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Mientras dure la fiesta: Disfrutemos, hasta que se apague...
Marlene Mizrahi · 2026-06-16 · via El Financiero

Ganamos y ¡cuánto necesitábamos ese triunfo! Nuestra selección de fútbol venció en el partido inaugural del mundial y, como mexicanos, compartimos la euforia. Donde sea que lo hayamos visto, gritamos al unísono los dos goles; nos abrazamos; escuchamos o tocamos trompetas, tambores; en fin, celebramos en conjunto. Nos reunimos para seguir un mismo evento y, después, para festejar su resultado.

Aunque estuvimos pendientes de las amenazas de las marchas de la CNTE y de causas legítimas, como la de las madres buscadoras; con las anotaciones, las jugadas y la victoria, nos contagiamos de emoción y fiesta. Las heridas del país se silenciaron por unas horas.

Esa tarde, nos juntamos en torno a un evento común y generamos una energía que nos excedió y reconstruyó como grupo; como nación. Compartimos un rito tal como lo detalla Émile Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa (1912): creamos una energía que se dio por la suma de cada uno de nosotros, del clamor simultáneo de saber que, en la mesa de junto, en la casa de al lado, en la otra colonia, en el otro extremo del país y en varias partes del mundo, había otros mexicanos que celebraban al mismo tiempo que habíamos anotado.

Somos parte de una misma cosa, diría Juan Villoro en Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014): el futbol nos da pertenencia. En resonancia con Durkheim, para este escritor mexicano volvernos aficionados responde a la búsqueda de una significancia – nacional, local o ideal –, que nos permite ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Ver la camiseta verde en cada calle, local comercial y esquina, funcionó como ese sentimiento momentáneo de que somos un “nosotros”.

Es algo que nos caracteriza como mexicanos, hubiera argumentado Octavio Paz antes de cualquier transmisión. Ya en El laberinto de la soledad (1950), describía lo que el arte de la fiesta es para los mexicanos, uno que “envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros”. Días en los que “el silencio mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma”. El Premio Nobel de Literatura entendía que, en un país con tanto dolor como el nuestro, la fiesta funciona como la válvula que impide que estallemos; sin ella, advertía, “estallaríamos”. Sin duda, hemos estado cerca de hacerlo y el Mundial, junto con los triunfos que acumule nuestro equipo será, durante este tiempo, esa descarga.

Con todo, advertía Paz, “No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo”. Incluso Villoro reconocía que, aunque el futbol nos hace sentir cosas intensísimas en el estómago, lo que ocurre en cada partido no cambia en realidad nuestras vidas.

Tal como advirtió Eric Hobsbawm, la unidad nacional construida a través del deporte es, en buena medida, eso: una construcción, una tradición inventada; no un hecho natural. Tenía razón en que la comunidad imaginada de millones se vuelve tangible, de pronto, en once personas. Por más real que sea el apoyo a la selección, el nervio de las jugadas, la hermandad con el de al lado; lo que sé es que también son sentimientos efímeros.

Porque cuando el Mundial termine, cuando regresen a sus países los miles de turistas que vinieron a llenar nuestros estadios, cuando se apaguen las pantallas, la normalidad volverá. Volverán las llagas sociales que solo se callaron por unas horas. La fiesta, como sabía Paz, nos libera “así sea momentáneamente”. Vivámosla sabiendo que la alegría es verdadera y sabiendo también que, una vez que concluya, nos espera el país que durante el Mundial queremos, por un rato, olvidar.