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Cuando los propagandistas se hartan
2026-04-10 · via El Financiero

En la política contemporánea, el poder no solo se mide en votos: se mide en atención. Y en el ecosistema MAGA, la atención tiene sus protagonistas: líderes de opinión políticos y mediáticos que hablan a diario con audiencias de millones. No son comentaristas: son infraestructura.

Por eso, cuando esas voces empiezan a voltearse contra Trump, no estamos ante un pleito interno; estamos ante una amenaza a su fuente real de poder: el lavado de coco.

El trumpismo ha sido posible gracias a un ecosistema radicalizado que empieza a dar muestras de fatiga y resquebrajamiento. Cuando muchas de sus principales voces se vuelven contra él, no solo pierde apoyo: pierde capacidad de hipnotizar.

El trumpismo no se consolidó por resultados. Se consolidó por narrativa: audacia cínica, “imprevisibilidad predecible”, enemigos permanentes, miedo como combustible. Durante años, su coro de propagandistas convirtió contradicciones en virtud y escándalos en victimismo.

Hoy, sin embargo, el quiebre tiene dos detonadores que se sienten como traición a la marca MAGA: la guerra contra Irán, que rompe la promesa antiguerras eternas y devuelve al movimiento al shock bélico que decía detestar; el manejo opaco de los Epstein files, que huele a encubrimiento y “clase intocable”, exactamente lo que el movimiento MAGA juró combatir.

Aquí el punto no es si Trump tiene base dura. La base dura fanatizada aguanta casi todo. El punto es si Trump puede sostener su influencia cuando las grandes bocas del ecosistema —las que traducen la realidad para millones— empiezan a decir: “Esto no era lo que queríamos”.

Tucker Carlson ha jugado el rol del guionista del resentimiento. No solo comenta: encuadra. Escribe el libreto que otros repiten como si fuera realidad. Su batalla cultural es contra élites, medios, derechos de las partes oprimidas de la sociedad y globalismo; por eso su desmarque pesa como plomo.

Carlson concentra una audiencia gigantesca: en X tiene 17.5 millones de seguidores. Y cuando criticó el giro bélico, lo hizo sin matices: llamó “absolutamente repugnante y malvado” el ataque y lo presentó como una traición al “America First”. Cuando el guionista cambia el encuadre, los actores y extras de la película se muestran desorientados.

Joe Rogan opera como termómetro cultural. Es la plaza pública donde una duda se vuelve conversación nacional. Su alcance también es masivo: en Instagram ronda los 20 millones de seguidores. Su crítica no fue técnica: fue emocional y corrosiva.

Dijo que la guerra era “una locura”, que muchos se sentían “traicionados”, y dejó flotando una sospecha políticamente letal: que la escalada puede servir para tapar escándalos como el de Epstein. Mezclar guerra con encubrimiento es dinamita conspiranoica. No porque pruebe algo, sino porque instala el marco: “Te están distrayendo”.

La excongresista Marjorie Taylor Greene actúa como un lanzallamas. Su fuerza radica en que prende a la tropa con una chispa. Su giro es relevante porque viene del núcleo emocional del movimiento MAGA.

En esta coyuntura se reubicó en la batalla cultural del “America First” antiguerra y fue al ataque moral: cuestionó que Trump represente valores cristianos. Eso no solo es desacuerdo: es deslegitimación.

Ann Coulter, racista y antinmigrante, es la inquisidora de la frontera. Provocadora y escandalosa, ella decide cuándo algo ya es demasiado incluso para los duros. Nadie puede acusarla de “blanda”. Cuando habló de “crímenes de guerra” en referencia a amenazas contra infraestructura civil iraní, no estaba debatiendo una táctica: estaba marcando un límite.

Megyn Kelly, alguna vez insultada por el propio Trump en un debate presidencial al acusarla de emocional y hacer referencia implícita a sus reacciones hormonales y menstruales, había sido una reconvertida a la causa trumpista. Kelly es la bisagra entre la derecha mediática tradicional y la derecha digital. Su fuerza está en que puede traducir el enojo de la base a un público más amplio, menos tribal.

Su crítica más eficaz fue una frase hecha para quedarse: “nadie debería tener que morir por un país ajeno”. Es el tipo de línea que transforma una discusión geopolítica en costo humano.

Liz Wheeler funciona como capitana de indignación: transforma enojo en presión. Su batalla cultural es el “Estado profundo” y los expedientes como símbolo de encubrimiento. Por eso Epstein es su terreno natural. Su postura ha sido simple: si prometiste transparencia y entregas opacidad, traicionas a la base. En esa lógica, pedir consecuencias internas es una forma de decir: “no me vendas humo”.

Jack Posobiec no solo comenta: opera. Empuja narrativas como munición y coordina indignación. Su frase sobre Epstein es de las más dañinas porque confirma promesa rota: “a todos nos dijeron que venía más”. No sugiere confusión; sugiere engaño. Y cuando la base cree que le mintieron, el pegamento emocional pierde adherencia.

La tesis es simple: Trump puede resistir críticas externas, pero le cuesta más resistir el desgaste cuando lo abandonan los arquitectos de su credibilidad. Porque su gobierno no se legitima por resultados; se legitima por relato. Y el relato requiere coro. Un coro que cada vez suena más desafinado.

Estos propagandistas, que influyen enormemente en la conversación en los Estados Unidos, tienen peso propio.

¿Será esto una advertencia de lo que puede pasar en nuestro país si los propagandistas se hartan?