



























Ha hecho fortuna un aserto según el cual todo lo que toca Pedro Sánchez lo emputece. La reciente crisis con motivo del crucero Hondius es una buena muestra de ello. Un barco con algún cadáver, algún infectado y posiblemente algunos contagiados silentes del virus ... de la rata, está llegando a costas españolas tras su paso por Cabo Verde o Marruecos, que se han negado a acoger a los viajeros. Una decisión correcta del Gobierno, solicitada por la OMS en función de la capacidad operativa de España en materia sanitaria, y que implica que el territorio canario sea la plataforma desde la que distribuir a unos y otros a sus territorios o a pasar una cuarentena en el madrileño Gómez Ulla, ha sido gestionada de forma penosa y absurda por el Gobierno español. Habida cuenta que la ministra de Sanidad, la también penosa y absurda Mónica García, se ha demostrado una incapaz de libro, cómo podíamos pensar que una crisis de intranquilidad como la presente iba a solventarse de manera ordenada. Cuando los españoles han escuchado al carraspeante Fernando Simón decir que no van a ser más de dos o tres casos se han puesto de los nervios. Lógico. Con la memoria del covid bien presente, esa intranquilidad se hace carne a poco que se escuche decir las palabras mágicas que articuló a las primeras de cambio cuando llegaba la oleada desde el oriente y aquí todo se centraba en que pudieran manifestarse el 8 de marzo; por no señalar lo que continuó en aquellos meses aciagos, los supuestos comités de expertos que no existían y demás. Pero a lo que iba: el Gobierno no ha errado admitiendo que el crucero toque puerto –o sea evacuado desde alta mar, que no es lo mismo– y que sus moradores sean transportados a sus países de origen. Ha creado, eso sí, una crisis innecesaria siendo fiel a su pésima tradición de gestión de desgracias: no ha contado con el Gobierno regional y ha despreciado la simple idea de colaboración entre administraciones muy en la línea de su absoluta falta de lealtad institucional. Pudiendo hacer las cosas bien mejor esforzarse de forma soberbia en hacerlas mal.
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