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Galicia

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Después de Sara no queda nadie: es la última 'redeira' de...
Juan B. Cañellas, Rosa González (Foto) PontevedraPontevedra · 2026-03-06 · via Galicia

Una noche, cuando Sara tenía 13 años, el mar durmió en su casa.

Pasaban las doce cuando un camión cargado de redes de pesca se detuvo frente al bajo familiar. Por aquel entonces, las redeiras de A Guarda (Pontevedra) aún no tenían almacén portuario, ni un techo común que las resguardara del viento del Miño, así que el Atlántico -doblado, cosido y pesado-, terminó apilado en la bodega mientras su madre y su tía descargaban, a pulso, los cientos de kilos de red antes de que amaneciera.

A esas horas cualquiera se habría rendido, pero ellas sabían que no podían. Si las redes quedaban sin recoger, los pescadores terminarían por no poder salir y la lonja quedaría muda. Aquella madrugada, mientras trabajaban a oscuras, vio claro que, al contrario de lo que cuentan las grandes epopeyas -los hombres frente a la tempestad, los capitanes a la caza de su gran ballena-, la vida del mar no termina en el agua. Continúa en los bajos donde se remiendan las artes, en los patios húmedos, en los dedos agrietados de quienes sostienen, sin épica ni foco, el sustento de toda la xente do mar.

De aquello han pasado ya dos décadas. Hoy Sara tiene 32 años y, aunque su familia y el resto de compañeras lograron consolidar una asociación y levantar una nave donde por fin poner a salvo el material, el horizonte le devuelve ahora un problema mucho más profundo: la certeza de que su profesión se muere con ella. «Desde que me di de alta en 2014 soy la redeira federada más joven de Galicia», confiesa.

Y la frase, lejos de sonar a orgullo, funciona como advertencia. Porque Galicia, pese a seguir siendo la principal cuna europea del oficio y el territorio con mayor concentración de estas artesanas, avanza desde hace tiempo hacia un vacío silencioso por la falta de relevo generacional. De las 541 redeiras que llegaron a estar activas en 2016 apenas quedan 202 registradas a finales de 2025, según los datos de la Federación Gallega de Rederas Artesanas O Peirao.

Por eso, mientras las cuatro compañeras de A Guarda remiendan las artes entre bromas y rutina, saben que la presencia de Sara, con la aguja entre los dedos, es una anomalía estadística en un oficio sostenido por mujeres que ya rondan los 55 años de edad media. Lo más inquietante, coinciden, no es solo el desplome, sino la foto fija de ese naufragio generacional. Sería impensable hablar del «último médico joven» o del «último abogado joven», alguien que llevase once largos años esperando a quien recoja el testigo. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre aquí.

«Sin redes no habría todo lo demás. Somos una pieza imprescindible y, aun así, tenemos que seguir luchando para que se nos valore y se entienda que esto no es un pasatiempo ni un complemento, sino un trabajo con todas las letras», explica Sara.

La herida, en realidad, viene de lejos. No fue hasta la catástrofe del Prestige, en 2002, cuando esa invisibilidad se hizo evidente. Mientras el chapapote paralizaba la costa y el resto del sector accedía a compensaciones económicas por la parada obligatoria de la actividad, las redeiras quedaron fuera al no estar su trabajo plenamente reconocido como profesión. Aquella exclusión actuó como detonante. A partir de entonces comenzaron a organizarse y lograron que la normativa gallega de pesca incorporase su oficio con entidad propia. Más tarde llegó el certificado de profesionalidad dentro de la familia marítimo-pesquera y, en 2022, el coeficiente reductor para la jubilación, tras reconocerse que se trata de un trabajo duro, repetitivo y realizado en condiciones exigentes. Todos ellos pasos decisivos, pero no suficientes.

«Hemos avanzado, sí, pero cuando el sector se frena somos las primeras en notarlo y sin la misma protección que otros colectivos. Son muchas horas, desgaste físico y sueldos que apenas alcanzan los mil euros. Así es imposible que la gente joven quiera entrar. Y duele ver cómo un oficio tan ligado a nuestra tierra se va apagando», denuncia.

A esa fragilidad estructural se suma el intrusismo laboral. En los márgenes del sector, cada vez más personas reparan o montan redes sin estar dadas de alta ni asumir los costes fiscales y laborales que soportan las profesionales. Eso abarata precios, distorsiona el mercado y penaliza a quienes sí cotizan y facturan.

De ahí que en los últimos años hayan intensificado su reivindicación por la trazabilidad. Si se exige conocer el origen del pescado, sostienen, también debería poder identificarse quién fabrica o repara los aparejos que terminan en el mar. «Si una red está en un barco, tendría que saberse quién la montó y dónde está su factura. Nos piden trazabilidad para el pescado, pero no para las redes», señala. No es solo una cuestión económica, añaden, sino también ambiental, porque una red sin control o perdida en el mar afecta a un ecosistema que es de todos.

«El problema de base es que ni siquiera se nos conoce. Es muy triste que hoy, incluso en un pueblo con tradición marinera como el nuestro, haya gente que ignore lo que hacemos y el esfuerzo que hay detrás. Yo misma fui al médico con las manos destrozadas y, cuando les expliqué que trabajaba con las redes, se pensaron que era influencer», bromea Sara.

Aunque la anécdota arranca una sonrisa, cada vez tiene menos de chiste. Cansadas de esa invisibilidad, las redeiras han decidido hacerse ver. Desde la Federación O Peirao, que aglutina a las ocho asociaciones de la costa gallega, han incorporado la visibilización al propio oficio, casi al mismo nivel que remendar una malla. Imparten charlas en colegios, participan en ferias, promueven el turismo marinero, actualizan su web e impulsan sus redes sociales . Además, no dejan de moverse en el terreno institucional, integradas en la Asociación Nacional de Mujeres de la Pesca y tejiendo una buena relación con la Consellería de Mar de la Xunta para defender su lugar en el sector.

«Al final lo que hacemos es ser muy pesadas. Somos cuatro pelagatas, pero intentamos dar más guerra que nadie. No paramos hasta que, aunque sea por aburrimiento, nos den lo que pedimos», admite Sara entre risas. «A veces ya ni sé de qué trabajo, porque ahora también tenemos que movernos con la Administración, gestionar proyectos, planificar... Con tanta broma, al final hemos creado la redeira 2.0».

Esa insistencia no busca solo visibilidad mediática, sino que se entienda el verdadero valor de su labor. Es un oficio artesanal que, como repiten, «ninguna máquina puede sustituir del todo». Y dirigen un mensaje claro al sector pesquero: «Queremos que confíen en nosotras, que nos den el trabajo a nosotras y no tengan que recurrir a otras opciones. Porque si desaparecemos, la calidad de las artes que vuelven al mar no siempre será la que esperan».

Con todo, entre cifras que encogen y relevo que no llega, el pesimismo se ha ido colando en la conversación casi sin pedir permiso. La pregunta, entonces, surge inevitable.

- Después de todo lo que me cuentas... ¿merece la pena tanta lucha?

Sara tarda unos segundos en responder.

- Hay temporadas en las que te vienes abajo porque es muy duro. Y hay días en los que te preguntas para qué sigues. Pero si no lo hacemos, desaparece. Y no queremos que desaparezca. Sería ver cómo se apaga el oficio de mi padre, de mi tía, de mi madre, de mi abuela. No estamos aquí por el sueldo. Si fuera solo por el dinero, muchas ya nos habríamos ido. Seguimos porque creemos en lo que hacemos y porque forma parte de quienes somos.

Basta con pasar una mañana en A Guarda junto a ellas para entenderlo. Entre montones de redes, agujas y cabos se cuelan bromas, café compartido y esa complicidad de quien lleva años cosiendo juntas algo más que malla. No son formalmente una cooperativa, pero trabajan como si lo fueran. Si una tiene que marcharse porque el niño está enfermo o porque hay que acompañar a un padre al médico, las demás cubren el pedido. Si una campaña viene fuerte, reparten el esfuerzo. Si el trabajo flojea, buscan juntas cómo sostenerlo.

María Jesús González, presidenta de O Peirao, lo resume con franqueza: «Aquí muchas no trabajamos cerca de casa por comodidad, sino porque no tenemos otra opción. Cuando terminas de criar hijos empiezas a cuidar padres, y esa carga familiar no desaparece. No podemos permitirnos irnos diez horas a trabajar fuera, por ejemplo a Vigo, pasar el día entero allí y volver solo para dormir. Ese ritmo no vale para mí ni para mis compañeras. Necesitamos un trabajo que nos permita estar cerca y responder cuando hace falta».

Para ella, la desaparición de las redeiras no sería solo la pérdida de un empleo, sino la renuncia a una parte esencial de la identidad pesquera de Galicia. «Nuestra comunidad siempre ha vivido de cara al mar. Si dejamos que el oficio desaparezca, perderíamos parte de nuestra historia», explica.

Sara asiente mientras da puntadas a una red que parece no tener fin. Cada nudo que cierra es también una forma de sostener lo que queda. Cuando termina la jornada, guarda la aguja y vuelve a casa para recoger a su hija del colegio. «Mi niña es la única de su clase que tiene una madre redeira», dice con una sonrisa. «A ella le interesa lo que hago. Sabe cómo trabajamos, ha venido, lo ha visto. Para ella es lo más normal del mundo».

Todavía no sabe si la pequeña querrá seguir sus pasos. «Tampoco quiero imponerle nada -admite-. Solo quiero que, si algún día decide hacerlo, el oficio todavía exista. Que no tenga que escuchar que fue algo que hubo antes. Que pueda elegir». Porque, insiste, la verdadera derrota no sería que su hija no fuera redeira, sino que no pudiera serlo.