





















Federico de Montalvo Jääskeläinen
La encíclica 'Magnifica humanitas' viene a completar el magisterio de la Iglesia sobre las nuevas cuestiones teológicas, morales y sociales del avance tecnológico, en especial, la IA. No es un documento más, pero conviene recordar que, desde hace ya unos años, la Santa Sede ha ido creando una muy profunda reflexión sobre tales cambios ('Roma call for AI ethics' 2020, 'Antiqua et nova' 2025 o 'Quo vadis, humanitas?' 2026).
La Iglesia católica es la institución global con el mayor cuerpo doctrinal de reflexión moral y social sobre la IA, combinando la antigua y la nueva sabiduría. La doctrina social de 'Rerum novarum' y ahora la doctrina sobre la IA. El Papa Francisco nos anunció que no nos encontramos en una «época de cambios», sino en un «cambio de época». Ello exige aproximarse a estos nuevos fenómenos para crear una «renovada sabiduría del corazón». Una nueva reflexión sobre «el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social». Tomar, como dijera Francis Bacon, los dos grandes libros, la Biblia y la naturaleza, para entender la voluntad de Dios y para obedecerla a través de la comprensión del mundo natural. Además de las Sagradas Escrituras, el «libro de la IA» ha recibido una muy especial atención por la Santa Sede, lo que nos permite hacer dos afirmaciones:
En primer lugar, la Iglesia católica acepta la tecnología, no viendo en ésta una quiebra de sus postulados. Es una creación expresamente humana. Como dijera Santo Tomás, como la ciencia es la perfección del hombre en cuanto hombre, la ciencia es el bien del hombre. La propia encíclica, con palabras del Papa Benedicto, expresa que: «la técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona … es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre».
La Iglesia se aproxima a la IA como creación y bien del hombre y la mujer, lo que conlleva no un rechazo de plano, como si esta nueva realidad fuera necesariamente en la dirección de la destrucción de todo. Es una realidad inescindible del ser humano y esta aproximación inicialmente optimista coloca a la Iglesia en una posición muy privilegiada. Le permite analizarla, reflexionar sobre ella desde una perspectiva ontológica, epistemológica y ética. Dialogar con la IA para discernir sus consecuencias antropológicas, las mejores opciones éticas y hacer propuestas. Verificar cuáles son los riesgos para el ser humano, especialmente, para los más vulnerables y establecer el bien común. Una actitud inicialmente negativa de rechazo como si un pasado que no volverá fuera mejor anula la capacidad propositiva, la ayuda que la Iglesia nos puede ofrecer para la reflexión y también para la acción.
Estas propuestas que provienen de la Iglesia católica cobran ahora, siendo esta la segunda de nuestras afirmaciones, una relevancia singular porque es la institución que en estos tiempos complejos goza de mayor aceptación a nivel global, disponiendo el Papa de gran auctoritas cuando de analizar los nuevos problemas sociales se trata. Podemos afirmar que ahora en la Santa Sede radica el verdadero y, quizás, único lugar de encuentro y conversación entre aquellos que se desencuentran permanentemente, la nueva plaza pública. El mensaje del Santo Padre se recibe y escucha por todos, creyentes y no creyentes, sin parangón con otra persona o institución.
Y es, precisamente, este marco de profunda y muy completa reflexión, máxima legitimación, máxima credibilidad y atención en el que aparece la nueva encíclica el que nos demanda conocerla bien para, a partir de ello, reflexionar y hacer propuestas en nuestros ámbitos de influencia y acción. La encíclica nos interpela a todos: «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces». No debemos pensar, nos dice, que «los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada». Somos magníficos.
La encíclica se inicia con la gran pregunta que teje todo el texto: ¿qué queremos crear con la IA, una nueva torre de Babel, una obra común guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar, o edificar la ciudad de Jerusalén donde habitemos juntos como labor de responsabilidad compartida? La encíclica parte de una realidad sobre la que no pueden cerrarse los ojos. No es elegir entre un sí o un no. Se mantiene la firme pretensión de afrontar el reto tecnológico, no rechazarlo, ya que es una tarea común en todo cambio de época: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo … como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto». La Iglesia, nos dice el texto, debe dedicarse también, como hiciera 'Rerum novarum', «a cuestiones mundanas», además de «preocuparse por comunicar un mensaje de vida eterna». No debe asumir la función de la política, pero sí apoyar el «discernimiento común», para «reconocer y promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos». La Iglesia, ante los grandes cambios, debe ejercer su derecho y deber de examinar y pronunciarse sobre las realidades sociales.
El reto no es sobre el futuro, es sobre el presente. La IA ya es parte de la vida cotidiana. Tampoco es nuevo. Los cambios nos acompañan a lo largo de la historia, pero la encíclica advierte que ahora son cualitativamente diferentes por su «poder y la omnipresencia» que «se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana», moldeando los procesos de toma de decisiones e incidiendo profundamente en el imaginario colectivo. Y porque los grandes impulsores del cambio no son, como antaño, los Estados. Son sujetos privados globales, con una capacidad de acción superior a la de muchos gobiernos. Es «un rostro inédito», predominantemente «privado», los que denomina la encíclica «los monopolios de la IA», siendo muy difícil «discernir, gobernar y orientar hacia el bien común». Este rostro privado determina, fundamentalmente, dos cosas: la necesidad de salir de los muros de la Iglesia y «entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo» para «identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos», un «discernimiento compartido». Y, segundo, la exigencia de regular el fenómeno atendiendo a quién es el que verdadero detentador del poder. Y en este contexto de nuevos poderes es cuando cobra especial sentido la subsidiariedad, extendiendo sus exigencias al interior de la propia Iglesia (la sinodalidad).
El mensaje principal de la encíclica llama a desarmar la IA, lo que no significa renunciar a ella, sino sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, no sólo en lo militar, sino también en lo económico, educativo y laboral. Es romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, es impedir el dominio sobre lo humano. No basta con regularla hay que desarmarla con dimensión amplia: sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y habitable, restableciendo la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida. Aprender a que la IA no ocupe todo nuestro espacio y tiempo. Es ponerle límites en favor de la verdad, las relaciones y, en definitiva, la humanidad. Como dijera el Papa Francisco, en 'Dilexit nos', para salvar lo humano hacen falta la poesía y el amor y eso no nos lo puede ni podrá dar la IA, al menos, el amor y la poesía verdaderos, porque la IA no es magnífica.
Federico de Montalvo Jääskeläinen
es miembro de la Pontificia Academia para la Vida, Santa Sede
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