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El 'pecado' ecológico de España: así llevamos plagas al r...
2026-05-16 · via RSS de noticias de portada
Patricia Biosca

Tendemos a pensar en las especies invasoras como una marea que nos llega de fuera: mapaches en las riveras, cotorras en los parques, algas asiáticas en las playas. Sin embargo, España –y la península ibérica en general– es tan receptora como exportadora, por lo que no estamos libres de 'pecado' biogeográfico. Algunas de nuestras especies han hecho las maletas (o más bien se las hicimos nosotros mismos), han cruzado océanos y, lejos de su ecosistema de origen, se han convertido en un problema monumental.

Por ejemplo, el Oryctolagus cuniculus, o el conejo que coloniza desde siempre nuestros campos, también ha hecho lo propio en tierras extranjeras. Aunque es pieza clave del ecosistema mediterráneo, en lugares como Australia, Nueva Zelanda, Chile o Argentina se ha convertido en plaga histórica. Introducido para la caza recreativa durante la colonización, encontró un continente sin depredadores especializados y con abundante alimento. Su población explotó, lo que provocó la erosión del suelo, competencia con herbívoros nativos y pérdidas millonarias en agricultura. Australia respondió con cercas kilométricas, virus liberados de forma controlada y campañas de exterminio. Nada fue suficiente para borrar el error original: mover una especie fuera de su contexto ecológico.

Otro de los ejemplos más famosos es el del caballo español. Los conquistadores patrios llegaron con sus animales, que pronto se asilvestraron y se mezclaron con las especies nativas (o las hicieron desaparecer). Aún hoy perdura el debate sobre si los mustang, la especie equina resultante que se volvió emblema del salvaje oeste, se puede considerar especie autóctona o invasora, si bien de lo que no hay duda es del resultado de las pruebas genéticas del heno o el forraje que se plantó para dar de comer a aquellos animales hace siglos. «Si identificas las plantas de una pradera en California, te darás cuenta de que la mitad de ellas son de origen europeo», explica Montserrat Vilà, profesora de investigación de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC). «El colonialismo político fue, en efecto, acelerador de grandes cambios ecológicos. España llevó el caballo a América, pero también semillas, forrajes y microorganismos invisibles con ellos», resume.

Jabalíes sin fronteras

Hay más. El emblemático jabalí fue exportado como alimento a Australia durante la colonización europea. Escapó (o fue liberado) y, ya en 1880, era considerado plaga en algunas regiones. Hoy está presente en países tan diversos como China, India, Japón, Egipto o Kenia. Omnívoro, adaptable y prolífico, remueve suelos, depreda nidos y transmite enfermedades. Su éxito responde a una característica común en muchos animales invasores.

«Publicamos un estudio en el que demostramos que las especies invasoras se expanden mucho más rápidamente que las especies nativas –dice Vilà–. Aparte, por lo general, suelen ser especies 'todoterreno', con una dieta más amplia y mayor tolerancia ambiental. Y además ocurre que están favorecidas por el hombre, que las introduce una y otra vez por su conveniencia, como muchas plantas ornamentales que se han escapado del cultivo y se han convertido en invasoras de espacios naturales, por ejemplo».

Los territorios aislados, como las islas, son más vulnerables a las especies invasoras

Los territorios aislados, como las islas, son más vulnerables a las especies invasoras, «porque suelen tener menos depredadores, las especies nativas son más confiadas y, además, no pueden escapar», explica Vilà. «Además, en las islas hay muchas especies endémicas con poblaciones pequeñas, así que si se extinguen, no solo eliminas una especie de esa isla, sino de todo el planeta, porque no está en ningún sitio más».

Nueva Zelanda lo sabe bien. El país ha decidido incluir a los gatos salvajes –que se introdujeron como mascotas también durante el colonialismo– en su estrategia 'Libre de Depredadores 2050'. El ministro de conservación, Tama Potaka, los calificó de «asesinos a sangre fría» y anunció medidas para erradicarlos, tras constatar su impacto devastador en aves, murciélagos, lagartos e insectos autóctonos. Más del 90% de las casi 3.400 propuestas recibidas en consulta pública respaldaron una mejor gestión de estos depredadores. En una sola semana, más de un centenar de murciélagos de cola corta murieron por ataques de gatos cerca de Ohakune. Es el espejo extremo de lo que ocurre cuando un depredador llega a un ecosistema apartado.

Gato salvaje en Nueva Zelanda tras haber cazado un enorme pájaro

Gato salvaje en Nueva Zelanda tras haber cazado un enorme pájaro. (gobierno de nueva zelanda)

Polizones del mar y un capricho de Felipe II

No solo se trata de especies terrestres. El agua es también una de las mayores 'autopistas' de especies invasoras. «La vía más importante, sin duda, es el transporte marítimo. El medio acuático no tiene fronteras físicas tan claras como la tierra, y los barcos mueven especies constantemente: viajan en el agua de lastre, pegadas a los cascos, o escondidas entre las mercancías», explica Enrique González Ortegón, biólogo en el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC). El investigador conoce bien el tema, ya que lleva años estudiando la ecología de especies exóticas que llegan por esta vía a las costas del sur de España. Así viajó, por ejemplo, el cangrejo verde europeo (Carcinus maenas) a América del Norte, Australia, Sudáfrica o Japón, depredando moluscos, compitiendo por los crustáceos locales y alterando los fondos marinos. Y ahora nos llega el cangrejo azul americano (Callinectes sapidus) a la península Ibérica. Un polizón perfecto.

No obstante, al mentar 'cangrejo', muchos recordarán el problema con el cangrejo de río 'español', que se ve amenazado por el americano. Sin embargo, el biólogo español del EBD-CSIC, Miguel Clavero, demostró, basándose en documentos históricos y otras evidencias, que no hay ningún cangrejo de río autóctono, sino que el primero llegó de la mano del rey Felipe II. Concretamente, el cangrejo de río italiano (Austropotamobius fulcisianus) fue introducido en España en 1588 por el capricho del monarca, quien quería 'remodelar' a imagen de los jardines europeos los exteriores de los Reales Sitios.

Y no siempre hace falta cruzar un océano. La península actúa como trampolín de especies invasoras hacia Canarias y Baleares. La culebra herradura (Hemorrhois hippocrepis), la culebra bastarda (Malpolon monspessulanus) o la rana común (Pelophylax perezi) han colonizado territorios insulares donde la fauna endémica es especialmente vulnerable. «La ardilla moruna (Atlantoxerus getulus) en Fuerteventura se ha convertido incluso en un atractivo turístico, aunque este animal llegó desde África y es muy perjudicial para el medio ambiente», explica Vilà.

El duque y la duquesa de York (posteriormente el rey Jorge VI y la reina Isabel) pescaban trucha en Taupo durante su gira por Nueva Zelanda en 1927

El duque y la duquesa de York (posteriormente el rey Jorge VI y la reina Isabel) pescaban trucha en Taupo durante su gira por Nueva Zelanda en 1927. (Ref.: 1/2-125114-F. Biblioteca Alexander Turnbull, Wellington, Nueva Zelanda)

'Sentirse en casa' a miles de kilómetros y el experimento que llenó América de estorninos

Montserrat Vilà, profesora de investigación en la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), explica que la colonización europea fue uno de los puntos de inflexión históricos en los que se comprobó el perjuicio que puede conllevar mover una especie de su hábitat a otro. Aunque al principio no se calcularon las consecuencias. «Durante el siglo XIX se crearon las llamadas 'sociedades de aclimatación', en las que los colonos se trasladaban con sus animales y sus plantas para encontrarse 'como en casa' al otro lado del charco», explica Vilà.

Icónico es el caso de Eugene Schieffelin , inmigrante alemán, miembro de la Sociedad Estadounidense de Aclimatación y fervoroso fan de Shakespeare. Inspirado por las obras del genio inglés, soltó un centenar de estorninos, un pájaro común en el Viejo Continente, en el neoyorquino Central Park. Dos siglos después, se calcula que hay 200 millones de estorninos en toda América del Norte que causan cerca de 1.000 millones de dólares de pérdidas anuales en el sector agrícola.

Aquí también tuvimos nuestra propia sociedad de aclimatación, presidida por Mariano de la Paz Graells, quien buscaba, en realidad, la aclimatación inversa: traer especies desde las colonias de ultramar al reino para «proporcionar nuevos recursos a la agricultura y la industria española» en la época de Isabel II, creando el Jardín Zoológico de Aclimatación en el Jardín Botánico. Sin embargo, la Revolución de 1868 dio al traste con los planes de Graells.

Plantas que escaparon del jardín

Las especies vegetales invasoras son, sin duda, las grandes olvidadas por el gran público, pese a que no son, ni mucho menos, desdeñables. Desde la península ibérica hemos exportado el tojo (Ulex europaeus), que viajó entre 1800 y 1900 como ornamental. Hoy forma matorrales densos en varios continentes, altera regímenes de incendios y desplaza flora local.

También el ojaranzo (Rhododendron ponticum), llevado por británicos desde Cádiz, donde ocupa un hábitat vestigial que requiere de mucha humedad, y que se volvió invasor en Reino Unido, Escocia, Nueva Zelanda, Bélgica o Francia, donde ha encontrado un ambiente óptimo. El vencetósigo negro, originario de España, Portugal, Italia y Francia, interfiere en la reproducción de la mariposa monarca en América del Norte, afectando su migración desde Canadá hasta México.

Un puente biogeográfico

No obstante, la clave detrás de que un territorio tan pequeño como la península ibérica reciba especies invasoras todos los años y que también haya exportado las suyas propias es, básicamente, su posición geográfica. «Se encuentra entre dos continentes y entre dos mares, y somos un punto de paso constante de barcos, mercancías y turistas. Eso hace que funcione como un auténtico puente biogeográfico, donde pueden llegar especies procedentes de muchos sitios», indica González Ortegón. «No es tanto el tamaño del territorio, sino dónde está, la historia que tiene y lo conectado que se encuentre con el resto del mundo. Esos factores son los que más condicionan la llegada y el asentamiento de especies no nativas».

El cambio climático y la globalización añaden gasolina. La tropicalización del mar Mediterráneo permite que especies africanas avancen hacia el norte y este proceso se acelera a medida que los océanos se calientan. «Las barreras naturales cambian, y eso hace que incluso ecosistemas que antes estaban protegidos por la distancia ahora sean más vulnerables», añade el investigador.

Por supuesto, existe una expansión natural de las especies, al igual que extinciones en las que no ha tenido nada que ver el hombre. «Las especies se han extinguido desde siempre: unas sustituyen a las otras continuamente, eso forma parte de la evolución de la vida en el planeta. El problema es que ahora somos nosotros los que aceleramos el proceso de manera impresionante. Lo que antes ocurría en millones de años ahora nosotros lo provocamos en apenas unas décadas», indica Vilà.

Exportar especies invasoras no es un título de orgullo. Es un recordatorio de que vivimos en un planeta interconectado donde mover una especie puede desencadenar efectos en cascada a miles de kilómetros. La península ibérica es cruce de caminos, mosaico de paisajes y punto caliente de biodiversidad. También, inevitablemente, nodo de esa red global donde las especies viajan con nosotros. Y en ese viaje, a veces, dejamos una huella que otros tardarán siglos en borrar.