





















¿Qué falta le hacía?, solemos preguntarnos ante los casos de supuesta corrupción de determinados políticos. No sólo por el sueldo público que reciben, que también. Sino, sobre todo, por las ventajas que muchos altos cargos conllevan de por sí: vivienda gratis, dietas, viajes pagados… ... Pero quizá formulamos mal la cuestión. Porque igual uno no se corrompe porque le haga falta. Tampoco porque todo el mundo, como dicen las películas de mafiosos, «tenga un precio». El debate sobre por qué puede corromperse un político comienza en nuestra propia forma de ser. «Cuando uno puede colarse en el médico, se cuela», me recuerda un amigo. A lo largo de los años como periodista -algunos cubriendo tribunales- he desarrollado mi propia hipótesis de cómo puede alguien corromperse casi sin darse cuenta. Se basa en siete puntos de bondad ciega y quizá usted, querido lector, pueda sumar alguno más:
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