






















Juan Gómez-Jurado
«Más médicos fuman Camel que cualquier otro cigarrillo». Es 1946 y un señor con bata blanca y bigote responsable te mira desde la página de la revista. En los años cincuenta, una embarazada radiante levanta una jarra de cerveza Guinness: le sentará de maravilla a usted y a su bebé. En otra página, un crío de tres años con chupete ríe junto a su botellín de vino tinto rebajado con agua, porque eso fortifica la sangre. En misma revista, unos años antes, el jarabe Bayer recomienda heroína para la tos infantil –«calma sin sedar»–. Hoy nos parecen postales de un planeta marciano. Reímos con la superioridad cómoda del que se cree a salvo.
Estropear la comodidad es tan sencillo como preguntar: ¿de qué nos reiremos dentro de cuarenta años?
Hagamos memoria, que es ejercicio cada vez más raro. Cuando yo era un crío, hacer un trabajo de clase significaba bajar a la biblioteca, abrir la enciclopedia –Espasa, Larousse, Salvat– y pelearse con un índice de dos kilos. Después llegó internet y abrimos la Wikipedia, y los profesores nos miraban como si hubiéramos copiado de la chuleta de un compañero más listo. La Wikipedia, decían, no es fuente fiable. La Wikipedia, ese chiste.
No estaban del todo equivocados, porque toda fuente puede manipularse y conviene contrastar. Lo que ninguno preveía es que un día echaríamos de menos aquella Wikipedia denostada, donde al menos había un autor humano, una cita, una página de discusión, alguien que había peleado por la verdad de cada coma. Hoy la Wikipedia parece la Británica al lado de un resultado de Google. Y un resultado de Google parece la Wikipedia al lado de la respuesta que arroja una IA en cuatro líneas mal escritas, sin firma, sin fuente y sin posibilidad de réplica. Hemos descendido tres peldaños y nos hemos convencido de que volamos.
Los niños de hace diez años buscaban en internet. Los de hoy no abren la calculadora. Para qué, si tienen el oráculo. Para qué dividir, multiplicar, conjugar, recordar. Para qué pensar.
Y no son solo los niños. Abogados que firman escritos con jurisprudencia inventada, médicos que se apoyan en diagnósticos automáticos, periodistas que entregan a las cuatro de la mañana columnas que nadie ha pensado. Una sociedad entera abdicando del esfuerzo a cambio de la dulzura inmediata del atajo.
Y mientras tanto, la IA. Todo es IA. El móvil trae un botón para la IA. WhatsApp tiene un 'widget' flotante de IA. Facebook sugiere conversaciones con IA. Word redacta por nosotros, el correo responde por nosotros, la nevera –dicen– pronto pedirá la cena por nosotros. Cualquier día nos pedirá la opinión por nosotros, y aplaudiremos.
Hemos dejado de preguntarnos qué es. Y eso, en cualquier sociedad mínimamente adulta, debería encender todas las alarmas.
Porque, ¿qué es la IA? Un pozo sin fondo de extracción del yo. Cada consulta, cada duda, cada pregunta íntima que tecleamos a las tres de la madrugada se convierte en mineral para refinar el modelo. Una disolución del individuo en la nube, al servicio de cuatro empresas californianas que no responden ante nadie. Sus consejeros delegados juran hoy ante el Congreso de Estados Unidos lo mismo que juraban hace treinta años los presidentes de Philip Morris: que su producto es seguro, que ellos son los primeros interesados en regularlo, que confiemos.
Pero hay algo peor, y es la otra mitad de la transacción: lo que nos llevamos a casa a cambio. Nos llevamos la atrofia. La pérdida de la inteligencia básica, esa que se construye lentamente cargando peso –memorizar capitales, resolver una raíz cuadrada, escribir un párrafo desde cero, leer un libro hasta el final, sostener un argumento sin ayuda externa, aburrirse quince minutos en silencio–. Nos llevamos la dimisión del pensamiento crítico, que es el músculo más caro de mantener y el primero que se pierde cuando se delega.
Y los niños, de nuevo, los niños. Que aprenderán a no aprender. Que tendrán todas las respuestas y ninguna pregunta. Que crecerán convencidos de que pensar es para listos y de que ellos no necesitan serlo, porque tienen una aplicación que lo hace por ellos.
He visto a un niño de 9 años quedarse paralizado ante un siete por ocho porque la 'tablet' estaba sin batería. He visto a una adolescente preguntarle a un 'chatbot' por la noche qué debía sentir ante la muerte de su abuelo. He visto a un universitario entregar un trabajo escrito íntegramente por la máquina y defenderlo, ofendido, porque él había escrito el 'prompt'.
Hablar de regular un mercado produce urticaria. Lo sé. Soy el primero al que le sale el sarpullido. Pero ni el más liberal de los liberales defiende ya que pueda venderse tabaco a un niño de doce años, ni cerveza a una embarazada, ni cocaína al portador. Esa pelea la dimos hace décadas, con esfuerzo, con tiempo y con muertos, y la ganamos a pesar de las tabacaleras, que durante cuarenta años contrataron médicos a sueldo, financiaron estudios, sembraron dudas científicas y compraron parlamentarios. Las grandes tecnológicas hoy hacen exactamente lo mismo, con manuales más sofisticados, los mismos despachos de relaciones públicas y los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.
La pelea por las redes sociales en la infancia la estamos empezando ahora, con el mismo desfase de medio siglo. Y solo ha costado unos cuantos cientos de suicidios adolescentes y trescientos mil casos de ciberacoso al año. Una nadería estadística. Un peaje razonable, dirán los algoritmos cuando aprendan a hablar como ejecutivos.
Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste del engañIAbobos –porque ese es su nombre verdadero, y lo será siempre– y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular.
Pero alguien tendrá. Antes de que nuestros nietos vean nuestras fotos felices, abrazados a un asistente virtual, y se rían como nos reímos hoy del médico que recomendaba Camel. Con la diferencia, escalofriante, de que entonces solo se nos iba el pulmón. Esta vez se nos va la cabeza.
Juan Gómez-Jurado
Es escritor
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