


























Hubo un tiempo en el que el sonido de Villoruela era el de la radio encendida y el golpeteo constante de las manos trabajando el mimbre. Un tiempo en el que las calles se llenaban de camiones esperando carga, las naves rebosaban mercancía y prácticamente ... cada familia del pueblo vivía, directa o indirectamente, de un oficio tan duro como artesanal. El mimbre no era simplemente un trabajo: era la economía del pueblo, su identidad y también una forma de entender la vida. Después de comer, mientras en otros lugares la gente bajaba al bar, allí se volvía al «cuarto», como llamaban al taller dentro de casa. Cuantas más sillas se hacían, más dinero entraba a final de mes.
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