























Envalentonadas por lo que tenía toda la pinta de acabar en un santiamén y con victoria a domicilio, algunas jugadoras de la selección de fútbol de Irán escenificaron en la Copa Asiática –esto fue a comienzos de marzo, recién estrenada la operación militar especial de ... Trump– su rechazo a los ayatolás mientras por megafonía sonaba el himno de su país. Tachadas de «traidoras en tiempos de guerra», las futbolistas rebeldes y farrucas, seguidoras en Instagram de nuestra Jennifer Hermoso, tuvieron que pedir una visa humanitaria y quedarse en Australia, lejos del patíbulo que les esperaba en Teherán. Midieron mal el fuera de juego, confiadas en la propaganda de una Casa Blanca que cantó victoria a las primeras de cambio y las metió en un lío antes de que el VAR pusiera las cosas en su sitio. La ola de simpatía que provocaron las futbolistas iraníes con su gesto y su sacrificio ha ido cambiando de sentido según pasaban los días, se descubría el pastel del Pentágono y se acercaba el Mundial de Fútbol, donde nada podría resultar más apetecible que un cruce entre EE.UU. e Irán, probable a partir de la combinatoria de la FIFA y el tanteo de la primera fase del torneo. Que los iraníes nos caigan ahora medio bien ha sido el gran logro de Donald Trump, de gatillo fácil y boca de chancla.
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