

























BTS (방탄소년단, BangTan Sonyeondan o chicos a prueba de balas) está entrando en un territorio inédito: el de un grupo nacido como una boyband que arriba a su 13vo aniversario y lo hacen en plena vigencia, con una popularidad incluso en ascenso.
Por nombrar algunos casos, New Kids on the Block estuvo en su pico de 1986 a 1994 y Backstreet Boys de 1995 a 2001 (aunque hoy sigan juntos), la británica Take That de 1990 a 1995, N’SYNC de 1995 a 2000; debutando en 2010, One Direction anunció una pausa en 2016 de la que nunca regresó. Con Arirang como su décimo álbum, BTS logró la venta de más de 4 millones de copias antes de su salida al mercado, millones de pre-salvados en las principales plataformas digitales, 18,4 millones de cuentas vieron su concierto especial para Netflix desde Gwanghwamun (más que la audiencia de 17,9 millones de los Oscar o los 14,4 millones de los Grammy) y debutó en el Billboard 200 con 645.000 copias vendidas en el mercado estadounidense en su primera semana, siendo el mayor debut para un grupo en este chart desde “Viva la Vida” de Coldplay en 2008.
Ante este escenario, entendiendo además la importante participación de los miembros en su proceso creativo desde su debut en 2013, este momento que vive el grupo plantea dudas fundamentales: ¿qué forma puede tomar la evolución de una boyband? ¿Cómo puede cambiar su identidad musical? ¿Qué tan localmente coreano pueden seguir siendo, cuando su audiencia es cada vez más global? ¿Pueden seguir teniendo un performance tan intenso y con coreografías tan demandantes de energía? Como ha bromeado Jin, el mayor de sus integrantes, con 6 de sus 7 miembros ya en sus 30, el grupo debería cambiarse el nombre de BangTan Sonyeondan a Bangtan Ajusshi (Chicos A Prueba de Balas a Señores A Prueba de Balas)
En una exploración que busca respuesta a esas preguntas, ronda el sonido y las letras de “Arirang”, un álbum que fue producido principalmente en un song camp de dos meses en Los Angeles encabezado por BTS junto a varios de los nombres más aplaudidos de la industria musical y que resultó no ser lo que gran parte del público esperaba. Una sorpresa muy positiva, si me preguntan a mí, a la mayoría de la crítica especializada y a gran parte de Army (el fandom de BTS). No demasiado para otros tantos, dando lugar a algunas decepciones y conversaciones agridulces en redes sociales.
Más que la reafirmación de su identidad musical y coreana que mucho esperaban, “Arirang” es la búsqueda inconclusa de una nueva identidad para BTS. Con una primera mitad de ritmos vertiginosos y una segunda mitad más lírica, “Arirang” es un álbum complejo de abrazar en una primera escucha, que es tan maravillosamente alternativo como los objetivos comerciales lo permiten.
Suena al BTS mucho más hip-hop y comercialmente menos exitoso de 2013 y 2014, tanto como a los trabajos solistas de sus miembros en años recientes, sobre todo al experimental «Right Place, Wrong Person» de RM y a «Hope on the Street» de J-Hope. Desde arriesgarse a volver a estos ritmos menos populares hasta escoger como sencillo «Swim», una canción con menos espacio al baile con coreografías elaboradas, si el grupo tenía un momento para apostar por algo nuevo y en miras a su evolución, era justamente ahora; lo repiten numerosas veces los miembros durante el documental de Netflix «BTS: The Return». Más que por la abrumadora y envolvente campaña de lanzamiento de “Arirang”, por su popularidad y la fidelidad de sus superfans, justo ahora BTS es simplemente too big to fail.
Con una presencia mucho más sutil en el disco, la exploración de la identidad coreana de BTS queda principalmente como un recurso conceptual, que aprovecha la sincronía entre el septeto y los igualmente 7 estudiantes coreanos que en 1896 viajaron a Washington DC, y cuyas voces dan forma a la primera grabación de la canción folklórica “Arirang”, que da título al álbum.
Además de la armoniosa inclusión de la versión más popular de este himno coreano en el primer track del álbum «Body to Body», su tercer track «Aliens» suma con numerosas referencias a la historia y cultura surcoreana una reflexión confrontadora a cómo el grupo siente orgullo por su identidad, así los hagan sentir ajenos, unos «aliens», en la industria musical.
Tampoco puede dejar de considerarse la cuidadosa inclusión de elementos tradicionales coreanos en el estilismo de los vestuarios de la promoción de “Arirang”, que ha incorporado varios norigae (노리개, un accesorio tradicional tejido que se cuelga de la ropa) en looks más contemporáneos y en particular, la reinvención de varios tipos de hanbok (한복, el traje tradicional coreano) que el diseñador Jang Songzio llevó a cabo para «Lyric Armor», el vestuario especial de los bangtan para el show transmitido por Netflix el 21 de marzo.
Entre las dudas a futuro que “Arirang” deja abiertas y que el reciente documental pone en evidencia, está la potencial tensión entre BTS y HYBE, el conglomerado construido gracias a su éxito y que está cargo del manejo de su carrera.
Paradójicamente, si bien el crecimiento de la empresa BigHit y el nacimiento de HYBE vienen del éxito que BTS logró con álbumes creados por los propios miembros junto a un pequeño equipo recurrente de escritores y productores (Pdogg, SupremeBoi, el mismo “padre” del grupo Bang Shi Hyuk), las demandas de ser un conglomerado global han convertido en un complicado sistema el proceso de creación de los discos; «como trabajar en una fábrica» dijo J-Hope en el reciente documental, o antes RM durante la creación de su último álbum solista.

Si algo se le puede cuestionar a “Arirang” es que a pesar del altísimo nivel de producción y del amplio line-up de nombres reconocidos que acompañan en los créditos a los bangtan (Diplo, Kevin Parker, Ryan Tedder, El Guincho, JPEGMAFIA, Flume, Mike WiLL Made-It y un largo etc), no consigue esa sensación de intimidad, profundidad y cohesión de los álbumes de las eras “The Most Beautiful Moment in Life” (2015-2016), “Wings” (2016-2017) o incluso “Map of the Soul 7” o “BE” (2020). Tanto abiertamente en el documental como a través de hábiles respuestas en entrevistas recientes, BTS deja entrever que en este momento buscan honrar sus orígenes, sus canciones más personales y crear sintiéndose satisfechos, mientras HYBE demanda letras en inglés en pro de ser más «globales» y ha manifestado su deseo de remover la «K» del K-Pop.
Tal vez el valor de “Arirang” radica justamente en las dudas que deja planteadas, y como el coro de la canción folklórica que le da nombre, sea ante todo un sentimiento que no puede necesariamente traducirse en palabras, en ningún idioma «global». Quizás eso sea lo más coreano de “Arirang” y la duda sea la única respuesta que importa. En palabras de Jin: «Si nuestros fans y nosotros estamos felices con el proceso, ¿no sería genial?».
En este punto, si ellos pueden sentirse satisfechos y los fans estamos felices con el álbum y su esperado regreso, ¿realmente importa algo más?
Cualquiera sean a largo plazo las respuestas a todas estas preguntas, años de récords, de dar a conocer a Corea del Sur en el mundo y de abrir espacio en el mainstream para otros grupos de la industria del K-Pop, convierten a BTS en otro tesoro nacional, como la campana que resuena en el track «No.29», y les dan un lugar junto a figuras que han cambiado la historia de su país, como el General Lee Soon Shin o el Rey Sejong, cuyas estatuas fueron también parte de su audiencia hace pocos días en Gwanghwamun.
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