

























La guerra de Rusia contra Ucrania hizo que la Unión Europea despertara del sueño de paz que parecía haber consolidado con la fundación de la Comunidad Económica Europea y la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, varias décadas después, el continente ha despertado de ese letargo y trata de acelerar procesos y sinergias para ser capaz de defenderse. Ya no basta con depender de Estados Unidos: los 27 deben rearmarse, comprar y producir con rapidez, un desafío sobre el que se debate desde el 24 de febrero de 2022 y que ha comenzado a traducirse en avances en las instituciones europeas, aunque no tanto entre los Estados miembros. La competencia dentro de la industria provoca recelos y disputas en cuestiones de soberanía industrial, lo que ralentiza unos procesos que deberían avanzar al ritmo que exige el actual contexto geopolítico.
En Bruselas tienen clara la necesidad de reforzar la Defensa, un objetivo que pasa por construir una Unión Europea más fuerte y avanzar hacia una mayor europeización dentro de la OTAN. Ha habido un cambio total de enfoque en esta legislatura. Para empezar, se creó la figura de un comisario de Defensa, Andrius Kubilius. Además, el Parlamento Europeo ha pasado de considerar la Defensa una subcomisión a elevarla a comisión con competencias legislativas. Aunque, según fuentes de esta comisión consultadas por Actualidad Económica, han llegado "bastantes propuestas legislativas destinadas a dinamizar el sector".
Porque, según fuentes diplomáticas, dado que las instituciones comunitarias no pueden intervenir directamente en la industria de Defensa, "la clave reside en crear una lógica de incentivos" para que los países puedan trabajar juntos. Hasta ahora, "el principal hito legislativo ha sido la aprobación, a finales de 2025, del primer Programa Europeo para la Industria de Defensa", dotado con 1.500 millones de euros para el periodo 2025-2027. Su objetivo es "impulsar la fabricación, fomentar la cooperación transfronteriza y garantizar el suministro de equipos militares en todo el territorio comunitario". Además, está el programa Rearm Europe, una iniciativa de la Comisión Europea para transformar y fortalecer la industria de defensa y las capacidades militares de la UE. Con el objetivo de aumentar la autonomía estratégica, el plan moviliza hasta 800.000 millones de euros en cuatro años.
España ha participado, además, en más de 30 programas PESCO (por sus siglas en inglés) de colaboración conjunta entre los países. Se suman a estas iniciativas los préstamos a través del programa SAFE y la utilización, por primera vez, del Banco Europeo de Inversiones (BEI), que ha cuadruplicado su inversión en Defensa. Un camino que también esperan materializar en los próximos Presupuestos comunitarios, que "van a dar un salto cuantitativo; la propuesta de la Comisión está en torno a un 30% más de inversión en Defensa respecto al presupuesto actual", explican. Además, en Bruselas está en tramitación una ley para simplificar la concesión de permisos para el movimiento de material de Defensa entre países. Actualmente hay tres dosieres legislativos trabajando en los últimos detalles para sacar adelante esta iniciativa y lograr que mover material por el espacio Schengen no requiera tantos permisos.
Pero esto no es suficiente. La propia María Andrés, directora de la Oficina del Parlamento Europeo en España, confesaba hace unas semanas que "no bastará con aumentar el gasto en Defensa; hay que hablar de una coordinación europea", precisamente el ámbito en el que afloran las principales dificultades. El diplomático Nicolás Pascual de la Parte, coordinador del Grupo Popular Europeo en la Comisión de Seguridad y Defensa, reconocía el 3 de junio, en un encuentro con este suplemento, dos problemas. El primero es que "no todos los países quieren una integración de Europa. Ese país es Francia, que no quiere la integración de la Defensa". El segundo es que "solo seis o siete países tienen una industria de Defensa nacional". Insistía: "El dinero no es el problema, sino qué hacer con el dinero", y recordaba: "Tenemos poco tiempo".
La UE ha identificado, gracias a la experiencia de la guerra en Ucrania, cuatro capacidades en las que hay que incidir e invertir. La primera es incorporar la IA a los sistemas y lanzadores, además de garantizar que Europa disponga de sus propias capacidades de información e inteligencia. La segunda es la defensa antimisiles, seguida de la defensa antidrones y el refuerzo del flanco oriental. De hecho, ya se está desarrollando un plan europeo antidrones en el que quieren participar los 27.
Pero, más allá del ámbito político, es en la industria donde residen las principales fricciones. El ejemplo más visible es el fracaso del desarrollo del sistema de combate FCAS, un sistema de sistemas que incluye, entre otros elementos, la fabricación de un caza de sexta generación. Aunque Alemania, España y Francia iban a desarrollar este programa de manera conjunta, los galos reclaman un mayor protagonismo en el desarrollo del futuro avión.
La tensión llegó hasta el punto de que el lunes 8 de junio, los Gobiernos de Alemania (que trabajaba con Airbus) y Francia (con Dassault Aviation) cancelaron un programa de 100.000 millones de euros previsto para 2040. El problema es que ambas empresas pueden desarrollar una plataforma propia y no lograron un acuerdo para crear el caza en conjunto. Aunque no han hecho comentarios, esta fricción ralentiza los planes de autonomía estratégica de Europa.
Sin embargo, existen otros proyectos en los que la industria española participa o lidera con éxito dentro del plan de sinergias de la UE. Indra participa en 15 proyectos de I+D del Fondo Europeo de Defensa y lidera dos de ellos: SHIMBAD, para desarrollar un radar multibanda 4D de nueva generación destinado a futuros buques de combate europeos, y ECC2, centrado en mejorar las capacidades operativas y de mando y control en ciberdefensa. Además, la compañía prevé fabricar en León drones kamikaze junto a la empresa emiratí EDGE Group.
Dentro de estas sinergias europeas, Navantia firmó el pasado febrero un Memorando de Entendimiento con la italiana Fincantieri para ejecutar el proyecto Corbeta de Patrulla Europea. Se trata de un programa enmarcado en los PESCO para diseñar y desarrollar un buque tipo corbeta liderado por Italia, España, Francia y Grecia. Además, la compañía lidera cuatro programas europeos para el refuerzo de la defensa naval financiados con fondos comunitarios. Entre ellos, desarrollará una nube de combate naval y un sistema submarino altamente integrado y no tripulado.
A estos dos buques insignia de la industria española se suman los programas de Airbus, que trabaja en la rama alemana del FCAS, pero también participa en otros proyectos ajenos a las disputas industriales, como el avión cisterna MRTT, uno de los modelos más demandados en Europa. Estas aeronaves se ensamblan actualmente en Getafe, aunque a partir del próximo año también lo harán en Sevilla, donde la compañía abrirá una nueva sede para este cometido. El programa acumula ya 91 pedidos procedentes de 19 países y cuenta con una cuota de mercado del 90% fuera de EEUU.
Detrás de estos programas subyace una cuestión clave que determinará el futuro de la UE en las próximas décadas: si será capaz de transformar su potencia económica en una verdadera capacidad estratégica. Bruselas ha reaccionado al nuevo contexto geoestratégico movilizando recursos, creando estructuras e impulsando la cooperación industrial. Sin embargo, el avance hacia una defensa europea más integrada sigue enfrentándose a obstáculos como las diferencias nacionales sobre el grado de integración, la competencia industrial por contratos y liderazgo tecnológico, la fragmentación de los sistemas de adquisición y la persistencia de intereses estratégicos nacionales.
Al mismo tiempo, el calendario juega en contra de Europa. Mientras Rusia ha adaptado su economía a una lógica de guerra prolongada y otras potencias aceleran el desarrollo de tecnologías disruptivas vinculadas a la IA, los sistemas autónomos, el espacio o la ciberdefensa, la UE aún debe demostrar que puede coordinar a 27 Estados miembros con prioridades y capacidades muy distintas.
En este punto surge otro problema con nombre propio: Turquía. Distintas fuentes consultadas constatan una fricción estratégica sobre el papel del país en materia de defensa. Miembro de la OTAN, pero no de la UE, algunos países, como España, consideran necesario impulsar sinergias y alianzas industriales con Ankara, mientras que la UE no contempla una asociación estratégica al considerar que no cumple los estándares exigidos a sus 27 miembros.
Empresas como Indra, Navantia o Airbus son una pieza clave de la respuesta europea, pero el éxito del proyecto dependerá de que la cooperación industrial avance al mismo ritmo que las ambiciones políticas. La próxima década será decisiva para comprobar si el impulso surgido tras la invasión de Ucrania marca un punto de inflexión. En juego está la capacidad de Europa para garantizar su propia seguridad en un escenario internacional cada vez más competitivo e incierto.
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