

























Ya nadie juega al mus. O al menos como se jugaba antes, con tapete verde, baraja sobada y una llamada que era una orden de movilización: «Faltan dos para un mus». Uno lo oía, abandonaba cualquier obligación doméstica con la disciplina de un reservista y ... bajaba al bar dispuesto a entregar las siguientes horas al cálculo, la amistad y la mentira. Sobre todo, a la mentira, que en el mus del castellano no es defecto, sino una de las bellas artes. Había en aquellas mesas solemnidad de casino pobre: ceniceros llenos, camareros cómplices y unos orujos caseros que, vistos hoy por un inspector de Sanidad, llevarían al tabernero a la cárcel. Y con razón. El mus era una forma de estar en el mundo. Se aprendía más sobre el carácter español ahí que en muchos congresos de sociología: la fanfarronería, la cobardía disfrazada de prudencia, la temeridad, el orgullo, la obediencia al compañero, la sospecha permanente y esa tendencia a convertir cualquier trámite en guerra civil.
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