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Silencio forzado del migrante
Karla Rodríguez Vargas · 2026-06-12 · via El Financiero

Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi abuelita es verla juntar sílabas en voz alta mientras hacía su tarea. Tenía más de 60 años cuando se inscribió en la escuela nocturna. De niña, cuando tomábamos el transporte en Ciudad de México, ella me pedía ayuda sin revelar su secreto: “Hija, me avisas cuando venga el micro de la cartulina verde” o “dime cuando lleguemos a la imagen del caballito para bajarnos”. Por años ignoré que no sabía leer ni escribir, así que me sentí muy orgullosa de ella cuando se inscribió en la escuela de adultos, sin saber que décadas después el destino me sentaría en un pupitre similar.

Hace cinco años, en mayo de 2021, mi esposo y yo aterrizamos en Winnipeg, Manitoba. Al pisar suelo canadiense, me convertí en un espejo de mi abuela: una mujer buscando señales para no perderse en el mapa de una nueva geografía.

Para una periodista que ha hecho del habla su modo de vida, el silencio forzado de la migración fue una helada bofetada. Mudarse de país es, en muchos sentidos, una regresión intelectual. De pronto el lenguaje que antes era mi herramienta más afilada se volvió un muro. Me descubrí ‘mordiendo el rebozo’, escondiéndome detrás de mi esposo avergonzada por un inglés básico que no le hacía justicia a mis pensamientos.

Como el octavo puerto de llegada más importante del mundo, Canadá acoge a unos 8 millones de forasteros. En contraparte, casi el 8 por ciento de los mexicanos vive fuera de su tierra, conformando la mayor diáspora de América Latina.

Karla Rodríguez y su esposo llegaron a Canadá en mayo de 2021. (Especial)

A mi, la migración me regresó a la vulnerabilidad de la infancia. De niña, aprendí a caminar agarrada de un globo, con una inocencia confiada que sorprendió a mi madre. A mis 42 años, ‘mi globo’ en Canadá fue mi esposo: aprendí a andar en un país nuevo aferrada a él para cosas tan sencillas como ir al súper o hacer una cita con el médico.

Durante tres de los cinco años que tenemos fuera de México, mi esposo fue mi intérprete mientras yo balbuceaba mis primeras frases completas. Eso, hasta que el comedor de nuestra casa se convirtió en el testigo mudo de mi primera conquista canadiense. Deseaba tanto ese mueble que mi marido me orilló a negociar la entrega y el pago a solas con el vendedor. Durante meses me resistí a hablar en inglés en público. Cuando salí de la tienda, exhausta pero triunfante, él me miró sonriendo y me dijo: “Ya ves que ya puedes hablar en inglés”. Ese día solté el globo por primera vez y comencé a confiar un poco en mi habilidad para defenderme en un idioma ajeno.

Al obtener la residencia permanente en Canadá, hace un año, llegó la oportunidad de tomar clases de inglés y, a mis 47 años volví a la escuela y, como la sangre de mi abuela Rosita corre con fuerza por mis venas, a los 48 años obtuve mi primera certificación en el idioma y, lo más importante, me gané el derecho de llamarme a mí misma migrante.

Y es que, a diferencia de la mayoría de los expatriados, yo no llegué a buscar empleo a Canadá porque emigré como ‘nómada digital’, manteniendo mi trabajo a distancia en El Financiero. Por eso, durante mucho tiempo me sentí una impostora de la migración.

Conviviendo con diversos migrantes noté que había historias que contar. Para muchos, Canadá no era su primera batalla. Por ejemplo, una pareja de colombianos intentaba salir a flote tras fracasar en su intento de permanecer en Australia; otra amiga cubana venía de vivir en Israel con su esposo, un judio cuya carrera no despuntó debido a su imposibilidad para hablar hebrero; o la historia de una venezolana, que antes había intentado establecerse en Miami y que ahora comenzaba a acostumbrarse al frío de Winnipeg.

Hoy se estima que alrededor de 310 millones de personas viven fuera de su país de nacimiento y para mí, las historias de cómo salieron, a dónde llegaron y cómo se reconstruyeron merecen ser contadas. Por eso nace este espacio: para romper, a través de la palabra, ese silencio forzado que la migración nos impone. Porque migrar es aprender a hablar de nuevo desde la vulnerabilidad, y contar nuestras odiseas es la prueba de que, aunque el destierro nos quite la voz por un tiempo, la palabra siempre encuentra la forma de volver a casa.

Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx