






















Cuando Cerdán fue imputado, el grupo socialista le recibió en pie, con una excitación extraña, agitando ramas de olivo como si el que entraba en el hemiciclo fuera el Mesías y no algo parecido a su borrico. Algún tiempo atrás habían reaccionado de modo similar ... con Ábalos. Fue aquel otro aplauso fervoroso, cálido y entusiasta, como si emergiera directamente de los parias de la tierra y del libro de firmas de la Segunda Internacional. Ambas ovaciones sonaron vergonzosas, bochornosas y sinceras. Sin embargo, lo de este miércoles ha sido diferente. Los aplausos de apoyo a Zapatero no han resultado épicos sino laborales, como si vinieran en el convenio y en lugar de aplaudir estuvieran fichando. Ni un ápice de autenticidad. Las caras de los diputados socialistas no eran de asombro sino de preocupación, puede que de pánico. Ni uno solo podía fingir que no se esperara la imputación, eran los suyos rostros de sala de espera. Y ni una sola de sus intervenciones -erráticas, precipitadas- puedo amortiguar el golpe.
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