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Del servicio público al hartazgo político
María Schere · 2026-04-24 · via El Financiero

Paula Sofía Vásquez quería diseñar vestidos, pero en lugar de eso desmenuza leyes y reglamentos en una trayectoria que ella define como una serie de giros inesperados y “momentos canónicos”. De niña, su mundo cabía en el reverso de los cuadernos escolares, donde dibujaba siluetas y vestidos para huir de una escuela que, desde el jardín de niños, le pareció un lugar horrendo al que nunca querría volver. Aquella niña que no tenía muchos amigos y que se aburría soberanamente entre pupitres, trazó su destino inicial entre la estética y el dibujo, con la convicción de que su vida transcurriría en las pasarelas o en los talleres de diseño de modas.

Sin embargo, dos padres abogados y de mentalidad práctica la empujaron hacia una carrera que le diera al menos “para comer”. Así, Vásquez entró a estudiar Derecho en la UNAM no por vocación, sino como resultado de un pacto: su padre le entregaría el dinero que habría costado la colegiatura en el ITAM para que ella lo gastara viajando, su otra gran obsesión, siempre y cuando cursara la carrera en la universidad pública. Detestó la facultad desde el primer día hasta el último, pero ese paso por las aulas fue el preludio de su entrada al mundo del derecho electoral.

La entrada al mundo profesional fue una trampa afectuosa de su madre. Tras una ruptura amorosa que la dejó hundida en un sillón, Paula Sofía Vásquez fue “arrojada” por su mamá al Instituto de Investigaciones Jurídicas, justo cuando las elecciones de 2006 estaban por estallar. Allí conoció a Pedro Salazar y Lorenzo Córdova, quienes se convirtieron en sus mentores y en figuras pedagógicas que pulieron a una joven que se reconoce entonces como caprichosa y consentida. Lo que empezó como una estancia de tres meses para dejar de llorar se transformó en una carrera de cuatro años en el corazón del sistema electoral mexicano, donde aprendió no solo de leyes, sino de la vida, bajo el ala de sus referentes de consulta para cualquier cambio importante. Este camino no fue lineal. Vásquez confiesa un error del que se arrepentirá siempre: haber apoyado a Andrés Manuel López Obrador en una época de esperanza que ella atribuye, con ironía, a una mezcla de sensibilidad por su embarazo y un optimismo compartido por muchos en 2018.

Esa decisión la llevó a la Agencia Digital de Innovación Pública, bajo el mando de Pepe Merino, en lo que describe como el peor trabajo de su vida. Fue una etapa de pesadillas recurrentes, de reuniones a las siete de la mañana en el centro de la ciudad, mientras vivía en el lejano sur de la Ciudad de México, y de un estrés tan agudo que terminó por manifestarse físicamente. Su hijo nació el mismo día que el nuevo gobierno tomó posesión, y ella intentó equilibrar la maternidad con una oficina que le exigía presencia absoluta. El cuerpo le pasó la factura con una inflamación del trigémino, un dolor que ella describe como una mezcla de migraña y tortura constante, “un dolor por el que la gente se suicida”. Al final, ser despedida de la ADIP fue, paradójicamente, una liberación que le permitió reencontrarse con sus amigos y con una nueva oportunidad en la Secretaría de Cultura.

En Cultura, junto a Alejandra Frausto, Paula Sofía Vásquez logró por fin reconciliar su formación jurídica con su pasión por la moda. Se obsesionó con el tema de la apropiación cultural y el patrimonio textil, y tras una semana de investigación y una propuesta que incluía un desfile de modas –un “vanity project” en apariencia– nació “Original”. Fue un año de felicidad profesional creando estructuras para negocios éticos y fotografiando a artesanos en sus talleres por todo el país. Pero su naturaleza crítica y su hábito de decir lo que piensa, incluso siendo funcionaria pública, terminaron por chocar con el rigor de la lealtad gubernamental morenista. Una intervención sobre los estragos del Tren Maya fue la gota que derramó el vaso y le costó el puesto en la secretaría.

Su llegada a la televisión fue otro accidente. Lo que empezó como una invitación para sumar voces femeninas a La Hora de Opinar se convirtió en una ventana de exposición nacional durante el sexenio pasado. Descubrió que le encantaba el ritual del maquillaje de los martes en Televisa, aunque siempre mantuvo la convicción de que su voz no era indispensable y que nadie perdería el sueño si ella dejaba de opinar. Tras la victoria de Claudia Sheinbaum, una supuesta reestructuración en las mesas de opinión de Televisa para reflejar la “identidad de los votantes” la dejó fuera junto a otras figuras. Vásquez, lejos de buscar un micrófono propio en redes sociales, decidió cerrar ese capítulo. Se saturó de lo electoral, de las discusiones sobre consejerías del INE y reformas judiciales que le parecen batallas estériles frente a los problemas que vienen, como el desplazamiento tecnológico y la inteligencia artificial.

Hoy, Paula Sofía Vásquez habita su “última iteración” en la iniciativa privada, un terreno que nunca antes había pisado. Ha cambiado las impugnaciones electorales por el mundo de los KPI y los puntos de venta, aprendiendo un glosario nuevo en cuadernos que sigue llenando a mano. Vive con su hijo de siete años, su padre –un hombre “antimorena” radical– y una colección de perros y gatos en un entorno donde, según dice, I don’t do normal. No tiene planes de volver a la academia ni de perseguir el ego de los líderes de opinión; prefiere estudiar la economía asiática y preocuparse por el futuro de su hijo en un mundo que cambia más rápido de lo que las leyes pueden regular. Es una mujer que ya plantó el árbol, tuvo al hijo y escribió el libro –uno sobre el Partido Verde–, y que ahora se dedica a reinventar las temporadas de su vida con la misma curiosidad con la que, de niña, rediseñaba los vestidos de sus muñecas con crayolas.