





























La entrevista comienza en cuanto acaba la sesión de fotos. Alaska se sienta con la naturalidad de quien lleva décadas viviendo entre focos. Durante el shooting ha estado impecable, concentrada, profesional, sosteniendo el ritmo. Pero cuando empieza la conversación vemos otra cosa, otro lado de esta artista que se convierte en una mujer reflexiva y con una calma que no es impostada. Hay algo en su manera de responder a nuestras preguntas que está muy alejado de las prisas con las que habitualmente convivimos. No tiene la necesidad de fijar una posición inmediata. Escucha, piensa, matiza. Como si, con los años, hubiera aprendido que no todo requiere una respuesta rápida sino, más bien, una mirada amplia. No es distancia: es perspectiva.
Olvido Gara (Ciudad de México, 1963) es una de las figuras más influyentes de la cultura pop en España. Desde su papel en la movida madrileña hasta hoy, ha atravesado generaciones sin perder identidad. Icónica y accesible, ha construido un universo propio donde conviven lo popular y lo alternativo. Ahora regresa con Fangoria, donde forma dúo con Nacho Canut, y un nuevo álbum, La verdad o la imaginación, cuyas canciones son una reflexión sobre el paso del tiempo, las relaciones y la decepción. A sus 62 años, en un momento de plenitud profesional y mayor conciencia personal, habla de identidad, libertad, de cómo se vive cuando ya no necesitas estar en todo, y de cómo elegir lo que merece la pena.
TAMBIÉN TE INTERESA
MUJERHOY. Este nuevo disco tiene un fondo reflexivo pero también invita a moverse. ¿Qué significa para usted bailar?
ALASKA. Bailar tiene algo físico, pero también mental. Cuando entras en una pista de baile cambia tu estado. El cuerpo se mueve, pero también la cabeza. Durante un rato entras en una especie de burbuja y todo lo demás queda en pausa. Es una forma de desconectar que no es sólo individual, porque compartes ese momento con otras personas y se genera una energía común difícil de explicar. Ese estado tiene algo casi terapéutico, como si durante unos minutos todo se reorganizara. También en el baile hay algo muy instintivo que se produce porque el cuerpo responde antes que la cabeza y eso genera una sensación de libertad muy clara, una manera de soltarse y expresarse que no siempre encontramos en otros espacios.
Este disco suena muy tecno, muy europeo, como una vuelta a códigos que siempre han estado en Fangoria. ¿Había una intención consciente?
La verdad o la imaginación es un disco muy bailable, pero eso no quita que, además, tenga otras capas. A nosotros siempre nos ha interesado que una canción funcione en varios niveles, que por una parte la puedas disfrutar de forma inmediata, pero que también tenga algo más si te paras más tranquilamente a escucharla. Hay algo muy físico en la música, pero del mismo modo tiene una parte más reflexiva que permanece. Ese equilibrio es lo que hace que las canciones tengan recorrido y no se agoten en la primera escucha.
La imaginación es uno de los ejes del disco. ¿Qué papel ha tenido en su vida y en la trayectoria de Fangoria?
Para nosotros fue fundamental cuando éramos adolescentes. Había un mundo fuera, con su contexto, pero nosotros inventamos otro a partir de la música, de las lecturas y de las referencias culturales. Eso nos permitió construir una identidad y encontrar nuestro lugar. No era sólo evasión, también era una forma de situarte cuando todavía no te reconoces en lo que tienes alrededor. Era, en cierto modo, una manera de elegir quién querías ser y también de construir un lugar propio cuando todavía no encontrabas tu sitio fuera.
¿Entre la verdad y la imaginación, dónde se sitúa hoy?
Siempre han convivido. La imaginación fue muy importante en un momento concreto, pero la realidad está ahí. No se trata de elegir una u otra, sino de entender cómo se relacionan ambas. Necesitas ese espacio propio, pero también tienes que asumir que hay cosas que no dependen de ti y que forman parte de la realidad que te toca vivir.
En el disco se abordan las relaciones humanas desde distintos ángulos. ¿Por qué siguen siendo un tema tan central en su música?
Porque, al final, todo gira en torno a eso. Relaciones con otras personas, con el tiempo, con uno mismo… Son temas universales en los que todos nos reconocemos, aunque cada uno los viva de manera distinta. Y, además, son inagotables, porque siempre están ahí pero van cambiando contigo, con el momento vital en el que estás, con lo que has aprendido o con lo que ya no estás dispuesto a repetir.
¿Cree que, con el tiempo, cambian también las expectativas que tenemos?
Claro. Cambias tú. Lo que esperas, lo que necesitas, lo que estás dispuesto a aceptar… Todo evoluciona. Al principio hay mucha idealización de las relaciones. Luego entiendes que las cosas son más complejas, que no todo depende de ti, y aprendes a reconocer cuándo algo funciona y cuándo no, aunque no siempre sea fácil actuar en consecuencia.
En una de las canciones que firma usted aparece la imagen de los «tigres de escayola», muy visual y bastante desoladora. ¿Cómo nace esa idea?
Es una imagen muy clara de lo que puede pasar en relaciones largas. Dos personas sentadas en el mismo sofá que ya no se hablan, que ya no se miran. Esa sensación de rutina, de inercia, de haber dejado de hacer el esfuerzo de estar presente. Es algo muy reconocible, todos hemos visto o vivido situaciones así en algún momento. Da un poco de vértigo reconocerlo porque es algo que te puede pasar sin darte cuenta.
En este nuevo álbum también está muy presente la idea de la decepción.
Sí, porque muchas veces idealizamos cosas —una relación, una ciudad, una experiencia— y luego nos encontramos con que la realidad no es exactamente como la imaginábamos. Esa distancia está muy presente. Y también tiene que ver con aprender a gestionarla, a no frustrarte tanto cuando las cosas no son como esperabas y a aceptar mejor lo que no depende de uno. También hay que entender que esa distancia forma parte del hecho de vivir y no sólo de equivocarse.
Después de tantos años, ¿se puede decir que Alaska y Olvido son la misma persona?
Son la misma persona. Alaska es el nombre que elegí, pero no hay un personaje construido ni una separación real. Para mis amigos soy Olvido y todo convive con bastante naturalidad. Con el tiempo, esa diferencia, si alguna vez existió, se ha ido diluyendo y ya no tiene sentido separarlo.
Ha hablado de sus intervenciones quirúrgicas. ¿Cómo las entiende dentro de esa construcción de la imagen?
Nunca las he ocultado. Hay una parte estética, claro, que tiene que ver con algo que no te gusta del todo. Pero también hay algo más profundo que forma parte de una aproximación a lo que haces y a lo que quieres transmitir, igual que sucede con el maquillaje o el vestuario. No lo veo como algo aislado, sino como parte de un todo. Es una cosa más del lenguaje con el que te expresas.
Siempre cuenta que ha vivido rodeada de mujeres fuertes. ¿Qué le han enseñado sobre la independencia?
Sí, y eso influye mucho. Yo nací en una familia de mujeres muy poderosas y, sin embargo, me sentía la menos poderosa. Al final, cada uno es la suma de lo que recibe y del carácter que tiene, que marca muchísimo. Pero haber tenido ese referente cerca te enseña a enfrentarte a las cosas sin esperar que alguien lo haga por ti y a entender la independencia de una forma muy natural.
¿Siente que la libertad se vive de otra manera con el paso de los años?
Sí, yo me siento libre y sigo haciendo lo que quiero y como quiero. Para mí eso es fundamental. También pienso que tiene que ver con el momento en el que vives: si cuando hicimos La bola de cristal hubiera existido lo que hay ahora, esa amplificación constante de voces, todo habría sido distinto. Probablemente habría sido un escándalo. Ahora esa libertad también pasa por no estar pendiente de todo lo que ocurre alrededor y por elegir mejor en qué quieres poner tu energía y aceptar que no tienes que estar en todo para sentirte libre.
Andy Warhol fue una referencia clave en su vida. ¿Qué significó para usted conocerlo?
Warhol significaba todo para mí. Lo descubrí muy joven y se convirtió en mi brújula filosófica, en esa idea de que la vida y el arte podían ser lo mismo. Representaba un mundo que para mí era casi inalcanzable. Luego coincidimos en Madrid, en una de esas situaciones que parecen irreales y, años después, un amigo me llamó desde una exposición para decirme: «Te estoy viendo». Era una foto mía hecha por él, titulada Mujer desconocida. Fue una forma muy clara de conectar ese imaginario que había construido de adolescente con algo real. Cuando eres joven creas mundos que parecen lejanos y, de repente, algo así los vuelve tangibles.
Usted tambien es un icono para otros. ¿Cómo lo lleva?
Yo soy ante todo fan, así que lo entiendo perfectamente. Sé lo que significa admirar a alguien y proyectar en esa persona muchas cosas. Y también entiendo que haya gente a la que simplemente le gusten mis canciones y no me vea así. Tengo bastante manga ancha en ese sentido. Lo agradezco, porque sé muy bien lo que significa tener referentes y también lo que implica ocupar ese lugar para otros.
¿Qué importancia tiene el dinero en su vida?
El dinero sirve para ser independiente, pero también para crear, para generar trabajo y sostener proyectos. La independencia económica es la base de la libertad, y eso lo tengo muy claro. Y en mi caso, además, hay algo importante: gano el dinero haciendo lo que me gusta, y eso es un privilegio que no doy por hecho.
¿Cómo es su rutina cuando no está de gira?
Yo soy mucho de hacer listas. Me ayudan a ordenar la cabeza, a colocar lo que tengo que hacer y a no saturarme. Es una forma bastante sencilla de organizarme, pero también muy eficaz, porque cuando lo escribes parece que todo ocupa su sitio y de alguna manera te quitas esa preocupación de encima. Luego está la frustración de no poder tacharlo todo, claro, pero aun así reconozco que no podría vivir sin ellas. Dentro de eso, intento mantener ciertas rutinas semanales —la radio, los ensayos, algunos días más o menos fijos— porque me ayudan a no perder del todo la estructura, aunque luego la realidad cambie constantemente porque al final todo se desordena, pero necesitas un punto de partida.
¿Cómo se relaciona con el tiempo y cómo ha ido cambiando esa relación con el paso de los años?
Ahora soy mucho más consciente del paso del tiempo. Antes podía hacer muchas cosas a la vez y ahora no, o sí, pero me cuesta más. Prefiero elegir mejor, centrarme en lo que hago y no dispersarme tanto, porque también aprendes que no puedes llegar a todo. Hay una mayor conciencia de dónde quieres estar y en qué merece la pena invertir el tiempo. Y eso cambia mucho la manera de vivir el día a día.
¿Es de las que se lo guardan todo o de las que necesitan decirlo en el momento?
Soy de las que aguantan mucho, y eso no siempre es bueno. Vas acumulando sin darte cuenta, como una olla exprés y, cuando salta, no suele ser en el mejor momento ni de la mejor manera. Y además sorprende, porque no es algo que la gente espere de ti. Con los años te das cuenta de que, quizá, lo más inteligente es no llegar a ese punto, ir soltando antes y no guardártelo todo, aunque no siempre sea fácil.
¿En qué momento vital se encuentra?
No tengo demasiada energía, la verdad. No es por nada en concreto, pero siento que todo me cuesta un poco más. Supongo que influyen muchas cosas, también el momento vital. Aun así, intento adaptarme, no exigirme lo mismo que antes y entender que hay etapas distintas y que también está bien vivirlas de otra manera. Pero al mismo tiempo sigo teniendo ilusión por lo que hago, que al final es lo que te sostiene. Hace poco invitaron a Mario a viajar a Uganda y yo, que adoro los animales, habría sido feliz pasando tiempo con gorilas o chimpancés, pero no me sentí capaz físicamente. Eso también te coloca, te hace más consciente de tus límites y del momento en el que estás.
¿Se considera una persona religiosa?
Sí, siempre lo he sido. Yo llevaba un crucifijo en la oreja, como pendiente, y para mí tenía ya entonces un significado religioso.
¿Esa parte espiritual tiene un peso real en su manera de estar en el mundo?
Sí, aunque no lo verbalice constantemente. Forma parte de cómo entiendo las cosas, de cómo me sitúo. No es algo que esté todo el rato en primer plano, pero sí está ahí. Y tiene que ver también con una forma de mirar, de relativizar, de entender que no todo depende de ti.
¿Consigue desconectar?
Cada vez menos de la manera en la que lo hacía antes. He perdido bastante el hábito de la lectura, por ejemplo, algo que me gustaba mucho, porque cuando paro estoy más cansada. Pero intento encontrar pequeños momentos de desconexión, aunque sean breves, porque los necesito. Y también he aprendido a aceptar que esa desconexión ahora es distinta y que también hay que aprender a no exigirse lo mismo en ese sentido.
¿Tiende a anticiparse a lo que puede pasar o vive el presente?
Me anticipo bastante. Siempre pienso primero en lo que puede salir mal y luego ya voy recolocando. No es tanto pesimismo como una forma de prepararme. Supongo que es una manera de tener cierto control, aunque luego la realidad siempre sea otra y aprender a convivir con eso también forma parte del proceso.
¿Tiene más conciencia ahora de los momentos de felicidad?
Sí, bastante más. Pienso mucho que cualquier día esa sensación se puede ir así que, cuando estoy bien, intento darme cuenta y guardarlo, ser consciente de ese momento. Antes no lo hacía tanto, todo pasaba más deprisa. Ahora intento detenerme un poco más ahí y valorar lo que está ocurriendo. Y recordar que eso también forma parte de lo importante.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。