El jueves pasado, como usted sabe, dio inicio el Mundial de Futbol en la Ciudad de México. Por primera vez, la jefa de Estado del país anfitrión no estuvo presente en el partido, pero también por primera vez, la selección mexicana lo pudo ganar. Ya tenemos nueva cábala. No fue la inauguración más espectacular, pero parece que tampoco estuvo tan deslucida. Afuera del estadio, varios grupos se manifestaron, o intentaron hacerlo. Eso es lo que creo que es importante.
Madres de desaparecidos, jubilados de Pemex y CFE a los que se les ha rebanado la pensión, trabajadores del Poder Judicial a los que no se les cumplió lo comprometido, además de campesinos y transportistas que reclaman seguridad. Todos estos grupos exigen al gobierno el cumplimiento de sus obligaciones, y todos ellos han sido ignorados, y lo seguirán siendo. Para el gobierno, no existen, no importan.
También hubo movilización de la CNTE, que lleva ya varios días causando destrozos por toda la Ciudad de México, argumentando su derecho a expresarse. Recientemente se agregó a este contingente el llegado de la normal de Ayotzinapa, que traía artefactos explosivos que les fueron retirados. Estos grupos, a diferencia de los primeros, son extorsionadores profesionales. Llevan décadas haciendo lo mismo: toman a sus alumnos y a los ciudadanos como rehenes para obtener prebendas del gobierno. Detrás de ellos hay organizaciones “revolucionarias clandestinas” que aseguran buscar la instalación de un gobierno popular. Estos grupos, sin embargo, fueron aliados de quienes hoy están en el poder. De hecho, han existido en la última década gracias a esa alianza con el movimiento.
Finalmente, apareció nuevamente el “bloque negro” que suele hacerse presente, también desde hace una década, en ciertos eventos. Hay muchas señales de que es un grupo de choque asociado al gobierno de la ciudad, específicamente a los más rudos del movimiento, pero no hay certeza.
Lo que estos grupos nos permiten entender es el carácter premoderno de México y su sociedad. Los primeros están reclamando que el gobierno no aplica la ley, o que la ha violado. Los segundos están exigiendo privilegios a cambio de no dañar a los ciudadanos. En la suma, queda claro que en México no hay leyes aplicables a todos, sino reglas que dependen del grupo del que uno forma parte. Puesto que las reglas dependen del grupo, entonces la gobernanza ocurre como un sistema de negociación permanente, a través de esas corporaciones. Se intercambia gobernabilidad por plazas sindicales con la CNTE, o dinero en efectivo con las normales rurales y el bloque negro, de la misma forma en que se intercambian votos por agua potable, permisos para ocupar la vía pública, o algún otro servicio público.
México no ha podido salir de esa estructura social, originalmente creada en el Virreinato, pero recreada por Cárdenas para sostener su régimen. Organizó a la población en corporaciones, las piramidó y administró con ello las necesidades de la población. Cuando se acabaron los recursos, a inicios de los 80, el Estado perdió el control de los grupos, pero estos no dejaron de existir. Desde entonces, esos grupos están cruzados por la informalidad y, en el extremo, el crimen. El Estado no tiene la fuerza suficiente para volverlos a ordenar, ni mucho menos para terminar con ellos, de manera que vivimos en negociaciones permanentes, que impiden cualquier intento de aplicar la ley. Los pocos años de experimento democrático, que debilitaron a algunos de esos grupos, dieron lugar a esa gran negociación que llevó al movimiento al gobierno: el poder nominal para los líderes políticos, el poder real para los grupos: informales, subversivos, criminales. Todos.
En ese México se inauguró el Mundial, y en ese México vivimos. Un vestigio premoderno incapaz de sostener una democracia, una economía de mercado, un Estado de derecho. Es lo que hay.





























