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En las últimas semanas hemos conocido una amplia batería de datos sobre la economía española correspondientes al primer trimestre de 2026. En conjunto, todos ellos confirman que el crecimiento continúa por encima de la eurozona y que el empleo mantiene un notable dinamismo. Mientras el PIB español avanzó un 0,6% trimestral y un 2,7% interanual en el primer trimestre, la eurozona apenas creció un 0,1% trimestral y un 0,8% interanual. Además, los datos de afiliación a la Seguridad Social de abril apuntan a que, de mantenerse el ritmo durante mayo y junio, el crecimiento del PIB en el segundo trimestre podría situarse entre el 0,6% y el 0,7%.
En un contexto internacional marcado por elevadas tensiones geopolíticas, la economía española afronta esta situación desde una posición relativamente más favorable que en episodios anteriores. Sin embargo, conviene no caer en la complacencia. Parte de los factores que explican el diferencial positivo de crecimiento podrían debilitarse en el futuro. Además, España sigue manteniendo importantes brechas estructurales respecto a las economías europeas más avanzadas.
La fortaleza reciente de la economía española descansa sobre varios factores. El primero es el fuerte crecimiento de la ocupación y de la población activa. Aproximadamente el 80% del crecimiento del empleo desde 2022 se explica por el aumento de la población extranjera ocupada y el avance del PIB descansa esencialmente sobre el aumento del empleo.
A ello se suma el dinamismo del sector servicios. El turismo volverá a beneficiarse de una reasignación de flujos internacionales hacia destinos percibidos como más seguros, mientras que las exportaciones de servicios no turísticos continúan creciendo más que el PIB. El peso creciente de actividades digitales, tecnológicas e intensivas en conocimiento está contribuyendo a que parte del crecimiento sea más escalable y resiliente.
La demanda interna también continúa mostrando fortaleza. La creación de empleo, la recuperación de la renta de los hogares y unas condiciones financieras favorables sostienen el consumo privado. Al mismo tiempo, la inversión residencial se apoya en fundamentos relativamente sólidos de demanda, favorecidos por el crecimiento poblacional.
Otro elemento diferencial es el mayor peso de las renovables en el mix eléctrico. Esto no elimina la vulnerabilidad frente a choques energéticos internacionales, pero sí reduce parcialmente su intensidad relativa y mejora la competitividad.
No obstante, la prudencia exige estar atentos a los riesgos y retos existentes. La EPA del primer trimestre mostró cierta desaceleración de la ocupación y de las horas trabajadas, aunque conviene no sobrerreaccionar a un único trimestre. Parte de esa moderación puede estar relacionada con factores transitorios, como condiciones meteorológicas adversas o perturbaciones temporales que afectaron especialmente a algunos sectores.
Adicionalmente, algunos de los motores actuales podrían ralentizarse. La inmigración continuará siendo un factor positivo, pero probablemente no mantendrá indefinidamente la intensidad observada en los últimos años si la economía se desacelera o si se intensifican algunos cuellos de botella como la vivienda. Tampoco puede asegurarse que el turismo siga manteniendo el mismo impulso.
Por tanto, el reto sigue siendo aumentar el crecimiento intensivo, es decir, progresar más a través de la productividad, la innovación, la inversión y el capital humano. Aunque España ha recuperado gran parte del terreno perdido tras la pandemia, la convergencia con las economías europeas más avanzadas continúa siendo incompleta. El PIB por hora trabajada mantiene una brecha persistente respecto a países como Alemania, Países Bajos o los nórdicos.
Una parte importante de esta brecha tiene que ver con la debilidad relativa de la inversión productiva. La inversión por persona en edad de trabajar sigue mostrando un comportamiento más débil que en otras economías avanzadas desde la Gran Recesión. España ha avanzado en digitalización y algunos indicadores de adopción tecnológica son relativamente favorables, pero todavía existe una insuficiente acumulación de capital tecnológico, intangible y organizativo. La inversión pública constituye igualmente otro de los principales cuellos de botella pendientes. España mantiene niveles de inversión pública sobre el PIB cercanos a mínimos europeos.
También persisten problemas estructurales relacionados con el tamaño empresarial. Las empresas españolas medianas y grandes presentan niveles de productividad comparables a los de otros países europeos. El problema es que el tejido productivo continúa excesivamente atomizado y eso limita las economías de escala, la capacidad exportadora, la inversión en innovación y la adopción tecnológica.
La inteligencia artificial (IA) introduce una enorme oportunidad no solo para aumentar la productividad y el crecimiento potencial, sino también para acelerar la convergencia de España con las economías europeas más avanzadas. España parte de una situación relativamente favorable en digitalización que en productividad o renta per cápita. Sin embargo, la capacidad de aprovechar plenamente la IA dependerá menos de la tecnología en sí misma que de factores complementarios: capital humano, formación, organización empresarial, capacidad de gestión y tamaño de las empresas. Sin trabajadores suficientemente cualificados y sin empresas capaces de escalar tecnológicamente, los retornos de la digitalización serán limitados.
La vivienda constituye otro de los grandes retos estructurales. Aparte de ser un problema social, creciente para muchos jóvenes y hogares de renta media, también lo es macroeconómico. La insuficiente oferta residencial y los cuellos de botella en el capital residencial están limitando la movilidad laboral, dificultando la atracción de inmigración y talento hacia las zonas de mayor dinamismo económico, aumentando costes y generando tensiones crecientes sobre los precios. En este contexto, aumentar la oferta residencial resulta fundamental, lo que exige mejorar la eficiencia regulatoria, reducir cuellos de botella urbanísticos y aumentar la capacidad de respuesta de la construcción residencial.
En cualquier caso, tan importante como cuánto se invierte es cómo y en qué se invierte. Infraestructuras, digitalización, capital humano, innovación y redes energéticas son inversiones productivas que aumentan la capacidad de crecimiento futuro. Pero para ello también se necesita mayor eficiencia institucional, mejor evaluación de proyectos y mayor capacidad de ejecución.
España dispone hoy de una oportunidad favorable en comparación con otras economías europeas y de un enorme potencial de crecimiento. La experiencia muestra que crecer durante algunos años no garantiza una convergencia sostenida, por lo que el reto ahora es transformar el dinamismo del empleo, los servicios, la digitalización y la transición energética en mayores ganancias de productividad, inversión y bienestar.
*Rafael Doménech es catedrático de la Universidad de Valencia y responsable de análisis económico de BBVA Research.
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