
























Alejandra Pizarnik cierra una biografía de intemperie sin tregua, como si todo en su vida pudiera concretarse en una frase susurrada al borde del precipicio: «No quiero ir nada más que hasta el fondo». Ahí está su existencia, y en esa existencia arde una ... herida privada, obsesiva, casi litúrgica, donde el yo se espanta ante la propia sed del yo. Hay algo en Pizarnik que nos enseña la vida intensa, casi inhabitable. Hay en ella mucho de poeta para poetas, de voz extrema que no busca lectores sino devotos del límite. En uno de sus diarios escribe que «la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos». Ahí está cifrada su poética. Se trata de mirar hasta desaparecer, de gritar hasta enmudecer. Las palabras, en Pizarnik, no discuten el desastre pretendido ni tampoco lo transfiguran. Directamente, lo encarnan. Permanecer en el mundo como poeta es, para ella, habitar la fractura sin consuelo, sostener el temblor sin esperanza de remiendo. Firmó algunos de los libros más seriamente desgarrados de la poesía en lengua española, como 'Árbol de Diana' o 'El infierno musical', donde el poema no es un refugio sino una atmósfera del conflicto, un embarcadero de la pregunta sin tregua.
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