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Carolina Otero Pardo: "El espectador es quien completa la...
Carolina Jaimes Branger · 2026-04-28 · via El Estímulo

Hay artistas que construyen imágenes; otros, en cambio, reconstruyen el mundo. Carolina Otero Pardo pertenece a esa segunda estirpe: la de quienes trabajan con los restos —fragmentos, memorias, hallazgos— para dar forma a nuevas realidades que no solo se miran, sino que se intuyen y se sienten.

En su obra, el collage deja de ser técnica para convertirse en lenguaje vital: una manera de entender la existencia como un tejido de experiencias, pérdidas, descubrimientos y resonancias. Nada está del todo perdido, nada es completamente azaroso; todo puede ser reconfigurado si se mira con la suficiente atención —y con la suficiente sensibilidad.

A propósito de su participación en la muestra “Four, After All” en la que comparte los espacios de Throughline, en Houston, con sus paisanas Luisa Duarte, Gabriela Gamboa y Toña Vegas, sostuvimos esta conversación que se adentra en ese territorio íntimo donde el arte y la vida se confunden. A través de sus palabras, Carolina Otero Pardo revela su proceso creativo y también las tensiones, búsquedas y preguntas que atraviesan a toda una generación marcada por el desplazamiento, la memoria y la necesidad de reinventarse.

Más que respuestas, esta entrevista con Carolina Otero -hija, para más señas de los artistas Alejandro Otero y Mercedes Pardo- ofrece un mapa: uno hecho de capas, de silencios y de conexiones invisibles, que invita al lector —como su obra— a completar el sentido desde su propia experiencia.

carolina otero
Foto: Light42Studio

-Tu obra trabaja mucho con fragmentos e imágenes encontradas. ¿Qué te atrae de lo incompleto o lo accidental como lenguaje artístico?

-El collage y el dibujo han sido centrales en mi obra. No es tanto lo incompleto lo que me atrae, es más bien trabajar con partes de algo que fue, que trae una memoria, que tiene una cierta energía con la que creo, re-creo una realidad distinta. Muchos de los fragmentos con los que hago collage son trozos de mi propio trabajo que he puesto a un lado porque no me funcionan o interesan.Lo encontrado -imágenes y objetos- son entidades, formas, gestos que sacados de contexto se me hacen interesantes y tienes razón, me atraen, de una manera magnética. Yo tengo mis cajas de papeles y objetos y muchas veces me ocurre que después de trabajar con ellos un tiempo, tengo que ponerlos a un lado y buscar relacionarme con otros porque siento que los conozco demasiado y para mí pierden su magia y misterio.

Por otro lado, no es tanto lo accidental. Es más bien lo escogido. Un fragmento de un trazo sobre un pedacito de papel es muchas veces el comienzo de toda una serie, de toda una búsqueda. Ese trocito tiene para mí el potencial y el poder de generar horas, semanas, meses de trabajo. Como parte de este proceso, están las sincronicidades en el sentido Jungiano. Cuando estoy en una cierta investigación, las imágenes y los objetos se me empiezan a aparecer. Y hay algo lúdico en ello, es una necesidad de ver cómo le doy sentido a algo que está literalmente hecho de diferentes materiales y pedazos. A veces puedo pasar semanas trabajando un collage, otras veces los resuelvo rápidamente. Cuando hay algo que me atrapa, que me intriga, que me instiga seguir, sigo. A veces los logro resolver, otras veces los pierdo. Siempre queda la energía de lo recorrido y la fascinación de seguir trabajando, de explorar otras posibilidades en otras escalas, otros materiales, en otros medios Trabajar en collage se me hace una especie de metáfora de la vida. Con tus diferentes roles, experiencias, memorias, vas tejiendo tu existencia, en tiempo presente.

Vienes de una familia icónica del arte venezolano. ¿Cómo negocias entre herencia y voz propia sin quedar atrapada en esa historia?

-Realmente no negocio. Ha sido un camino. Soy hija de dos grandes y reconocidos artistas y me puse el reto de ser artista como ellos. ¡En tremendo lío me metí! Pero estoy convencida de que hubiese sido muy parecido si mis padres no hubiesen sido artistas. Como lo veo, tenemos una cierta constitución -con lo que nacimos- y también lo que aprendemos, lo que nos forma como ser humano y social. Como cualquier otra persona, soy parte de lo que me dio origen, de lo que me formó y también de lo que elijo y he elegido, sencillamente porque no podía ser ni hacer otra cosa; es un llamado del alma.Fácil no ha sido, como para nadie. He trabajado, trabajado y trabajado y así he ido articulando un lenguaje.

En tus collages parece haber una tensión entre control y azar. ¿Dónde decides “soltar” el proceso?

-Siempre hay una tensión, o más bien una interacción con el azar. Como comenté antes, me interesa lo que no conozco porque me reta. Y de cierta manera es algo nuevo cada vez… ¡y no lo es!Son 40.000 años de civilización, 40.000 años de objetos, formas, pensamiento y creación las que nos preceden. Con la tecnología y el acceso que tenemos a la información a velocidad vertiginosa y en muchos casos, en tiempo real, lo que hacemos es visitar, revisitar las formas, preguntas, los dramas de la humanidad y de nuestras propias obsesiones. Claro está, desde nuestro tiempo personal, colectivo e histórico. Suelto cuando honestamente creo que llevé la obra lo más lejos que pude. Y tengo la fe de que podré continuar en otra.

¿Qué papel juega la memoria —personal o colectiva— en la construcción de tus piezas?

-A mi modo de ver, un artista está inevitablemente inmerso en su tiempo, su trabajo emerge y se nutre del caldo de la memoria individual y de la memoria colectiva. En Urban Fields (que está en esta exposición) hay una narrativa íntima y personal y a la vez una narrativa colectiva que se cuela.Tengo siete años integrando la fotografía a mi trabajo. Hago fotografía como una manera de dibujar y últimamente hasta de pintar. Comencé con unos libros hechos a mano en el 2019, Interlude I, Interlude II (17.5 x 27.5 cm) y Prelude (cuadrado, de similar escala) hechos con el artista grabador y fotógrafo Armando Rodríguez. Son unos retratos íntimos de la ciudad hechos con fragmentos de fotos tomadas por mi. Houston es enorme esta llena de autopistas. La comienzas a conocer y recorres desde la ventana de un carro.

Luego hice grabados solares y las series de impresiones digitales Diálogos (una serie de 10 ) y Segundos Diálogos (17 imágenes distintas) usando también mis fotos, siempre como si estuviese mirando a través de una ventana. Llegó un momento en el que sentí que el trabajo exigía no solo otra escala, sino que el dibujo se viniera al espacio. Tomé una foto que había impreso grande y en tela el año pasado y la colgué verticalmente en la pared. Sentí la necesidad de traerla al espacio respondiendo a los dibujos que hacen los cables y entramados con la naturaleza y el cielo en la ciudad.

Un día fui a Texas Art Asylum, una tienda llena de objetos de segunda mano y me encontré un piano desarmado en una caja de cartón. Me volví como loca de fascinación. No lo compré, me arrepentí de no haberlo hecho y pasé toda la noche y el día siguiente pensando en ello. Volví a la tienda un par de días más tarde temerosa de no encontrarlo, diciéndome: si no se ha vendido es para mi. Lo compré y cuando llegué a mi taller, sin saber qué haría con ellos me di cuenta de que esos objetos tenían todo que ver con espacios, formas y gestos de la ciudad. Desde antes de la inauguración varias personas comentaron percibir la forma de los martillos del piano con ametralladoras y con balancines de petróleo, algo que también yo había experimentado. Como yo, la gente ha captado el caos del momento y la guerra…

carolina otero
Foto: Light42Studio

-Has vivido en varios países. ¿Sientes que tu obra pertenece a algún lugar o es esencialmente “desplazada”?

-Esto puede sonar como algo pretencioso pero creo que mi obra pertenece a este tiempo, el que estoy viviendo. Y también tiene del ADN de quién soy, de lo que me formó y lo que elijo como camino.

En Houston, una ciudad tan diversa, ¿cómo dialoga tu trabajo con otras comunidades artísticas?

-Creo que entre los artistas hay afinidades, sensibilidades y preocupaciones que conversan entre sí. Sin embargo, no estoy segura de si mi trabajo dialoga con otras comunidades artísticas. Ciertamente, busco conocer, trabajar, conversar con otros artistas y comunidades, ello se me hace inmensamente enriquecedor.

Tu práctica ha incluido la docencia. ¿Cómo influye enseñar en tu manera de crear?

-Tengo muchos años sin ejercer la docencia, pero vi la enseñanza como una de las más hermosas maneras de aprender. Te preparas para compartir un contenido, lo cual siempre me esforcé en hacer de la manera más generosa y consciente posible. Por otro lado, intercambias, recibes el tesoro de relacionarte de una manera privilegiada con otras vidas, circunstancias,otras maneras de ver, comprender, de obrar y reaccionar. La docencia es íntima y vital. Me atrajo por la escuela y los maestros que tuve el regalo de tener en la vida, incluidos mis padres. Aprender era y es, una aventura de descubrimiento.

carolina otero
Foto: Light42Studio

En esta exposición actual (Four, After All), ¿qué idea o emoción quisiste poner en conversación con las otras artistas?

-Tenemos más o menos un año trabajando a distancia en este proyecto. Desde un principio nos planteamos hacer un recorrido a cuatro voces en el cual una obra llevara a otra. Estaba claro que era un reto trabajar en el espacio físico de la galería con las obras en las manos. Apostamos a ello y creo que lo logramos. Compartimos un origen común: venimos del mismo país, de una cierta región, de una formación similar, de una particular generosidad y exuberancia y de un momento que nos hizo inmigrantes a las cuatro con todas la implicaciones que eso conlleva. Todas trabajamos embarcadas en procesos y materiales y en tiempo presente. Nuestro trabajo es biográfico, tiene que ver con nuestra vida, intereses, sensibilidad y también, con el contexto global que estamos viviendo. Pienso que eso genera una conversación.

¿Qué te interesa más hoy: la imagen, el proceso o la experiencia del espectador?

-Me interesan las tres cosas. La imagen, porque la veo como el resultado -el testimonio- de un camino, de un proceso, de una investigación. Siempre con la preocupación de que la obra se sostenga por sí misma, que apueste y aporte. El proceso es para mí fundamental, me interesa la franqueza de la hechura, la honestidad de los medios, la expresión de los materiales y los visos del proceso. También me interesa que se vean, y se entiendan, las fuentes.La experiencia del espectador se me hace fascinante. Lo veo como quien completa la obra, quien le da vida y sentido otra vez -o no- desde su propia identidad, mundo, experiencia, sensibilidad. Para mí es un regalo cada vez oír qué genera e invita a elaborar el trabajo en quien lo recibe.

-Si tu trabajo fuera una conversación, ¿qué te gustaría que el espectador “respondiera”?

-Me gustaría que el espectador recibiera la obra con apertura, curiosidad y generosidad. Me gustaría saber qué le dice a él o ella porque eso es para mí una de las cosas maravillosas del arte: toca, o no, una fibra profunda, no importa quién seas, de donde vengas, ni tampoco, realmente, de dónde viene, ni cuándo, ni quién la hizo… Me gustaría que el espectador pudiera percibir en ella su humanidad en toda la complejidad, el misterio y riqueza que es el ser humano en este momento que nos ha tocado vivir. Me gusta creer que cada vida deja una huella en el devenir de los tiempos.