
























Se llamaba Cartero el encastado novillo de Montealto. Y frente a él se encontró a un bravo novillero, Álvaro Serrano, que escribió con pulso firme la carta de la proyección y la ilusión, la de quien quiere ser torero y posee condiciones extraordinarias para ello. ... Apunten su nombre, que este va a ser gente. Con lances rodilla en tierra había recibido al pariente de Correos, que humilló ya en la salida. Torerísimas las verónicas del quite y su manera de llevarlo al caballo -tremendo el derribo al picador-. No perdió su turno Bastos, por ceñidas gaoneras, replicadas por Serrano con delantales, soltando el capote a una mano en un remate que puso las gargantas en pie.
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