

























Como a un infierno recién asfaltado, a la plaza de toros de Las Ventas acuden los madrileños y los de fuera, que a estas alturas somos todos. En una misma fila del tendido, un americano, un irlandés y un escocés toman asiento para ver ... a los astados de Adolfo Martín. Cárdenos, negros y bragados pero también pelirrojos, mulatos y castizos. «Ay, aquel monumento de mujer», se lamenta a mis espaldas un talludito. «¿La cubana, la que te llamaba abuelo?», le suelta el compañero de abono. «Ella se fue a Miami, con aquel boliviano», contesta, ya del todo despechado en el primero de Paco Ureña, que en este momento de la tarde aún no ha recibido los dos pinchazos de Peluquero, un quinqueño de 515 kilos que lo mandó a la enfermería tras una dura faena y el lamento boliviano de aquel paisano.
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