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La temporalidad ha sido durante décadas la puerta prácticamente obligatoria por la que los jóvenes españoles entraban al mercado de trabajo, lo que lastraba en buena medida su formación en el empleo. La reforma laboral de diciembre de 2021, en vigor desde abril de 2022, la atacó de raíz al restringir con dureza el uso de los contratos temporales. Los resultados inmediatos de la reforma fueron, de hecho, tremendamente esperanzadores, entre los asalariados de 20 a 24 años, la tasa de temporalidad ha pasado de rondar el 66% en 2021 a cerca del 42% en 2024, entre los de 25 a 29 pasó del 47% al 27%, una caída sin precedentes desde la masiva destrucción de empleo temporal durante la gran recesión.
Sin embargo, una caída de la temporalidad no implica, al menos directamente, una mejora equivalente de la estabilidad del empleo, que es el objetivo último de la reforma. ¿Reciben los jóvenes la solidez que antes podían esperar de un contrato indefinido? Los investigadores de Fedea, Florentino Felgueroso, José Ignacio García-Pérez, Marcel Jansen, Sergi Jiménez-Martín y Daniel Pérez-Gutiérrez han indagado sobre esta pregunta mediante una de las primeras evaluaciones causales de los efectos de la reforma laboral sobre la estabilidad, poniendo el foco en este caso en los efectos sobre la estabilidad de los trabajadores jóvenes que entran en el mercado de trabajo. Lo hacen empleando los microdatos de la Seguridad Social, la Muestra Continua de Vidas Laborales (MCVL), siguiendo durante doce meses a 177.541 jóvenes menores de 30 años que se estrenaron en el empleo privado entre 2014 y 2023.
El trabajo se enfrenta al problema asociado con la universalidad de la reforma, entró en vigor sin dejar un grupo de trabajadores sin estar afectados, lo que dificulta la evaluación de la política. Como no hay un grupo ajeno con el que comparar, los autores comparan a los trabajadores en las provincias con un "exceso" de temporalidad antes de 2022, más de lo que explicaría su composición sectorial del empleo, con aquellas con un "déficit" de temporalidad. De este modo, si bien no hay grupos de trabajadores no afectados por la reforma, si logran separar a los trabajadores jóvenes en dos grupos en función de su grado de exposición a la reforma. El resultado es el esperado, el exceso se concentra en el sur y el arco mediterráneo (Almería, +14,5 puntos; Huelva, +11; Cádiz, +9) frente a Madrid (-7) o Barcelona (-5,2). Esas provincias con exceso de temporalidad forman el grupo de tratamiento, y viceversa.
Los autores documentan, al estilo de lo que muestran los datos de la EPA para el conjunto de trabajadores, una fuerte transformación de los contratos de entrada al mercado laboral tras la reforma. Antes de la reforma, el 85,8% de los jóvenes empezaba con un contrato temporal, pero tras ella este porcentaje disminuyo hasta un 46,2%. Ese hueco lo ocupan dos figuras, el indefinido ordinario, que sube del 12,8% al 33,1%, y, sobre todo, el fijo-discontinuo, que se dispara del 1,4% al 20,8%. Es decir, la temporalidad no se sustituyó únicamente por empleo fijo del estilo que se concebía antes de la reforma, una parte se transformó en indefinidos que pueden pasar temporadas en la inactividad y, por tanto, presumiblemente peores en términos de estabilidad en el empleo.
Sin embargo, esto sigue sin decir mucho sobre el efecto de la reforma en la estabilidad real del empleo. Para ello, es especialmente útil la transformación que los propios autores hacen de sus resultados, midiendo el efecto de la reforma como el porcentaje de la brecha en términos de estabilidad que ha logrado cerrar entre provincias con alta y baja temporalidad previa a la reforma. Respecto a la brecha en el acceso al contrato indefinido, prácticamente se ha cerrado en su totalidad, el efecto diferencial estimado cerró el 87% de la brecha que separaba a las provincias de alta y baja temporalidad. Sobre el papel, la reforma igualó territorios que partían muy desiguales y convirtió el contrato fijo en la norma de entrada también allí donde antes era casi una rareza.
Por el contrario, el efecto sobre la brecha en el resto de las medidas de estabilidad laboral ha sido considerablemente menor, si bien ha sido positivo. Cuando se mira más allá de la etiqueta del contrato, la reforma cerró solo el 40% de la brecha territorial en la duración del primer empleo, el 32% de la brecha en la probabilidad de que ese empleo supere los seis meses y apenas el 14% de la brecha en los ingresos del primer año. El contrato converge casi del todo, pero la estabilidad y el salario lo hacen de forma menor.

La fotografía de las diferencias medias entre provincias lo confirma. Antes de la reforma, los jóvenes que entraban en las provincias más expuestas accedían al indefinido 7,3 puntos menos que los del otro grupo, pero tras la implementación de la reforma ese hueco casi desaparece, hasta 0,9 puntos. Pero en lo que de verdad mide la estabilidad, la distancia apenas se mueve, en días trabajados el primer año se estrecha solo de 26 a 20 días, y en base de cotización, de 1.565 a 1.321 euros. Aunque podría pensarse que parte de la razón de una mejora más modesta en el resto de indicadores puede estar relacionada con el uso mucho más frecuente de contratos fijos discontinuos, lo cierto es que los autores ofrecen una explicación adicional.
¿Por qué el contrato mejora tanto y la estabilidad tan poco? El trabajo documenta que los trabajadores jóvenes que acceden al empleo con un contrato indefinido ordinario, han resultado tener relaciones laborales más frágiles tras la reforma laboral. Tras la reforma, la duración media del indefinido ordinario de los jóvenes cae alrededor de 100 días, y su tasa de supervivencia a los doce meses baja del 75% a menos del 60%. Es decir, parte de la rotación que caracterizaba a los contratos temporales se ha trasladado del contrato temporal al fijo ordinario. Lo que cambia no es tanto cuánta gente sale de los contratos indefinidos, sino que las salidas, en su mayoría voluntarias, se adelantan en el tiempo.
Aunque acabar con la temporalidad que caracterizaba la entrada en el mercado laboral era necesario y se ha logrado en buena medida, garantizar empleo estable al comienzo de la vida laboral parece un objetivo mucho más distante, aunque la reforma haya contribuido a ello. Para profundizar en ello, los autores proponen continuar reformando el mercado laboral con un sistema de bonus-malus que ligue las cotizaciones sociales de cada empresa a su exceso de rotación, penalizando a quien encadena entradas y salidas, sin modificar indemnizaciones ni causas de despido. Esta puede ser la política que falta para que más allá de cambiar el nombre de los contratos, se logre realmente mejorar su estabilidad.
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