






















El humanismo cristiano no puede ser enarbolado por quienes proclaman el eufemístico «principio de prioridad nacional», según el cual los españoles deben ser los primeros en la cola de los servicios públicos frente a los extranjeros. No se puede ir con un rosario a ningún ... parlamento para defender esto. Desde la 'Rerum novarum' de León XIII, la Doctrina Social de la Iglesia ha sido tajante contra el racismo y la xenofobia. La persona es el centro. San Juan Pablo II lo razonó en su exhortación apostólica 'Familiaris consortio': «Las familias de emigrantes deben tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia, dado que es signo de unidad en la diversidad». Por lo tanto, una idea así sólo puede ser promulgada desde una posición contraria al catolicismo. No nos dejemos engañar. Pero ante este postulado, cabe abrir otros debates éticos de mayor profundidad. ¿A quiénes consideramos españoles y a quiénes no? Porque lo que Vox ha puesto sobre el hombro del PP en Extremadura en materia de acceso a las ayudas públicas no afecta a los inmigrantes sin papeles, a los que descarta por completo, sino a los ya regularizados que llevan menos de diez años en España. El padre belga y la madre guineana de Ignacio Garriga, que ha ejercido de portavoz en la defensa de esta medida, no habrían podido darle la educación que tiene si se hubiesen aplicado los dogmas que abandera su hijo cuando ellos llegaron aquí. ¿Acaso no es tan español como yo Ilia Topuria, o el exjugador de balonmano Talant Dujshebaev, o la cantante Alaska? ¿Por qué no puede serlo el camarero procedente de Venezuela que nos pone el café en el bar de abajo? ¿Y el albañil que nació en Buscarest? ¿Y el médico que llegó de Cuba? El debate complejo es el del principio de prioridad moral, pero para abordarlo hay que tener una mínima base humanística.
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