
























Doblaban las campanas del campo bravo. Dos duros golpes habían herido el corazón de la dehesa. Había muerto Alfonso Vázquez, mayoral y alma de Fuente Ymbro en esos Romerales por donde estudió cada embestida a caballo. El luto se extendía hasta Beas de Segura, donde ... había sufrido una cornada mortal el joven ganadero Santiago Barrero San Román. Un luctuoso minuto de silencio, estatua del dolor, inundó la Maestranza: los toreros, desmonterados, con la mirada apuntando al cielo; los caballos de picar, inmóviles; hasta los toros, en chiqueros, parecían respetar aquel momento. Pero la tarde tenía que comenzar como tributo los que se fueron. Era el regreso de la familia Martínez Conradi tras su ausencia de hace un año por desavenencias en los despachos. Volvió con una corrida de sevillanísimas hechuras, muy pareja -la más guapa junto con la de Alcurrucén-, cuyos pesos oscilaban entre los 535 y los 555 kilos. Seis pinturas cárdenas para colocar en un museo, tan bellas como mermadas de casta brava; eso sí, con una nobleza de convento, con esa buena calidad a la que le faltó más fondo. Los hubo con opciones de premio, uno para cada torero -tercero, cuarto y quinto-, aunque el que más cerca rozó la oreja fue El Cid. Peinaba canas el maestro, cosecha del 74, pero enseñó a los 'jóvenes' que el clasicismo no pasa de moda.
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