

























Hablar de lo que se puede tocar, de lo invisible y al mismo tiempo real, es un acto heroico. Es poner palabras a lo innombrable, poner carne a lo efímero, es abrazar lo intocable. Es doloroso y al mismo tiempo iluminador. Y eso es precisamente ... lo que le movió a Mascha Schilinski a hacer 'El sonido de la caída', la película que recibió el Premio del Jurado en Cannes, compartido con 'Sirat'. En su caso, la idea era abordar la existencia de cuatro mujeres en distintos momentos del siglo XX de la Alemania rural, con sus luces, sombras, preguntas y certezas. Y todo en un mismo lugar, en la granja familiar. Un escenario que es precisamente el germen del proyecto. «Meditamos durante mucho tiempo sobre cómo se podía hacer una película sobre las cuestiones que nos marcan a lo largo del tiempo y que nos definen físicamente aspectos que no son tangibles, como la transmisión transgeneracional de traumas. Durante la pandemia visitamos una granja que estuvo abandonada durante décadas y llegamos a la idea de que esta sí que podría ser ese marco, esa vasija, ese contexto en el que podríamos enseñar todo esto relacionado con la simultaneidad», confiesa la directora a ABC.
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