





















Arrancó la pesadilla entre 1903 y 1904, cuando un campesino siberiano metido a monje llegó a San Petersburgo y empezó a codearse con el zar Nicolás II y con la emperatriz Alejandra Fiódorovna. «Hemos tomado el té con Mílitsa y Stana. Hemos conocido a un ... hombre de Dios, a Grigori, de la región de Tobolsk», afirmó el emperador tiempo después en una carta. Desde aquel primer encuentro, Rasputín se convirtió poco a poco en la sombra de los representantes de la última monarquía imperial de la estepa: los Románov. Esos que terminaron asesinados a bayonetazos y a tiros en julio de 1918, durante la revolución bolchevique. Ahí es nada.
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