






















Ahí está, en el 18 de la calle Manuela Malasaña. Un edificio restaurado con esa pulcritud arqueológica del nuevo lujo madrileño: morteros nobles, esgrafiados recuperados, leones ornamentales. Y en medio de todo aquello, el cuadradito digital. Un código QR hecho de mampostería (sí, ha ... oído usted bien), e incrustado dentro de una especie de escudo heráldico en mitad de la fachada de aire historicista. Como si el siglo XIX hubiese decidido aceptar, pero no del todo, que el XXI ya está aquí. El proyecto forma parte de una iniciativa llamada 'Las Fachadas Hablan': edificios históricos que incorporan elementos narrativos para contar quién vivió allí y qué memoria guarda el lugar. Usted escanea en la distancia y la fachada 'habla'. Eso dicen los promotores del invento, con esa terminología entre poética y de consultora cultural que tanto abunda. Antes las fachadas callaban mientras dentro la gente vivía, conspiraba, se arruinaba, moría. Y Valle-Inclán, Baroja o Cela hacían literatura. Pero eso ya no es moderno.
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