























A las ocho y treinta y siete caía herido Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón ... en el muslo, con mucha saña, girando en dos direcciones en eternos segundos. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, Andrés -el hombre y el torero- solo miraba al 173 para ver si doblaba, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor, pese a la gravedad presentida. ¡Qué barbaridad de figura! Solo un número 1 es capaz de voltear así una tarde que se precipitaba al vacío por la decepcionante corrida de Victoriano del Río, a la que le faltó la casta y el motor a los que nos tiene acostumbrados en la primera parte. Toda la raza puso el peruano en una faena que brindó a El Juli, siete veces Príncipe. De mandamás a mandamás. Su autoridad demostró Andrés con un toro muy exigente y complejo, que pensaba más que un filósofo. Llevaba el hierro de Cortés y se le notaban sus cinco años. Ese toro solo le servía a un titán de asombrosa capacidad.
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