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Venezuela, Irán… México
Eduardo Guer · 2026-05-18 · via El Financiero

El pasado martes tuve la oportunidad de participar en un panel sobre el tema crítico para el futuro inmediato de México: la “Agenda de seguridad de América del Norte”. Una de mis colegas en la mesa, Lila Abed, directora del programa mexicano del Inter American Dialogue, lanzó una idea provocadora: la posibilidad de una ofensiva militar de Estados Unidos en México no es en absoluto remota. Es, más bien, un escenario cercano, que la mayoría de los funcionarios mexicanos que llevan las riendas de la relación con Estados Unidos simplemente no quieren ver.

El pesimismo de Lila tiene justificación. Varios de los “halcones” que aconsejan a Donald Trump han demostrado su absoluto desdén por los canales institucionales de cooperación. El más estridente de todos es Stephen Miller, el principal asesor de política interior y seguridad en la Casa Blanca. En marzo pasado, Miller advirtió que –en su opinión– la experiencia acumulada por décadas sólo demuestra que los cárteles no pueden combatirse en los tribunales, sino únicamente con acción bélica. El propio Trump no se ha quedado atrás, ya ha pedido varias veces a la presidenta Sheinbaum que le permita enviar tropas a nuestro país; también ha dicho que está dispuesto a atacar territorio mexicano “con lo que sea necesario” para detener el flujo de drogas.

Una acción militar unilateral de Estados Unidos podría tomar varias formas. Las opciones más factibles van desde ataques con drones a narcolaboratorios hasta incursiones de fuerzas especiales para capturar –o eliminar– a capos prominentes. Hay una más que habría que considerar con seriedad: la extradición forzada de funcionarios con vínculos criminales. Después de capturar a Nicolás Maduro en una fortaleza militar en el corazón de Caracas, una incursión rápida para llevarse a un gobernador de una instalación civil en el norte de México sería pan comido para los cazas F-22 y F-35 y para los Night Stalkers del Comando Conjunto de Operaciones Especiales.

Sin embargo, a pesar del gusto de Trump por las apuestas militares y de la hostilidad de los halcones al interior del movimiento MAGA, el costo de un ataque sería alto. La colaboración binacional en materia de combate al crimen organizado previsiblemente quedaría paralizada. Además, estarían las afectaciones comerciales, que quizás serían tan onerosas y tan difíciles de gestionar como el actual bloqueo en el estrecho de Ormuz. El impasse tarde o temprano se solucionaría, cuando la presión inflacionaria en Estados Unidos y el colapso económico en México se volvieran lo suficientemente tóxicos. Entonces, Palacio Nacional tal vez terminaría por aceptar el “acompañamiento” formal de tropas estadounidenses en operaciones antinarcóticos en México.

Mi pronóstico es que, si las cosas siguen su curso, no habrá una ofensiva abierta de Estados Unidos en suelo mexicano en el corto plazo. Ahora bien, ese es el escenario si las cosas siguen su curso y si en Washington prevalece la cordura. Hay varios escenarios, extremos pero no del todo descabellados, que podrían desencadenar la ofensiva militar. El principal sería una cerrazón absoluta de nuestro gobierno para actuar contra Rocha Moya y los otros morenistas encumbrados que han sido –y serán– señalados por solapar a los cárteles. En este punto, la presidenta Sheinbaum ya dio señales de que se inclinará por colaborar con el Tío Sam, sobre todo ahora que los principales colaboradores del gobernador con licencia empezaron a caer. Este fin de semana, en su gira por Yucatán, Sheinbaum advirtió que “nadie, ninguna persona que no sea honrada, puede esconderse bajo el halo de la transformación”. La dedicatoria no podría ser más clara.

Pero otras cosas podrían salir mal. Más adelante, Estados Unidos podría empeñarse en solicitar una extradición que resultara intransitable para la ‘4T’ (como la de algún personaje todavía más cercano a López Obrador). También pienso en lo que pasaría, por ejemplo, si al verse acorralado, algún cártel optara por acciones propiamente terroristas: detonar coches bomba o derribar un avión comercial, como ocurrió con el Cártel de Medellín a finales de los 80. ¿Qué pasaría si Los Chapitos o el CJNG perpetraran una acción de este tipo al norte del Río Bravo?

Que el inquilino de la Casa Blanca sea un hombre impulsivo es solo uno de varios factores que propician que la relación con Estados Unidos sea inestable. Las noticias de las últimas semanas subrayan una situación que desde años he venido señalando: América del Norte no cuenta con un marco institucional apropiado para gestionar eficazmente la compleja interrelación que existe en materia de seguridad. En condiciones óptimas, la relación es más o menos llevadera, aunque opera con base en simulaciones, y cualquier imprevisto genera tensiones que en ocasiones se exacerban y nos colocan al borde del rompimiento. Con ello, la presidenta termina ubicada, repetidamente, entre la espada y la pared.