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El 28 de junio, Elon Musk cumple 55 años. Y el 4 de julio, EEUU, 250. Así que, nada mejor para celebrar todo eso que convertir a Musk - que tiene tres nacionalidades, entre ellas la estadounidense - en el primer billonario de la Historia. Porque, en esas fechas, Musk planea sacar a Bolsa su empresa espacial SpaceX, lo que probablemente aumentará su fortuna lo bastante como para romper la barrera psicológica del billón de dólares. La compañía será valorada en alrededor de 1,75 billones de dólares (1,5 billones de euros), algo que no se sostiene con los fundamentales de SpaceX. Claro que eso no es un problema para Musk, que ha logrado que Tesla valga 1,5 billones de dólares a base de prometer cosas que nunca llegan, como coches que se conducen solos y, ahora, robots humanoides. Tesla es un meme-stock, o sea, una acción cuyo precio no fluctúa en función de los fundamentales, sino de lo que se dice de ella en redes sociales. Y SpaceX lo será, pero a escala galáctica.

Probablemente, la operación más importante de esta semana en el mundo en Inteligencia Artificial (IA) no tenga nada que ver con Nvidia, Google, OpenAI o Anthropic. Es la compra, por la eléctrica de Florida NextEx de la Dominion, en Virginia, por 66.800 millones de dólares (57.600 millones de euros). Lo que a NextEx le interesa de Dominion por es una franja de 4.700 kilómetros cuadrados (poco más que la provincia de Pontevedra) junto a Washington, donde está la mayor concentración de centros de datos del mundo, con entre 250 y 400 instalaciones. Cada vez más de esos centros son de IA, lo que significa que necesitan decenas de miles de gigavatios de electricidad. Es un festín irresistible para la empresa de Florida que, para lograr la 'aprobación de las autoridades de la competencia, ha realizado un donativo patrióticamente desinteresado de 300 millones de dólares al salón de baile que Donald Trump quiere hacer en la Casa Blanca.
El martes por la tarde, el Ministerio de Comercio británico emitió una declaración titulada 'Licencia general comercial para productos petrolíferos procesados sancionados'. Esa frase burocrática ocultaba algo mucho más explosivo desde el punto de vista geopolítico: la autorización a la importación de diésel y combustible de aviación (keroseno) de terceros países que lo hayan elaborado a partir de petróleo crudo ruso. La medida, muy similar a otra de Estados Unidos, busca limitar la escasez de carburante de aviación por el cierre del Estrecho de Ormuz. Al contrario que Washington, Londres ha realizado al cambio de tapadillo, por el apoyo que la causa de Ucrania tiene en Reino Unido y, también, porque el Gobierno de Keir Starmer había, hasta ahora, adoptado una posición muy favorable a Kiev. La medida también cuestiona la voluntad europea de perseguir a la flota fantasma de petroleros rusa que lleva el crudo de ese país a India.
Ahora que Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría ha perdido el poder y, por tanto, dejado de obstaculizar la ayuda europea a Ucrania, ahora ha aparecido una nueva traba para la economía de ese país. Se llama Richard Deitz, es estadounidense y vive en Londres, donde dirige su hedge fund, VR Capital, aunque también es copropietario del equipo de baloncesto israelí Maccabi Tel Aviv. VR Capital se ha hecho con gran parte de los pasivos de las empresas estatales ucranianas de ferrocarriles (Ukrzaliznytsia) y gas (Natfogaz), y está bloqueando los intentos de éstas por reestructurar las respectivas deudas. Eso complica la existencia de ambas compañías, que han sido atacadas un número infinito de veces (solo Ukrzaliznytsia es bombardeada en promedio tres veces al día) y son, además, indispensables para Ucrania. Otros fondos, como BlackRock, han aceptado en casos similares quitas del 40%. Pero, para VR Capital, la guerra parece ser solo un pequeño accidente.

Cada día que pasa, Sam Altman recuerda más a su némesis, Elon Musk. El cofundador y máximo responsable del gigante de la Inteligencia Artificial (IA) OpenAI - famosa por su chatbot ChatGPT - acaba de infligir una derrota legal a su ex socio Musk, en un juicio en el que ha quedado claro que, al igual que el dueño y máximo responsable de Tesla y SpaceX, Altman tiene grandes intereses fuera de la compañía, lo que podría plantear problemas de conflicto de intereses (aunque no es menos cierto que la ética es algo muy analógico y está en desuso). Altman tiene más de 2.000 millones de dólares en inversiones en 14 compañías, de las que tres tienen acuerdos estratégicos con OpenAI: la de fusión nuclear Helion, la 'fintech' (tecnología aplicada a las finanzas) Stripe, y la farmacéutica especializada en combatir el envejecimiento Retro Biosciences. Ahora, tal vez para amargar la salida a Bolsa de SpaceX, OpenAI prepara la suya, con una valoración cercana al billón de dólares.
Los vecinos del barrio de Annelise Park, en la ciudad de Fayetteville, a las afueras de la ciudad estadounidense de Atlanta, se dieron cuenta hace unos meses de que la presión del agua de sus grifos estaba empezando a disminuir de manera alarmante. Tras una breve investigación, las autoridades descubrieron el culpable: un centro de datos de Inteligencia Artificial (IA) a 35 kilómetros que había consumido, para refrigerar sus ordenadores, algo más de 100 millones de litros del acuífero local. Es un ejemplo del consumo desaforado de agua de la IA, que amenaza con convertirse en uno de los principales obstaculos para su desarrollo. Los centros de datos de la IA consumen en un año tanta agua como toda la ciudad de Madrid en cuatro o cinco meses. Cuando se lleva esa cifra al agua necesaria para generar la electricidad que consumen, ya sale dos años de consumo de la capital de España.
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