

























La tarde prometía lluvia, pero a las cinco de la tarde el cielo se abrió como un telón y ya todo era toros y sol: excusas para la alegría. «Se ha quedao buena tarde, como para que venga el Papa», dijo un hombre, que a ... esa hora vigilaba Las Ventas desde su gintonic. ¿El Papa a Madrid o a los toros? ¿Aquello era un milagro o qué era? Al rato, un chaval soltó: «Mira qué cielo, esta tarde es para los que no creían». Amanecimos en Londres y atardecimos en el Madrid de siempre. Y no importó que el primero de San Isidro se llamara Ventoso. «Qué buen toro», zanjó un veterano con prismáticos. Otro matizó: «No es muy malo». Siempre hay alguien dispuesto a matizar, a calmar la euforia, a tener razón.
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