

























Para John Banville la palabra es un fin en sí misma, una pieza de orfebrería que no acepta deudas con la moral ni con el tiempo. La novela, por su parte, no es un objeto autónomo, redondo y pulido que se entrega al mundo con ... nada más que gratitud. No hay en sus páginas una intención de mejorar al hombre, ni de frenar las guerras, ni de dictar cátedra sobre la justicia. Convencido de que el arte es lo único que permanece cuando la vida se derrumba, el autor irlandés defiende una ética donde la única responsabilidad que el escritor debe tener es hacia la estética. Es en esta entrega absoluta al lenguaje donde Banville encuentra su verdadera identidad, o más bien, su desaparición.
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