

























En sus memorias de amor y duelo, 'Historias de fantasmas', Siri Hustvedt cuenta que Paul Auster siguió utilizando el fax hasta el fin de sus días. Contra toda intuición, recibía muchos: su secretaria, Jen Dougherty, se dedicaba a enviarle por ahí los correos electrónicos que ... llegaban a su bandeja de entrada, de tal forma que el escritor vivía en la ficción del siglo XX, un mundo aún analógico en el que los mensajes ocupaban un lugar en el espacio y no tanto en la mente (esto ha sucedido así: el peso que nos quitamos del escritorio ahora lo llevamos siempre encima, como un Sísifo burocratizado, sudando hacia dentro). «Aparte de los de Jen, los únicos faxes que llegaban eran de empresas especializadas en tejados. De aquella máquina salían con regularidad anuncios para renovarlos», escribe Hustvedt. No sabemos más detalles de esas empresas, tal vez alguien hizo un estudio de mercado y llegó a la conclusión de que si una persona todavía tenía un fax en casa seguramente también tendría goteras, o algo peor. No sé: que yo sepa, en 2004 mandar un fax era algo propio de terroristas, algo desfasado, algo sospechoso. Qué no será eso en 2026.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。