PA�S VASCO
El Gobierno vasco lo utiliza para acelerar la puesta en libertad de los terroristas m�s sanguinarios mediante encuentros "restaurativos" con v�ctimas

En 1999, el entonces presidente del PNV, Xabier Arzalluz, junto a sus fieles Gorka Agirre y Joseba Egibar ante el caser�o 'Arretxe' de Alzo.EFE
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Pilar Zubiarrain Lasa muri� el 5 de mayo de 2025 a los 58 a�os al sufrir un infarto. Fue un adi�s prematuro e inesperado. Discreta, la abogada guipuzcoana, militante del PNV, se convirti� durante una larga d�cada (1997-2007) en un ejemplo de lucha contra las estrategia �mafiosa� de la izquierda abertzale en Guip�zcoa. �No esperaba que se atrevieran con mi casa�, reconoci� Zubiarrain el 12 de octubre de 1999 en los micr�fonos de RNE. Su casa, el hist�rico caser�o familiar del siglo XVI situado en el centro de Alzo, fue quemado, una noche de s�bado, como una vendetta de los simpatizantes de la izquierda radical cuando en su interior se encontraba Pilar, sus dos padres y una t�a discapacitada.
El caser�o Arretxe se convirti� entonces en un s�mbolo de libertad. Dos d�cadas despu�s, el Gobierno vasco lo utiliza para acelerar la puesta en libertad de los etarras m�s sanguinarios con encuentros �restaurativos� con v�ctimas de ETA. El incendio del Arretxe sigue impune.
Francisco Mar�a Labayen Toledo, presidente y fundador de la sociedad monta�era Amigos del Aralar, se recorri� en 1948 toda Guip�zcoa para contabilizar los 10.000 caser�os repartidos por los 88 municipios del Territorio Hist�rico. Pero solo el caser�o Arretxe resume en sus cinco siglos de historia la perseverancia de una saga familiar volcada en su conservaci�n. El sobrio edificio de piedra hab�a resistido guerras y hambrunas gracias a las reformas que sus propietarios hab�an realizado en los siglos XVIII y XIX. pero el caser�o estuvo a punto de convertirse en una ruina cuando el 10 de octubre de 1999 dos encapuchados, amparados por las sombras, lanzaron dos c�cteles molotov mientras Pilar Zubiarrain y tres familiares suyos estaban durmiendo.
Salvados por la ayuda de los vecinos, Zubiarrain tuvo claro que era un nuevo aviso de los simpatizantes de la izquierda abertzale que desde 1997 hab�an iniciado contra ella una implacable persecuci�n calcada a la que sufr�an los concejales de PP y del PSOE, jueces, polic�as y guardias civiles y periodistas.
�He sido objeto de pintadas, pasquines, caravanas de coches, concentraciones delante de mi lugar de trabajo, de mi casa y de donde hubiera una actividad en la que yo interviniera, de grupos de personas que me segu�an con pancartas por las calles de Tolosa, de llamadas de tel�fono amenazantes, bombas caseras en el despacho donde trabajo y falsas amenazas de bombas. Un d�a me han quemado el coche y otro, el caser�o familiar con mis padres y una t�a incapacitada dentro�, dej� como testimonio Zubiarrain en un libro titulado Hablan las v�ctimas, una visi�n �ntima, editado en 2010 por las Juntas Generales guipuzcoanas.
El via crucis de Zubiarrain se inici� cuando, como asesora jur�dica de una organizaci�n ganadera, constat� que cargos de Euskal Herritarrok -una de las siglas de Herri Batasuna- en Gaztelu y Leaburu hab�an participado en una operaci�n urban�stica ilegal para construir 19 viviendas en un terreno que a�n no se hab�a declarado urbanizable y con el que pretend�an obtener ganancias cercanas a los 1,5 millones de euros (250 millones de pesetas de 1999). El entonces alcalde de Gaztelu, adem�s, utiliz� la cesi�n de estas viviendas para alterar el min�sculo censo electoral y cobrar ventaja en las elecciones locales.
Zubiarrain tambi�n pleite� contra la contrataci�n irregular de cinco trabajadores de un centro cultural de Gaztelu en el que la izquierda abertzale hab�a colocado a sus militantes.
Desde septiembre de 1999 hasta mayo de 2000, la abogada sufri� un acoso constante en Alzo y en Tolosa. En septiembre de 2021, desconocidos utilizaron c�cteles incendiarios y un artefacto explosivo contra su despacho profesional en Tolosa. Cuando en 2003 decidi� asumir la alcald�a de su pueblo, la izquierda abertzale reactiv� sus amenazas.
























