque los fabriquen. Sino porque fabrican las máquinas que los fabrican.

ASML es quizá la empresa más importante de la que menos se habla. Su tecnología de litografía extrema EUV, por sus siglas en inglés es uno de los sistemas de ingeniería más complejos jamás construidos: óptica de precisión atómica, plasma, vacío, control en tiempo real, materiales que no existen en ninguna otra aplicación comercial. Sin una máquina de ASML, TSMC no puede hacer un chip de Apple. Samsung no puede hacer un chip de Qualcomm. Ningún fabricante del mundo puede alcanzar los nodos más avanzados sin pasar por Veldhoven. En 2025, la empresa reportó €32.7 mil millones en ventas. Para 2026 proyecta entre €34 y €39 mil millones. Todo desde una ciudad del tamaño de Tlalnepantla centro.

Y aquí conviene detenerse un momento, porque hay una conexión que rara vez se menciona: cada vez que un modelo de inteligencia artificial procesa lenguaje cada token que se genera, esa unidad mínima en que los sistemas descomponen el pensamiento antes de producir una respuesta ese proceso ocurre en un chip fabricado con una máquina de ASML. Un token no es una letra ni una palabra exacta: es un fragmento estadístico, el átomo del razonamiento artificial. Y para generarlo, se necesita silicio. Y para fabricar ese silicio con la precisión que la IA moderna exige, se necesita una máquina de litografía extrema que solo existe en Veldhoven. La avalancha de modelos de inteligencia artificial que hoy reorganiza industrias enteras tiene su origen físico, literal, en los semiconductores que salen de las fábricas de TSMC, Samsung e Intel. NVIDIA, cuyas GPUs H100 y Blackwell se han convertido en el activo más codiciado de la economía digital, diseña sus chips pero no los fabrica: los encarga a TSMC, y TSMC no podría producirlos sin pasar por Veldhoven. ASML no es solo proveedora de la industria tecnológica: es la condición de posibilidad de los modelos de inteligencia artificial tal como la conocemos. Jensen Huang construyó el hardware más poderoso del mundo. Pero necesitó una máquina de una ciudad holandesa de 50 mil habitantes para hacerlo. Lo que hace aún más urgente entender lo que está pasando con el consumo de esos modelos de inteligencia.

En medio del entusiasmo por la IA, hay una transición silenciosa que pocos están dimensionando: el paso de consumir modelos de inteligencia artificial como servicio a operarla como infraestructura. Durante años, cada interacción con un modelo implicaba un costo: tokens de entrada, tokens de salida, una factura creciente. Ese esquema funcionaba mientras la IA era episódica. Pero hoy estamos entrando en la era de los agentes: sistemas que no esperan instrucciones, sino que observan, deciden, ejecutan y vuelven a observar de forma continua. Un agente ejecutándose durante una semana puede consumir del orden de 1,500 millones de tokens. Procesados a través de modelos comerciales de alto nivel, el costo podría superar los 4,000 dólares en siete días. No es un error de diseño. Es una característica inherente a los sistemas que piensan todo el tiempo. La respuesta a ese problema no viene del software. Viene del hardware.

Hoy es posible operar ese mismo volumen de modelos de inteligencia a costo marginal prácticamente nulo, utilizando modelos de pesos abiertos ejecutados en hardware local. El modelo económico cambia radicalmente: en lugar de pagar por cada token, se paga por la infraestructura una sola vez. Las organizaciones que entiendan esto primero no solo reducirán costos; redefinirán lo que es posible construir. Y en el centro de esa infraestructura en el silicio que hace posible que un agente piense sin parar está, de nuevo, una máquina fabricada en Veldhoven.

Cuando visité la ciudad por primera vez, me llamó la atención algo que no esperaba encontrar: tiene registros escritos desde el siglo VIII, cuando nobles carolingios contemporáneos de Carlomagno donaron sus tierras a la Abadía de Lorsch, en el Rin. Esos documentos están entre los más antiguos de los Países Bajos. Durante siglos, sus habitantes pagaron diezmos a una catedral en Lieja, sobrevivieron saqueos de mercenarios y guerras interminables. Y si eso fuera poco, la región entera es Brabante del Norte: la misma tierra donde nació Vincent van Gogh, donde pintó Los comedores de patatas antes de que París lo transformara, donde capturó esa luz densa y terrosa de campesinos que trabajaban con las manos. Doce siglos de historia anónima y rural del feudo medieval al pintor maldito para llegar al siglo XXI fabricando la máquina más cara y compleja que ha producido la ingeniería humana. La misma tierra que inspiró a Van Gogh a retratar el esfuerzo físico más elemental, hoy alberga el esfuerzo intelectual más extremo que existe. Pero la historia más interesante no es la empresa. Es lo que ocurre cuando sus ingenieros se van.

Está emergiendo lo que ya algunos llaman la “Mafia ASML”: una generación de exingenieros y exdirectivos que, al salir, no fundan plataformas de delivery ni aplicaciones de finanzas personales. Fundan empresas de fusión nuclear, chips de modelos de inteligencia artificial, robótica avanzada, computación cuántica y energía. Compañías que no buscan escalar bytes: buscan doblegar átomos.

Los números son elocuentes. Más de 24 fundadores alumni que han levantado capital de riesgo significativo. Valor combinado de sus empresas: 13 mil millones de dólares. Tres unicornios. Presencia en ocho países. Entre ellos: Commonwealth Fusion Systems, que busca la energía de las estrellas con casi 9 mil millones de dólares en respaldo; Axelera AI, rediseñando los chips para modelos de inteligencia artificial desde cero; empresas de robótica, energía distribuida y semiconductores especializados que nadie imaginaba posibles hace diez años.

Es el mismo fenómeno que la “Mafia PayPal” produjo para el software Elon Musk, Peter Thiel, Reid Hoffman, YouTube, LinkedIn pero con una diferencia que cambia todo: aquí no se trata de software que viaja sin fricción a través de redes. Se trata de hardware. De cosas que pesan, que calientan, que requieren cadenas de suministro físicas y décadas de conocimiento acumulado.

Y eso importa porque durante veinte años el mundo apostó casi todo a lo digital. El software “se comía al mundo”, decía Marc Andreessen, y tenía razón. Pero el mundo físico la energía, la manufactura, la salud, el transporte nunca dejó de depender de sistemas materiales. Lo que está cambiando ahora es que el hardware llegó a un punto de complejidad donde ya no es una barrera: es una ventaja. Quien domina lo físicamente imposible tiene una ventaja que no se replica con un algoritmo ni se erosiona con una actualización de software.

Los ingenieros de ASML saben trabajar en el límite de lo físicamente posible. Y cuando ese tipo de talento sale al mercado conectado con capital dispuesto a apostar por deep tech, se activa un flywheel: un volante de inercia. Una empresa forma talento excepcional. Ese talento funda nuevas empresas. Esas empresas atraen inversión, generan reputación y producen nuevos expertos. El ciclo se acelera. La región de Eindhoven es hoy uno de los ecosistemas de ingeniería avanzada más densos del mundo.

Y aquí regresa la imagen de Friedman, y la de los tulipanes. Los holandeses llevan siglos entendiendo que el comercio no es solo intercambio, sino infraestructura. Que la ventaja competitiva no se improvisa: se construye, se sostiene y se hereda. Van Gogh lo veía de otra manera él buscaba la luz, no el mercado pero quizá sin saberlo también estaba documentando algo esencial de esa tierra: la capacidad de convertir el esfuerzo oscuro, invisible y sostenido en algo que el mundo entero termina reconociendo.

La siguiente ola de valor no estará en quien construya la mejor interfaz. Estará en quien controle la infraestructura física que hace posible esa interfaz. Y más específicamente: en quien entienda que detrás de cada token que generan los modelos de inteligencia artificial hay un chip, y detrás de cada chip hay una máquina, y detrás de cada máquina hay una decisión estratégica que alguien tomó décadas antes. Veldhoven la tomó en el siglo VIII.