




















Cuando, a mediados de marzo, a Borna Naimi le sacaron a trompicones de la 'suite de la muerte', le taparon el rostro con una tosca capucha, le subieron a un taburete y le pusieron una soga alrededor del cuello, estaba convencido de que había llegado ... su fin. Quizá sintió un cierto alivio después de días encerrado en aquel cubículo de apenas dos por dos metros, sin luz ni ventilación que le permitieran distinguir el día de la noche, tras sufrir fuertes golpes en los costados, el pecho y la espalda y descargas eléctricas tan intensas que le habían causado quemaduras en las piernas. Pero, tras varias patadas al endeble taburete que impedía que su cuerpo pendiera de la soga, le bajaron y le devolvieron a la celda.
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