Los venezolanos estábamos muy esperanzados, porque todo parecía encaminado hacia el resarcimiento de los años duros que hemos padecido estos 27 años: Al cambio de Presidente el 3 de enero, se unió la guerra Estados Unidos-Israel contra Irán el 28 de febrero, y allí mismo los precios del petróleo se colocaron sobre los 100 dólares el barril: Dios es Grande, los venezolanos estamos de suerte, pensé yo.
Todo confluía, todo se unía para que pasáramos de la miseria a la abundancia tal como la que vivimos durante 2011-12-13 y 14, cuando el entonces presidente Hugo Chávez no solo aumentó el gasto público y las ayudas sociales, sino que repartió petrodólares a las islas del Caribe y hasta en el icónico barrio
neoyorquino del Bronx llegaron ayudas que ni pidieron ni necesitaban por Dios.
Pero, en este nuevo boom petrolero, de febrero 28, a la fecha, cuando se exportan más de un millón 200 barriles diarios, a precios por encima de los 112 dólares, y están entrando, se supone, millones de dólares, otra vez, no solo no se percibe una bonanza económica, sino que la nefasta devaluación no se detiene.
Lo lógico sería que con ese precio y con ese 1.200.000 barriles de exportación por lo menos se debería contener, insisto, a la madre de todos nuestros sufrimientos: La devaluación.
Esa que es la causa del encarecimiento de todo y la que obliga a correr a gastar rápidamente todo lo que nos ingresa.
Detener la devaluación es lo menos que podemos pedir y constituye un paso fundamental que debe dar el Gobierno encargado para generar más confianza y para terminar con esta incertidumbre que hoy provoca ansiedad en todos los venezolanos.
Rómulo Herrera

















