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La FIFA tenía razón con los precios del Mundial
Bloomberg Juan Pablo Spinetto · 2026-06-19 · via El Financiero

La idea de que más de 70 mil aficionados al fútbol llenarían el SoFi Stadium de Los Ángeles un lunes por la noche para ver a Nueva Zelanda enfrentarse a Irán parecía impensable. Si alguien me lo hubiera dicho, habría respondido: ni en cien años.

Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió el 15 de junio. Más sorprendente aún, el precio de las entradas subió 23 por ciento en los tres días previos al partido y el boleto más barato en reventa alcanzó los 420 dólares. Todo esto para un encuentro entre un país en conflicto militar con EU y otro de apenas cinco millones de habitantes situado al otro lado del mundo. Ninguno de los dos había superado nunca la fase de grupos de una Copa del Mundo, pero aun así protagonizaron un emocionante empate 2-2.

El aumento de los precios refleja la euforia colectiva por el mayor evento deportivo del mundo. Apenas comenzó el torneo, muchas de las preocupaciones previas —desde el calor y los problemas de transporte hasta el pesimismo de algunos comentaristas— quedaron relegadas. A una semana del puntapié inicial, los aficionados están cautivados, los estadios se llenan, las audiencias televisivas rompen récords y los precios de reventa siguen escalando. Ningún caso lo ilustra mejor que el de la selección de EU. Durante meses, los organizadores tuvieron dificultades para vender entradas para sus partidos, pero tras la contundente victoria ante Paraguay en el debut, los precios se dispararon.

Me cuesta admitirlo, pero esto es una gran reivindicación para la FIFA y su criticado sistema de precios dinámicos. Está ayudando al organismo rector del fútbol mundial a obtener ingresos récord, parte de su plan de generar 13 mil millones de dólares durante el ciclo de cuatro años que culmina con este torneo. Puede que el sistema no sea justo ni transparente, y que traicione el espíritu popular que convirtió al fútbol en el deporte más bello e igualitario del mundo. Pero es extraordinariamente eficaz al momento de maximizar las ganancias de la Copa del Mundo, la principal máquina de generar dinero de la FIFA.

La FIFA es una organización sin fines de lucro solo en el papel. Exprime hasta el último dólar de aficionados, ciudades anfitrionas y socios comerciales. Nada sorprendente. Si alguien aún duda de que el futbol es, ante todo, una enorme industria —el negocio de la pasión—, basta con mirar esta versión XXL de la Copa del Mundo: 48 selecciones, 16 ciudades sede y tres países anfitriones. Todo es más grande, más moderno y más rentable. Y cuando la demanda supera tan ampliamente a la oferta, los precios dinámicos terminan llevando las entradas a niveles estratosféricos.

Por eso la FIFA necesitaba este Mundial en EU, el mayor mercado de entretenimiento del mundo, con México y Canadá como socios. Más de seis millones de entradas a la venta parecen muchas, pero no cuando cerca del 35 por ciento de la riqueza privada mundial está concentrada en EU, que además alberga la mayor población inmigrante del planeta. Si a eso se suman aficionados con alto poder adquisitivo y seguidores que viajan desde el extranjero, incluso un Jordania-Austria un martes por la noche en San Francisco puede atraer a casi 70 mil espectadores. Las entradas para Cabo Verde contra Arabia Saudita el 26 de junio se revenden actualmente por unos 600 dólares, después de haber llegado a costar apenas 8 dólares.

No digo esto con gusto. Después de meses de intentos fallidos y horas buscando entradas a precio oficial, terminé aceptando una realidad incómoda: Este es un Mundial muy extravagante. Más allá de las estrategias de venta de la FIFA, los precios reflejan una demanda enorme. Ante la alternativa de verlo desde casa, acabé pagando una suma difícil de justificar para ver a Argentina defender su título en Dallas la próxima semana. Y debo admitir algo: Me sentí mal en el momento en que hice clic en “comprar”, y todavía me arrepiento un poco de haber dejado que la pasión se impusiera a la lógica financiera.

Mi consuelo es pensar que Lionel Messi puede repetir el extraordinario triplete que le regaló a Argentina y al mundo el martes por la noche; esos momentos no tienen precio. Y este Mundial ya nos ha dado varios, desde el histórico empate de Cabo Verde ante la favorita España hasta los aficionados escoceses animando las calles de Boston y una Times Square convertida en un santuario del futbol.

Y eso es precisamente lo que les da a la FIFA y a su rimbombante presidente, Gianni Infantino, el poder para exprimir a sus clientes. Así como el Vaticano tiene el monopolio de la salvación de las almas, la FIFA tiene vía libre para sacar el máximo provecho de ingenuos —perdón, aficionados— como yo, que al final solo queremos vivir un momento de gloria en la cancha.

Hay que reconocerlo: La FIFA puede ser una organización que muchos disfrutan criticar, pero también es muy buena en lo que hace. La ampliación a 48 equipos fue muy cuestionada por el temor a una caída en la calidad del torneo. Sin embargo, ya nos ha permitido ver a varias selecciones modestas superar las expectativas. Si a eso se suman un juego más dinámico, una producción televisiva de primer nivel y el atractivo de las grandes estrellas, el resultado es un espectáculo electrizante.

Aún está por verse si las tácticas agresivas de la FIFA terminan provocando una reacción de los aficionados. Y motivos para quejarse no faltan, más allá de los altos precios de las entradas: el trato recibido por la selección iraní, las cuestionadas pausas obligatorias para hidratación y la posibilidad de que el presidente Donald Trump busque protagonismo en la ceremonia de premiación, todo bajo la supervisión de la FIFA. Seguramente cada aficionado tendrá sus propias críticas.

Pero este Mundial ya se perfila como histórico, quizá incluso como el mejor de todos. Dejen las quejas de lado, enciendan la televisión y disfruten del espectáculo.