



























Su relación con el cannabis comenzó como empiezan la mayoría de las historias de adicción. De forma aparentemente inofensiva, con la curiosidad propia de la adolescencia y la supuesta inocencia de una primera vez. Tenía dieciocho años. Y un pequeño interés por experimentar cómo se ... sentiría la primera inhalación. Pero lo que fueron unas pocas caladas compartidas durante fines de semanas esporádicos terminó convirtiéndose en un hábito diario y solitario, llegando a prender entre cinco y diez porros al día. «Pasé de tener mi rutina, tranquila y despreocupada, a contar las horas que faltaban para que terminara el día y poder consumir», confiesa Luis (nombre ficticio para preservar su identidad) desde una de las salas del centro ambulatorio Martín de los Heros, de la fundación Proyecto Hombre Madrid, donde recibe atención desde hace algo más de cinco meses.
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