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Las luciérnagas (adelanto)
Adal Ortiz Ávalos · 2026-06-25 · via El Financiero

Nos da mucho gusto compartir con nuestros lectores un adelanto de Las luciérnagas, novela de nuestro colaborador Adalberto Ortiz Ávalos, que prontamente estará en librerías. Agradecemos la gentiliza de Océano México, editorial que publicará la novela.

Alejandro iba delante de Manuel y tenía los ojos fijos en su amigo. Pensaba en mariachis; para ser más preciso, en el mariachi de las mil canciones. Recordó una tarde cuando, al salir de clases, Manuel, Ricardo y Gustavo se habían reunido, como lo venían haciendo desde hacía mucho tiempo, para escuchar a Emiliano Morales, su viejo profesor de Historia.

“Bueno, muchachos, dejemos a un lado lo de la guerra en España y la misión revolucionaria del partido. Mejor les cuento una historia.”

“¡Sí, cuéntela!”, dijo Alejandro.

“Sí, ¡vale! Que ya me cansé de tanto pleito”, apostilló Ricardo.

El profesor comenzó su historia:

“Hace algunos años, durante la Revolución, vivía aquí en Guadalajara un doctor muy querido por la gente, no tenía dinero ni propiedades, pero nunca le negaba su ayuda a quien tocara la puerta, y nunca cobraba, él aceptaba lo que la gente quisiera darle. El doctor atendía a todo tipo de personas, desde ricos hacendados o diputados hasta los peones más humildes de las comarcas. Además, era muy buen doctor y tenía una habilidad prodigiosa, casi como un don. Un día, hubo un enfrentamiento cerca del Zócalo que dejó varios muertos y heridos. El doctor acudió con rapidez, como siempre que se enteraba de los altercados. En la noche, cuando regresaba a su casa exhausto, notó que alguien lo estaba siguiendo. Unos treinta pasos detrás de él, caminaba con dificultad un hombre herido de bala en el abdomen. Jadeaba y arrastraba los pies; la sangre escurría por sus pantalones empapados. El doctor acudió en su ayuda y lo llevó hasta su casa, donde tenía su pequeño consultorio, allí lo atendió y, al saber que no tenía a dónde ir ni quién lo cuidara, decidió atenderlo hasta que se restableciera, en caso de que lograra salvarle la vida. En medio del dolor y la fiebre, el hombre, de nombre Juan, le preguntó preocupado cuánto sería por sus servicios. El doctor le dijo: ‘Una cita con Clara Bow’, el hombre le preguntó si hablaba de la actriz, y el doctor respondió afirmativamente. ‘Imposible’, le contestó el hombre. ‘Entonces, no es nada’, siguió el doctor. El hombre dijo: ‘Doctor…’, y el doctor repitió con firmeza: ‘Si no es ella, entonces nada, nada más me interesa. Usted no se preocupe, yo lo cuido, pero si me entero de que conoce a Clara y me lo ha ocultado, yo mismo lo mato y le aseguro que puedo ser sádico’. El hombre alegó antes de caer dormido: ‘Antes del ejército, yo era mariachi. Si usted me salva, le cantaré cien canciones. No, mil canciones. No conozco a Clara Bow, pero tengo palabra’.

”Pasaron los días y las semanas, y los enfrentamientos se fueron haciendo cada vez más frecuentes. El doctor casi no estaba en su casa, pues se la pasaba yendo a auxiliar a los heridos. Durante varios días, el doctor no regresó a su casa. Juan, quien todavía estaba recuperándose en casa del doctor, se asomaba a menudo y preguntaba por él a todo el que pasaba. Al cuarto día, se enteró de que lo habían asesinado en un fuego cruzado. Al sexto día, pudieron rescatar el cuerpo y se hizo un funeral donde cientos de personas pasaron a dejarle flores porque, como eran tiempos de guerra, estaban prohibidas las grandes concentraciones de gente. En verdad que era muy querido el doctor Juvenal Hernández. Tiempo después, a medio día llegaron de la nada cinco hombres al camposanto y se pusieron a cantar. Estuvieron así, cantando sin parar, una canción tras otra.”