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A veces llegan cartas
Antonio Navalón · 2026-06-08 · via El Financiero

De momento no sabemos si el discurso pronunciado por la presidenta el pasado domingo 1 de junio, al celebrar los dos años de su triunfo electoral, fue conocido, consultado o aceptado previamente por el expresidente López Obrador. Más allá de los diferentes estilos entre ambos, el mensaje, por su radicalización y por su cambio cualitativo, parecía más que una reacción disonante dentro de la relación entre el expresidente y la presidenta actual: parecía un reparto de papeles.

Es evidente que la relación entre los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos se encuentra en su momento de mayor tensión y peligro de los últimos años. También es evidente que, detrás de todo el lenguaje de la colaboración, se esconden muchos de los elementos básicos de una realidad incómoda: la relación entre los dos países, al menos formalmente, sigue cubierta por el cumplimiento de las demandas institucionales de esa relación.

¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que, más allá del jueguecito político y de la denuncia sobre si los agentes de la CIA o de la DEA tienen permiso, la verdad, la realidad, es que, con independencia del conocimiento que de ello tenga la Presidencia, los distintos elementos encargados de coordinar, aplicar y realizar la colaboración sí han cumplido con las demandas de la relación bilateral.

Bajo la colaboración, en el fondo, existe una dinámica de permitir, cooperar y usar, como es razonable, las posibilidades de intercambio entre medios, personas y agentes de las dos administraciones. Por una parte, la mexicana. Por otra, los encargados de proveer algunos servicios de inteligencia y algunos elementos físicos de colaboración para los objetivos de lucha contra el narco. Hoy, solo narco. Mañana, narcoterrorismo.

No sabemos si la carta de López Obrador, la carta en la que lo colocan en el centro, la carta en la que formalmente respalda las teorías injerencistas y se envuelve también en la bandera nacional, no solamente para dar apoyo, sino para acompañar a la presidenta Sheinbaum en sus últimos planteamientos frente a los límites que quiere imponer en la colaboración binacional, fue conocida por la presidenta antes de ser publicada.

En cualquier caso, la carta no solamente puede ser el mayor acierto de los radicales, quienes, en el fondo, desearían llegar más allá del enfrentamiento verbal y avanzar hacia otros enfrentamientos para defender los supuestos programáticos más radicales de lo que significa el movimiento de regeneración conocido como Morena. La carta, sobre todo, vuelve a colocar al líder, al jefe, al creador de todo el movimiento, en el epicentro de la relación.

En algunas partes resulta que, al principio, se llegó a considerar como una carta falsa, porque parecía imposible que quien, después de tantos años, había conseguido ese monopolio de partido dominante para gobernar el país, pudiera de verdad, en una situación como esta, con todo lo que hay en juego, escribir una carta donde, por una parte, se sigue buscando sostener que el jefe no es el malo, sino que los malos son los que rodean al jefe.

Es verdad que Donald Trump está en un momento en el que le importa más contestar los insultos personales y cuidar lo que él entiende como muestras de respeto hacia su muy singular presidencia, que marcar los límites de los colaboradores más radicales que tiene en la fijación de sus políticas. Pero en este momento hay que reconocer que la relación pasa por su momento más peligroso, sobre todo porque no hay nadie que pueda medir las reacciones mercuriales del presidente Trump.

Porque es evidente, por lo que dice, desde donde lo dice y cómo lo dice, que frente al error de la guerra en Irán necesita éxitos. Y nada más que Cuba es un éxito importante y simbólico, porque se acabó el sueño, la ensoñación y la traducción de la revolución como elemento liberador y de enriquecimiento de la vida de los pueblos, pero tiene una dimensión pequeña frente a la necesidad de éxito que tiene esta administración.

Comenzaron los resquebrajamientos internos en el Congreso y en el Senado. Esto ya no es un paseo por el campo. Las preguntas y las respuestas de la última semana en la comparecencia del secretario de Estado, Marco Rubio, primero en el Senado, donde todo pareció un domingo familiar, casi un brunch de abrazos y felicitaciones, sufrieron exactamente la diferencia entre el blanco y el negro en su comparecencia ante la Cámara de Representantes.

El congresista por Hawái, Ted Lieu, lo interrogó y terminó la intervención del secretario de Estado con la denuncia de que Rubio había mentido al Congreso estadounidense. Y eso, en Estados Unidos, es un delito si se demuestra que se mintió deliberadamente ante el Congreso. Esto lo uso como un elemento que, sin duda alguna, envuelve, subyace y puede marcar el futuro de la relación binacional.

La necesidad política de lo que ocurre dentro de Estados Unidos convierte la relación con México, con todo lo que llevamos acumulado en los últimos tiempos, en una bomba de tiempo. Somos lo más fácil para hacer aparecer a una administración Trump, que no sabe cómo salir de la guerra de Irán, con una solución que le dé una victoria en corto espacio de tiempo y que pueda servirle en la elección intermedia de noviembre.

Mientras tanto, resulta muy difícil reconocer al López Obrador que no dejó títere con cabeza, ni dentro ni fuera del país, en el autor de esa carta.

El texto parece más bien una carta de viejos amantes: un intento por rescatar los momentos de ternura de la relación entre ambos y entre los dos países, para terminar pidiendo –casi como un grito desgarrado desde los mejores momentos del ejercicio del poder– que vuelva el verdadero Trump.

El Trump que López Obrador conoció y que añora fue aquel que nos llevó a regalar 30 mil soldados para proteger la frontera de Trump a cambio de que no nos impusieran aranceles y de que no llevara más lejos, en aquel momento, las amenazas contra México. Fue también el Trump con el que se negoció bajo presión. El Trump que convirtió la migración en moneda de cambio. El Trump que entendió que México podía ser obligado a contener, desde su propio territorio, una crisis política que él necesitaba convertir en victoria electoral.

El Trump que él le pide que vuelva es también el Trump que, el 6 de enero de 2021, estuvo en el centro de uno de los momentos más graves de la democracia estadounidense contemporánea, cuando sus seguidores irrumpieron en el Congreso de Estados Unidos después de semanas de una narrativa construida alrededor de la supuesta elección robada. Ese Trump era todavía el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses y, aunque no logró consumar una ruptura institucional, sí llevó al sistema político de su país al límite. Ese Trump fue el que estuvo a punto de convertir una crisis política en una crisis institucional todavía más profunda.

Ese es el Trump de las verdes praderas y de la añoranza que el expresidente parece pedir que vuelva. Y como pasa siempre, como uno se puede equivocar porque equivocarse es un gesto humano, entonces Trump no es el malo. Los malos son los que lo rodean. Los malos son quienes lo aconsejan. Los malos son quienes lo empujan. Los malos son quienes lo convierten en el papel de un pelele. Pero nunca es quien los nombra ni quien los dirige.

Hoy, en este mundo en el que a veces llegan cartas que eximen de responsabilidades propias, debemos terminar de entender que los malos... siempre son otros.