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Latinoamérica se queda huérfana
Omar Cepeda · 2026-06-24 · via El Financiero

El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, junto con el de Keiko Fujimori en Perú, colocan a aquellos partidos políticos latinoamericanos que se autodenominan de izquierda en el extravío existencial, ya que en lugar de cumplir lo que prometieron, dejan una estela plagada de errores que hizo que regresaran a sus madrigueras.

Se envilecen al tener lo que nunca tuvieron, precisamente lo que ofrece el capitalismo: dinero y lujos, y lo que tanto criticaron en el pasado. Mudan de piel, se corrompen, traicionan y se creen intocables, hasta que absortos y soberbios, pierden el poder nuevamente después de soñar con poseerlo eternamente. Evo Morales quiso modificar la Constitución para perpetuarse, mientras que Nicolás Maduro cometió fraude electoral a Edmundo González.

Llenos de contradicciones al gobernar, sus discursos ideologizados no corresponden con la realidad; lo que tantas marchas y mítines les costó, ahora se abandona sin brújula ni credibilidad a los brazos del rechazo ciudadano; muchos, incluso, son perseguidos por la justicia, otros ya están presos y algunos más tienen carpetas de investigación abiertas, están atrincherados en escondites o exiliados en otros países. Pocos líderes de izquierda han salido por la puerta grande.

Pocas izquierdas se han consolidado en América Latina: la Brasil de Lula (quien incluso acaba de autosituarse en el centro) y la Uruguay de Mujica. Porque lo que ha pasado en Venezuela, Cuba y Nicaragua son o fueron dictaduras donde sus ritos y costumbres fueron tan devastadores para sus sociedades, y quienes a costa del poder enriquecieron a sus perversas cúpulas.

El tiempo se encargó de etiquetar a la izquierda latinoamericana a partir de sus convicciones por las libertades e igualdades (valores humanos), por la democracia (sistema por el que han accedido al poder), desarrollo social (anclados en actos populistas) y el respeto férreo a los derechos humanos (lo cual violan sistemáticamente). No obstante, ahora, por todo lo que lucharon, se han alejado, y eso la sociedad lo castiga.

El pueblo latinoamericano se encuentra desencantado porque los gobiernos, bajo instituciones democráticas vulnerables y rodeados de problemas sociales enquistados bajo un círculo vicioso formulado entre desigualdad e inseguridad, buscan desesperados respuestas y soluciones.

El problema es que no necesariamente esas respuestas se las van a dar los nuevos líderes que están llegando a gobernar bajo la bandera de la derecha, derecha extrema o los llamados outsiders. Por eso la orfandad de las sociedades, porque se desesperan viendo transcurrir el tiempo sin cambios reales.

Si tomamos como referencia al padre de toda esa nueva estirpe gobernante, Donald Trump, descubrimos que sin sus discursos grandilocuentes, triquiñuelas y ocultamiento de su pasado sombrío, no hubieran irrumpido en la escena política y mediática, justo como los que se están imponiendo en Sudamérica.

No obstante, dentro de sus virtudes, han sabido aprovechar los defectos de los otros a la perfección. A pesar de que son sectarios, discriminativos, autoritarios y nacionalistas, tienen un encanto especial para persuadir a sectores mayoritarios de la sociedad y venderse como los salvadores de sus frustraciones.

Tanto pseudoizquierdistas como outsiders tienen la culpa; la izquierda por no saber materializarse a partir de un poder que les embriaga, y la derecha que no ha logrado disimular su ciego entusiasmo por la inversión privada. Estas incapacidades han abierto la puerta a nuevos liderazgos que han mostrado signos de querer mantener el poder eternamente, como es el caso de Nayib Bukele en El Salvador.

Por su parte, México y sus mexicanos estamos viviendo en una encrucijada, porque quienes nos gobiernan se han alejado sustancialmente de la izquierda moderada para abrir un péndulo que abraza desde los radicalismos ideológicos hasta los puros de derecha y afanosos autocráticos: una amalgama que los ha llevado a la concentración del poder, seducción y adopción de personas sin ideología que formaron parte del PAN y del PRI, corrupción a escala, asistencialismo en lugar de desarrollo, lo cual han canalizado en la captación permanente del voto, nuevas élites empresariales, etc. Un régimen entrampado en una maquinaria muy fuerte, pero sin capacidad de gobierno y extravío ideológico.

El único país donde la izquierda aún puede ser un faro en el horizonte es Brasil; no obstante, la figura de Lula da Silva ha sido tan interminable que su agotamiento ya es evidente, a las puertas de una elección que definirá todo o nada de la nueva América Latina.